Patrocinar a una persona para que sea la imagen de tu marca o de tu empresa es una estrategia publicitaria muy común y los deportistas están altos en la lista de personas que atraen a los patrocinadores, dado la popularidad del deporte y de los deportistas y de cuánta atención acaparan. Por eso, por ejemplo, Rafael Nadal nos puede publicitar coches fabricados por Kia, como si su opinión sobre coches fuera importante (sin hablar de su Aston Martin, por supuesto), relojes caros, servicios financieros de Banesto y de Mapfre, y productos Nike, que el recibe gratis pero que nosotros tenemos que pagar carísimo. Hasta nos dice que tenemos que beber Bacardi, aunque con moderación. Y no sólo Nadal, pero muchos otros deportistas más también reciben cantidades multimillonarias para contarnos lo que debemos comprar.
Un problema que tienen las empresas patrocinadoras de basarse en personajes conocidos, en caras famosas, es que estos famosos son humanos y, siendo humanos, traen consigo problemas potenciales. Hasta hace poco, Tiger Woods, uno de los grandes deportistas en términos de patrocinio, era un santo y el candidato más codiciado por las empresas. Luego demostró ser humano no santo y algunos patrocinadores se espantaron. El peligro de que un santo demuestre que es humano es uno que siempre existe en el mundo del patrocinio.

En estos momentos se está hablando mucho de la estrella del golf y de la publicidad, Tiger Woods, con sus problemas en casa y con sus numerosas amigas.





