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El fantasma de Lehman Brothers vuelve y esta vez pagarán todos los contribuyentes

El fantasma de Lehman Brothers vuelve y esta vez pagarán todos los contribuyentes
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Seguramente piensas que la crisis de Lehman Brothers está ya más que cerrada. Probablemente pienses que la debacle que ocasionó en los mercados mundiales esté ya superada. Quizás creas que hemos aprendido del pasado, que hemos salido reforzados de aquello, y que ahora algo así ya no se va a volver a repetir.

Como analizaremos en este artículo, nada más lejos de la realidad. Más de ocho años después de haberlo enterrado, el fantasma de Lehman sigue deambulando con nocturnidad y alevosía por nuestras economías. Nadie se atreve a quitarle la sábana, y lo que es seguro es que al final a alguno le va a dar un buen susto. Con este artículo trataremos de que no sea a ninguno de nuestros apreciados lectores.

The Economist pone una vez más negro sobre blanco

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La reputada gaceta económica británica The Economist publicó hace unos días un imprescindible artículo sobre la situación actual del mercado inmobiliario estadounidense, así como sobre su derivada más inmediata, que es el mercado hipotecario. Pueden leer el artículo original en este link. Según expone The Economist, ni un hard-landing de China, ni una crisis de deuda y/o bancaria en Europa, ni nada de nada, no hay peligro económico en este momento comparable al riesgo que les exponemos hoy. Si se pondera en cifras, no hay incertidumbre mayor en este momento ni potencialmente más catastrófica que el mercado inmobiliario estadounidense: sí, otra vez, la pesadilla vuelve, y analizamos las claves a continuación.

Por ponerles en contexto, como pueden leer en el artículo anterior, el mercado inmobiliario de USA arroja una impactante cifra de valoración que asciende a 26 billones de dólares americanos, lo cual le convierte en el mayor mercado del planeta por valoración de sus activos, superando incluso al todopoderoso mercado bursátil de los Estados Unidos. No hace falta que les haga más presentaciones. En realidad, basta con que echen ustedes mismos un poco la vista atrás y observen lo que ocurrió cuando este mercado tembló allá por 2006/2007: todavía estamos sufriendo las ondas sísmicas de un terremoto financiero y económico que desencadenó devastadoras consecuencias a lo largo y ancho de los cinco continentes.

Y el talón de aquiles de este mercado no está en el sector bancario como pueden estar pensando al rememorar los tiempos del otrora poderoso Lehman Brothers. Tras la caída del gigante estadounidense, las cuantiosas nuevas regulaciones que se impusieron a raíz del desafortunado fin de esta entidad, han forzado a dotarse al sector bancario de un colchón importante (que no inagotable) ante imprevistos giros del mercado inmobiliario. El riesgo viene precisamente por donde vino la solución a la crisis desencadenada por dejar caer a aquel “too big to fail”. Porque lo cierto es que, si bien se dejó caer a la entidad abandonándola a su propia suerte (o más bien auto-inducida desgracia), como pueden leer en esta noticia del Wall Street Journal de aquellos años, fue papá estado quién acudió a insuflar estabilidad y seguridad en el mercado inmobiliario rescatando la hasta entonces privada AIG, con un coste inicial para el contribuyente de aquel país de 85.000 millones de dólares.

Del dejar caer incluso al “too big to fail”, a rescatar al “really too big to fail”

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Por refrescarles un poco la memoria, les recordaré que AIG era la hipotecaria por excelencia al otro lado del Atlántico norte, y con esta operación el gobierno federal de los Estados Unidos se volvió una suerte de prestamista de último recurso que consiguió su objetivo de mantener el tenderete inmobiliario en pie en un momento en el que, si se venía abajo, daba literalmente al traste con todo el sistema actual y seguramente parte de los venideros. A pesar de que estamos hablando de la cuna del libre mercado, el tan predicado dogma de que la socialización de las pérdidas sólo trae mayor riesgo en el medio y largo plazo fue algo que se dejó a un lado ante la magnitud de la tormenta que se avecinaba. En principio, y con matices, un servidor está de acuerdo con el citado dogma, puesto que la imprudente y ambiciosa naturaleza humana de algunos directivos les lleva a asumir riesgos inasumibles, puesto que viven con el convencimiento de que, cuando la cosa se ponga fea, ya vendrá el Tío Sam o el gobierno que fuere a deshacer el enredo.

