
Basta con darse un paseo por cualquiera de las playas para notar un aumento de bañistas que se surten de comidas y bebidas con sus neveras, sus fiambreras y se avituallan para pasar un día en la playa en detrimento de las mesas y barras de chiringuitos que ven cómo sus clientes disminuyen sustancialmente.
En esta tesitura, los ciudadanos no quieren y tampoco deben sacrificar el disfrute playero porque la economía doméstica no permita comer en el chiringuito a diario. Pero a pesar del paro o la crisis actual, la reflexión va más allá ¿se abusaba antes del chiringuito y hemos vuelto a la realidad o es consecuencia directa de la crisis y la psicosis del ahorro?




