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Esta semana pude ver en Cuatro el programa de Conexión Samanta dedicado a la gestación subrogada. Me gustó mucho, pero creo que algunos detalles interesantes de este negocio apenas quedaron apuntados. Y por otro lado no pude evitar establecer paralelismos financieros: ¿vientres de alquiler o titulización de embriones?

Un aviso a navegantes. No estoy en contra de esta técnica, ni tampoco de otros procesos de fertilización asistida (otra cosa es que me oponga a su financiación pública, que lo hago). Mi intención es limitarme a explicar la razón de ser de alguno de los mecanismos de este negocio (sí, para muchos es un negocio), y establecer aquellos puntos en común con los procesos de titulización hipotecaria o paquetización de préstamos.

Es posible que algunos no lo supiesen, pero en la gestación subrogada intervienen dos mujeres. Una aporta los óvulos, y otra el útero. A veces es posible que los ovulos los aporte la propia solicitante, pero en el caso de hombre o parejas gays es obvio que es imposible, y en los restantes casos puede ocurrir que sea inviable por razones fisiológicas.

Por tanto la agencia se encarga de coordinar a tres partes: los solicitantes que quieren a su bebé, la donante de óvulos y la gestante. Cada una de esas partes suele contar con su abogado, sus reconocimientos médicos, sus compensaciones económicas, etc….es decir, que el gasto se multiplica de una manera brutal, especialmente si surgen imponderables médicos que obligan a hospitalizaciones largas o similares.

Habrá quien se pregunte si no es mucho más sencillo que la donante de óvulos y la gestante coincidan y sean la misma persona, que se preguntan qué sentido tiene que no sea así. En el documental apenas se insinúa, pero está claro cuando, a mi juicio de una manera extremadamente fría, uno de los padres responde que las niñas no tienen madre.

Es una suerte de trilerismo legal y emocional. Por un lado, la donante no gesta al niño, no lo lleva dentro, con lo que se rompen los lazos emocionales que ello supone. Por otro, la gestante lleva un ovulo que no es suyo, no hay vínculo genético entre madre e hija. Las dos pueden autoconvencerse de que no es hijo suyo, lo que explica la ausencia de reclamaciones de maternidad.

Pero es que, jurídicamente, dicho proceso, dicha subrogación, dificulta también el establecer quién es la madre, quién puede ejercer los derechos-deber que le corresponden como tal. Ya no es que se haya superado aquella presunción de nuestro Derecho de que el padre es el marido de la madre, es que se lo ponen muy difícil a los jueces para determinar la maternidad, al entreverar los vínculos.

Precisamente esa explicación detallada de la causa por la que figuran dos mujeres en todo el proceso es la que echaba en falta en el programa, esa suerte de escudo emocional y legal que se usa para debilitar los sentimientos y derechos de una de las partes.

En el fondo, y que me perdonen si alguien se siente ofendido, es un proceso parecido al de la paquetización hipotecaria para la emisión de duda, o titulización. Los créditos originales acaban confundidos, entremezclados, dentro de unos valores que se emiten para ser adquiridos por terceros, que a su vez pueden aportarlos a fondos, etc. El vínculo entre prestamista y prestatario se altera, se difumina o directamente desaparece.

Más de un deudor se ha quedado sorprendido cuando se ha dado cuenta de que el banco que le dio la hipoteca ya no es su acreedor, que se limita a cobrarle las cuotas, pero que no puede novar la hipoteca, ya que cedió su hipoteca, su crédito a un tercero. Tu acreedor original ya no es tu acreedor, y a veces ni siquiera resulta fácil saber quien lo es realmente, como en el caso de las madres de esas niñas.

Cuando deje de ver el programa tuve claro el amor que sentían esos padres por sus hijos, pero no dejaba de preguntarme sobre las implicaciones legales y morales de esta técnica y de este negocio.

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