Pero lo cierto es que, en el corto plazo tirando a medio, en aquella ocasión, la jugada le salió bien al gobierno estadounidense. Y no sólo porque evitó el derrumbe total del mercado inmobiliario y las tremendas consecuencias esto que habría traído consigo: lo dejó en una (aún así) contundente gran recesión, nada desdeñable puesto que, en la mayoría de las ciudades de los USA, el retroceso de los precios inmobiliarios llegó a ser de varias decenas de puntos porcentuales, como pueden comprobar ustedes mismos si seleccionan el periodo 2006-2015 en este fantástico gráfico dinámico de The Economist. Además de esto, con la recuperación del mercado, tal y como publicó el Wall Street Journal en esta noticia, tras unos pocos años, el gobierno federal vendió con bastantes miles de millones de dólares de beneficios su participación en la rescatada IAG.

Y con este cielo radiante, ¿Dónde están los nubarrones?

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A estas alturas del artículo, no dudo de que se estarán preguntando ustedes que, con este color de rosa generalizado en el mercado inmobiliario estadounidense, ¿Dónde está el mortífero riesgo del que nos hablaban al principio de este artículo? Sigan leyendo, que la historia no ha terminado ni aquí ni ahora. Queda mucho camino por recorrer antes de poder pensar que nos hemos puesto a salvo del oso inmobiliario.

Pues los negros nubarrones están precisamente en la herencia que dejó tras de sí la nacionalización de AIG. Como ha ocurrido con otras nacionalizaciones, al pasar a tener titularidad pública, la gestión de AIG ha pasado a ser una herramienta politica. AIG está concediendo créditos hipotecarios sin apenas margen de beneficios, expulsando del mercado hipotecario a las entidades privadas, y bajo los designios del politico de turno. Su criterio de gestión no tiene por qué ser la rentabilidad, sino probablemente que los votantes tengan dinero barato para ver realizado su particular American Dream inmobiliario, y le voten, claro está. En principio esto tiene una “pequeña” contraindicación, que no es otra más que la consolidación de un gigante que ni permite la competencia ni teme por su futuro financiero, puesto que tiene detrás a papá estado. Esto le lleva a asumir riesgos que van mucho más allá de la racionalidad.

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No seré yo el que les diga que detrás de la crisis inmobiliaria estadounidense que comenzó allá por 2007 había precisamente responsabilidad empresarial y asunción de riesgos razonables, pero eso es algo que se puede solucionar con una regulación adecuada. Tal y como ha ocurrido con los miles de folios que, han regulado taxativamente instrumentos financieros que se tornaron perversos para entidades como Lehman Brothers, y que no eran otros que los famosos y tóxicos CDOs con respaldo hipotecario. Estos productos ayudaron a diseminar y propagar el riesgo del mercado inmobiliario por todo el sistema económico nacional e internacional.

Lo que tienen los derivados es que parecen algo etéreo, pero lo que es seguro es que al final acaba pagando alguien

Esto fue así hasta el punto de que, cuando estos productos empezaron a caer en una cascada de impagos, el gran problema de la Casa Blanca fue que el alcance real del impacto de la crisis era totalmente desconocido e impredecible. De hecho, hubo en casi todos los países desarrollados ahorradores que perdieron su dinero sin que ni siquiera supiesen el riesgo en el que estaban incurriendo, debido a la opacidad con la que se creó esta bola de nieve en forma de derivados, y en la que lo único que estaba claro era que al final la patata caliente iba a acabar en manos de alguien que se sentía muy confiado, pero que ni siquiera se paraba a leer una letra pequeña que, por otro lado, para un ahorrador medio, resultaba tan poco explícita, tan inescrutable, y tan parca en unos "ligeros" detalles que fueron precisamente los que le acabaron trayendo cuantiosas pérdidas.

