
Hubo un hombre que quiso comprar el mundo, se llamaba Jonathan Holden, era abogado en Nueva York y le iba bastante bien en la vida, aunque también era un tanto tacaño. Aparentemente decidió que algún día sería el dueño del mundo y para ello utilizaría su fortuna, su universidad, el interés compuesto y a sus descendientes, que serían los que de verdad controlarían el cotarro, puesto que el no llegaría a verlo, porque el plazo que se dio era de mucho tiempo, en concreto mil años.
En 1936 Jonathan Holden dividió 2,8 millones de dólares en varios fideicomisos que durarían entre quinientos y mil años. Entre ellos uno para la Iglesia Unitaria de quinientos años, otro para el Estado de Pensilvania de mil años (por lo que no necesitaría cobrar impuestos) y otro para su universidad (Hartwick College) que duraría mil años. Este último estaría supervisado por sus hijos y en el futuro por sus descendientes. Además dado que Holden era un apellido normal, se lo cambió por Holdeen para que dentro de mil años fuera más fácil distinguir a sus descendientes, aquellos que formarían la élite que gobernaría el mundo.







