En “El libro negro del emprendedor” nos contaban que muchos fracasos se producían por escoger mal el sector donde emprender. Siempre es mejor adentrarse en un sector que está creciendo con rentabilidad que tener que arrebatar mercado a empresas ya instaladas en un mercado que no crece.
El problema radica en el peligro de ser el que inaugure la caída de un sector. ¿Se imagina la cara del primer videoclub que perdió dinero cuando hace décadas esos establecimientos crecían como champiñones? ¿Se imagina al que montó una inmobiliaria precisamente en el momento en que se dejaron de vender pisos? ¿O al que abrió una tienda de discos queriendo emular a Richard Branson justo cuando se popularizaron las redes P2P? Pues algo parecido le pasó en el siglo pasado a inversores en ferrocarril o acerías.
Los negocios son dinámicos y los sectores pujantes cambian continuamente. Lo podemos ver en el artículo de Bradford DeLong dedicado a los billonarios en la historia de los Estados Unidos. A principios del siglo XX, la mayoría habían hecho su fortuna gracias a los ferrocarriles.


Los muy ricos tienen muchas formas de demostrar que lo son. Puede ser el avión privado, o el yate, o las mansiones donde viven, o las múltiples casas que tienen por el mundo, o las obras de arte, o las suntuosas y continuas vacaciones que disfrutan y, por supuesto, las marcas de lujo en todos los productos que utilizan ellos y los que les rodean. Por eso vemos barbaridades como el collar de perro cargado de diamantes que vi el otro día en la televisión.
De vez en cuando en estas páginas, y en otras partes, vemos listas de los más ricos del mundo con sus miles de millones. 