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El problema ahora es que la gestión pública, aunque por otros motivos y con otros objetivos, nos está llevando igualmente a una toma de riesgos que deberían ser inasumibles bajo criterios de gestión y de minima racionalidad empresarial y de mercado. Pero claro, aquí mientras la vaca sigue dando leche, no va a haber nadie que le deje de dar hierba. El resultado no es otro más que, que en vez de un inversor o un ahorrador, el que está asumiendo ahora riesgos inasumibles es el contribuyente “born in the USA”, es decir, todos los estadounidenses, y para mayor gravedad, sin haberlo decidido por sí mismos. No crean que el riesgo es pequeño.

El imponente tamaño del mercado inmobiliario de aquel país, así como la gran bola de nieve que AIG está haciendo rodar ladera abajo, hacen que el futuro sea más que incierto. El mismo The Economist cifra que la factura a abonar por el contribuyente sería de un 2 a un 4% del PIB, similar a la factura del rescate de 2008-2009. O hay un político que coge el toro por los cuernos a tiempo y pone el remedio antes que la enfermedad, o la bola seguirá rodando ladera abajo hasta alcanzar el pueblo. Ustedes mismos me dirán cuál es el escenario más probable (está permitido tomar como ejemplo lo que pasó la última vez allá por 2008).

Un debate más profundo de lo que parece

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El debate está servido, y habrá defensores y detractores de ambas posiciones. En este sabadabadá el equipo de los leones está a favor de la gestión pública, y el del los tigres de la privada. No obstante, es reseñable que este debate tenga lugar incluso en la cuna del capitalismo, o al menos sea ésta un campo de experimentación en el que precisamente se ha probado en el sector inmobiliario una opción a continuación de la otra, y hemos podido obsevar los efectos de ambas, a la espera aún de que se materialice el riesgo de la alternativa pública. Un servidor reconoce que lo cierto es que la estatalización de los riesgos muchas veces diluye la incertidumbre del mercado por la garantía que supone que el propio estado aporte su soberano apoyo. La asunción de riesgos irracionales ocurre igualmente tanto en la empresa pública como en la privada: es algo que depende más de los gestores que se colocan en los órganos de decisión y de su naturaleza humana, y, aunque sea con distintas motivaciones, en USA han tenido lugar ambas en pocos años de ciclo inmobiliario.

Pero no hay que perder de vista que, por otro lado, esta estatalización puede hacer que lo que era una crisis de una cierta dimensión, pase a tener una efectivamente una segunda, tercera, o incluso una espectral cuarta dimensión de forma automática, ya que es el contribuyente el que respalda la irracionalidad, eso sí, ignorante de su riesgo, o tal vez tan sólo sin poder decidir sobre su forzada involucración. Tampoco les negaré que, muchas veces, la iniciativa privada también acaba con el contribuyente pagando. Y esto es ni más ni menos lo que ha ocurrido con el mercado inmobiliario y el mercado hipotecario de Estados Unidos. Lo que hace casi una década era un colosal problema tras los desmanes privados, ahora ha pasado a ser un problema igualmente inabordable por los desmanes públicos. Y tanto es así que, como inabordable que es, se ha vuelto una suerte de tema tabú en el que ninguna autoridad ni dirigente se atreve, no ya a meterle mano, sino ni tan siquiera a nombrarlo.

