“Papá, dame la paga”. Quien más y quien menos ha utilizado esta expresión para pedir a sus padres esas cantidades de dinero en efectivo que, mientras no hemos tenido medios propios, nos han permitido tener nuestros gastos. O, desde el otro lado, es la expresión que oímos cuando nuestros hijos nos reclaman esa asignación que marca el inicio de una cierta independencia financiera y de libertad de gasto.
Y todo esto viene a cuento de una noticia publicada hace un par de días, en la que se hacían eco de una sentencia por la que los tribunales consideraban suficiente una paga de 150 euros mensuales a un hijo mayor de edad por parte de una familia cuyos únicos ingresos eran el subsidio del paro del padre…
En fin, más allá de considerarlo “suficiente” o no, a mí lo que me sorprende es que un caso de estas características se tenga que dilucidar en los juzgados. Porque a mí, lo de la “paga” (que de momento sólo lo he vivido como receptor, aunque no tardará en llegar el momento en que tenga que empezar a ser el pagador - dicen que a los 6-7 años ya es un buen momento) siempre lo he visto como un gesto voluntario de los padres hacia los hijos, un complemento a los esfuerzos que ya realizan para proporcionar
alimento, cobijo, educación… y aun así, realizan un esfuerzo adicional para que uno pueda disponer de un dinero extra para decidir en qué gastarlo.
Por lo tanto, ¿cuánta paga es la correcta? Pues, desde mi punto de vista, la que los padres quieran y puedan dar, teniendo en cuenta las circunstancias familiares. Pero partiendo de la base de que una vez cubiertas las necesidades básicas a los hijos, el resto es un complemento. Y las necesidades “adicionales” tendrán que amoldarse al presupuesto, y no al contrario.
En definitiva, el objetivo de la “paga” no es sólo el cubrir determinadas necesidades de los hijos, sino servir de vehículo educativo para acostumbrar a la administración del dinero. Partiendo de esa base, ahí van algunas indicaciones para conseguir ajustar el importe de la paga:
- Fijar una paga periódica, que no esté sujeta al cumplimiento de determinadas condiciones (como la realización de tareas o la obtención de resultados académicos).
- Dejar fuera del importe de la paga aquellos gastos básicos como la ropa o el material escolar.
- Ajustar el importe a la edad y a la situación familiar.
- Fijar una cantidad superior a la de los gastos “corrientes”, para facilitar el ahorro.
- Evitar cantidades excesivas aun cuando la situación familiar sea holgada, para que el hijo tenga percepción de la limitación.
- Ceñirse a lo pactado aunque el dinero se lo hayan gastado antes.
- Ayudar a hacer buen uso de la paga, ayudando a priorizar los gastos entre lo necesario y lo superfluo, lo que puede y lo que no puede esperar o la importancia del ahorro.
Comentarios
pues a mi nunca me han dado paga y ahora me administro como nadie. No se si será por la escasez o que…
Yo tampoco recibía paga, pedía dinero sólo para casos puntuales (ir al cine, chuches, etc.) Ahora, como dice vehio (comentario #1), administro bastante bien el dinero y no es que sea escaso, sino que cuesta ganarlo…
Una familia no deja de ser una comunidad en la que todos contribuyen a su sostenimiento: El padre trabaja, la madre trabaja (o trabaja en casa) y los niños "trabajan" a su manera. Al niño se le debe retribuir de acuerdo a sus esfuerzos en la comunidad: retirar la mesa, hacer su cama, sacar el curso escolar, respetar las normas familiares, etc. A partir de ahí, los padres como administradores deberían ajustar la paga semanal, mensual. Esto va a permitir que el niño, con el tiempo, aumente su sentimiento de responsabilidad al trabajo y al ahorro.
Lo de llegar a juicio me parece surrealista. Comprendo y comparto los pros de "la paga", pero me queda el "temor" de que los hijos lo lleguen a considerar un "derecho" suyo. Se nota que el mío se va haciendo mayor :), ¿verdad?
A mí me ha causado cierta inquietud esta noticia. En primer lugar porque un asunto de estas características salga del ámbito familiar y tenga que dirimirse ante tribunales, me parece propio de una sociedad un tanto desquiciada. En segundo lugar porque el demandante en este caso era mayor de edad y podía perfectamente trabajar para pagarse sus estudios o caprichos, como tantas personas con situaciones económicas familiares no muy holgadas hacen, normalmente con resultados muy buenos de cara a su madurez y autonomía.
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