
Es bien conocido que los impuestos mal diseñados hacen que la gente se comporte de manera absurda. Ejemplos hay muchos, desde impuestos a las viviendas por ventana que logran que la gente las tapie (y una ciudad se llene de ventanas tapiadas) hasta que en Dinamarca la gente desmonta los asientos de atrás de los coches (para pagar como si fueran vehículos industriales) con lo que el efecto deseado (menos coches para menos tráfico y menos contaminación) no se logra (al final hay más coches porque sólo tienen dos plazas). Ayer encontré en Menéame dos ejemplos muy interesantes de esto.
El primero, que en Ucrania la importación de coches está muy gravada, pero la importación de piezas no tanto. Y lo que hacen antes de importar un coche es partirlo por la mitad, para luego unirlo allí y así saltarse pagar impuestos en la aduana. Seguramente si las autoridadades ucranianas cambiaran la normativa y dijeran que para ser piezas tiene que ser más pequeño que un tamaño determinado, la gente lo cortaría más pequeño, siempre que el coste de volver a montarlo sea inferior que el precio de la aduana.



La reciente disputa entre Rusia y Ucrania se basa en dos aspectos, el precio por el suministro de gas Ruso a Ucrania y, más importante, cuánto habría que pagar a Ucrania para permitir el gas Ruso pasar por su territorio con destino a Europa.
Preocupados como estaban los medios por el show de la ley antitabaco y sus múltiples impactos en la ciudadanía y en los bares (benditas noticias de relleno para unos informativos navideños), la noticia nos cogió sin estar precavidos el dos de enero: Rusia iba a cortar el suministro de gas a Ucrania ante la negativa de este país a aceptar una subida brutal de su precio (de 50 a 230 dólares por 1.000 metros cúbicos). Con lo grave que es esto para un país totalmente dependiente como es Ucrania, hay una segunda derivada y es que es a través de Ucrania como Rusia hace llegar gas a gran parte de Europa. Cortándo el gas a Ucrania, se lo cortaba también a Europa.