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Todos sabemos que en nuestra cultura hay cierto miedo a los difuntos, pero un servidor personalmente siempre ha pensado que hay que tener más cuidado con los vivos que los muertos. En este caso ese temor es por doble motivo, puesto que estos vivos no supieron enterrar al muerto para que descansase en paz, y ahora no se atreven a desenterrarlo para que se les deje de aparecer cada noche. La verdad es que, una vez montado el tremendo lío económico que supusieron las sub-prime, al muerto lo enterraron con prisas y sin ni siquiera amortajarlo, entre otros motivos por el tamaño de un cadáver del tamaño de Lehman Brothers. Lo que unos vieron como un alarde del libre mercado y de que las autoridades también podían ser implacables con los “too big to fail”, ha acabado en una situación aparentemente sin salida, o más bien con la única salida de cruzar los dedos, tocar madera, y esperar que el “too big to fail” esta vez no sea el “biggest to fail”, es decir, el propio estado, y por ende todos los ciudadanos y el sistema en su conjunto.

Y se preguntarán ustedes qué hicimos mal para haber acabado así. Pues muchos de nosotros no hicimos absolutamente nada, más bien al contrario, ahora alertamos del peligro que supone no tener criterio del riesgo publico que se asume, y por otro lado, también alertamos desde hace años sobre lo ciertamente peligroso que supone un sistema basado en la dictadura implacable del quarter, según ya analizamos en este artículo. El problema muchas veces no es el tipo de gestión, sino los gestores que se ponen al frente. Un irresponsable es siempre un irresponsable, sea público o privado. El problema es por qué ese tipo de dirigentes llegan a ser decision-makers.

No crean que estamos sentenciados a sufrir una de dos, o bien una gestión con intereses políticos, o bien a sucumbir a esta dictadura del quarter. No; hay excepciones, y muy bien gestionadas por cierto. Una vez más la solución a la ecuación se halla en el salomónico punto medio. Hay empresas que son un buen ejemplo de ello, como la mítica SAS, que con un valioso nicho de mercado, y una potente herramienta de analítica de datos, tiene un dueño que nunca ha querido poner un pie en el Nasdaq. La razón es precisamente que no quiere que su empresa se vea sometida a la dictadura cortoplacista del reporte trimestral y todo lo que ello puede implicar a nivel de gestión. Este tipo de empresas, a pesar de ser pocas, demuestran que otro modelo empresarial y económico es posible, y tal vez hasta consigamos mejorar que el sistema, que es de lo que se trata.

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No les estoy diciendo que haya que evitar cotizar en el mercado, sino que hay que mejorar la forma en que se hace actualmente. Lo que estoy reclamando es que se invierta con las miras puestas en el largo plazo, en la fidelización del cliente, en un producto de calidad, y en un modelo de gestión que va más allá del “cobro mi millonario bonus anual, que aquí pase lo que Dios quiera, y yo me voy con la música a otra parte”. Si ustedes no han visto este tipo de actitudes nunca en su vida laboral, no hay otra razón posible más que la de que aún son demasiado jóvenes. Pero claro, para un sistema así funcione hacen falta gestores responsables y competentes, tanto públicos como privados. Y no se me ocurre mejor forma de conseguirlos que la educación financiera. Táchenme de idealista, llevan ustedes razón.

Finalizamos hoy este artículo con una ligera disculpa por el tono sombrío que caracteriza algunos de los últimos artículos que les he traído. La economía es una sucesión de amenazas y oportunidades. Es nuestro deber en El Blog Salmón brindarles las oportunidades, pero también alertarles de las potenciales amenazas; unas se materializarán, y otras no, pero lo que no queremos es que ustedes no sean conscientes del riesgo que hay detrás de sus decisiones. Y lamento profundamente que en los últimos años las amenazas ganen en número por goleada a las oportunidades. Vivimos tiempos revueltos, nosotros no podemos cambiar eso. Algunos analistas les pintarán siempre el futuro de color de rosa, nosotros sólo se lo podemos pintar de color salmón. Un color que probablemente conjunte mucho más con el ideal de gestión empresarial que el rojo, el azul, o el rosa chicle de algunos

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