
En el precio final de cualquier producto hay una serie de variables sobre las que se puede actuar: Costes de material, costes de medios de producción, costes de mano de obra, gastos de logística, beneficio empresarial e impuestos. Partiendo del cuestionable supuesto de que para ser más competitivos hay que reducir el precio de los productos, se observa que hay varios posibles frentes de actuación, pero curiosamente uno de ellos, el beneficio empresarial, no está entre las primeras opciones, veamos porque.
El beneficio empresarial suele considerarse como una consecuencia y no como un factor determinante del precio, se justifica esta consideración en que se define como la diferencia entre lo que cuesta producir (gastos) y el precio final (ingresos), como si el precio final viniese impuesto desde el exterior. No son pocas empresas las que fijan sus objetivos anuales en aumentar los beneficios con respecto al año anterior, otras se conforman con aumentar la facturación, y muchas (sobre todo las más pequeñas) se dan con un canto en los dientes si no entran en pérdidas.
