No soporto a la manada del spinning. Saturan los vestuarios del gimnasio a la entrada y a la salida de la clase correspondiente, convirtiendo una experiencia que debiera ser relajante en algo que definitivamente no lo es. Pero ayer le encontre su gracia al asunto, al escuchar una conversación entre dos caballeros de más de 30 años, que se apiñaban conmigo en la esquina que nos había tocado, sobre la tarjeta Lyoness. He de decir que el tener que aguantarme la risa fue seguramente un ejercicio de lo más beneficioso para mi tono muscular.
Mientras se iban vistiendo el más pequeño le preguntaba al más joven y alto si había visto recientemente a un tercero. El otro le decía que no, pero que le podía dejar un recado (debían trabajar juntos). Así que el pequeño se animo y le dijo que es que el ausente era la leche, que le había planteado un chollo de negocio y que le había cortado sin dejar explicárselo: una tarjeta de fidelización, de un club de compras, que otorgaba descuentos a sus titulares. Eso si, un porcentaje de cada compra iba destinado a remunerar a las personas que te habían recogido la solicitud para la tarjeta.







No es el primer artículo que veo dedicado a la
Como decía no recuerdo quien, lo que viene a continuación es un susedido. Dentro de las paranoias de los que nos movemos por internet ocupa un lugar destacado la seguridad de nuestras tarjetas de crédito.