La igualdad debe estar en el radar, pero el objetivo debe ser la innovación

La igualdad debe estar en el radar, pero el objetivo debe ser la innovación
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Desigualdad salarial, desigualdad social, brecha entre ricos y pobres… el eterno debate siempre ha estado muy presente en el sistema capitalista, y las posiciones se distribuyen entre los que piensan que la desigualdad es un mal a erradicar, un peaje a pagar para fomentar la meritocracia, o una justa recompensa a los que más aportan a la sociedad.

Lo queramos o no, la igualdad es un parámetro a medir y a tener muy en cuenta de cara a la sostenibilidad de nuestras socioeconomías en los plazos más largos. Pero, aunque la igualdad deba de estar en el radar de nuestros dirigentes, en realidad hay otro factor de progreso muy importante, y que casualmente acaba trayendo más igualdad para todos: la innovación.

Un debate pasional e ideológico, y que se aleja del enfoque más práctico

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No es que el debate esté servido, sino que siempre ha ocupado un lugar destacado en la mesa de la (es)cena económica. Y planteado en los términos más pragmáticos y filosóficos, carece de interés para un servidor, que ya saben que trata casi siempre de alejarse de una subjetividad en la cual los puntos de vista propios no les aportan a ustedes mayor valor añadido. No vamos a entrar en cuestiones metafísicas, al menos no como punto central del análisis de hoy.

Pero parte de este debate sobre la igualdad ha sido parcialmente reavivado en algunos círculos económicos, como por ejemplo ha ocurrido con un reciente artículo de Bloomberg que vuelve reflexionar sobre el tema. También vamos entrar a analizar hoy para ustedes este polémico asunto, pero tratando de atenernos al lado más objetivo y agnóstico, por muy misión imposible que sea alcanzarlo al 100% en la práctica.

Debo decirles que el artículo anterior aborda el tema desde algunos puntos interesantes. El primero de ellos encaja con algunos de los mitos económicos más tradicionales del panorama económico estadounidense. El autor explica cómo por ejemplo en el sector de la sanidad, la innovación ha alcanzado un ritmo de progreso tan rápido, que la desigualdad es inevitable, y que las coberturas sanitarias futuras estarán más centradas en “el qué” cubrir, frente al enfoque tradicional hoy en día que se centra en el “a quién” cubrir.

Efectivamente cada vez hay tratamientos más especializados que abren la puerta a la curación de muchas enfermedades incluso antes de haberlas sufrido (vía edición genética). Pero estos tratamientos tienen una desventaja: muchas veces son caros, muy caros. No hace falta que les recuerde la polémica que vivimos en España hace unos cuantos meses al hilo del nuevo tratamiento que curaba la Hepatitis C, y que la Seguridad Social no acababa de sufragar para curar una enfermedad que es degenerativa y muchas veces mortal en el largo plazo.

El segundo ejemplo que pone el autor de Bloomberg es relativo al plano financiero. También la innovación en este sector de las finanzas corre más rápido que las coberturas públicas. Así se cita como ejemplo que, si bien los depósitos o las cuentas corrientes cuentan con una cobertura estatal a modo de garantía ante quiebras, otros activos novedosos no sólo no tienen ningún tipo de cobertura, sino que lo más grave es que no tienen ni siquiera una regulación como las acciones que ponga coto a las prácticas abusivas o especulativas que siempre acaban haciendo acto de presencia (y de hecho ya lo han hecho).

La innovación como factor de progreso (y sí, también social)

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Si bien el autor admite que hay en nuestros sistemas una evidente desigualdad, no es menos cierto que la expone como algo necesario, inevitable, y en última instancia no aboga por intervenir en ello de ninguna manera. De hecho, la innovación tiene dos caras, y la más visible es que las grandes innovaciones muchas veces sólo están al alcance de unos pocos privilegiados que pueden permitírselas.

Pero la otra cara de la innovación es mucho más igualitaria, y consiste en que trae un progresivo abaratamiento de costes, que le permite entrar en una escala de economía de masas. Así, la innovación acaba significando progreso socioeconómico para el conjunto de una sociedad que acaba teniendo acceso, tras unos años, a las nuevas y disruptoras tecnologías. Siempre va a haber ricos y pobres (y gente que se puede permitir la última tecnología y gente que no), pero no es menos cierto que la innovación también hace que los pobres del hoy tengan acceso a la tecnología de los ricos del ayer.

De esta manera pues, tenemos que, en el medio y largo plazo, la innovación acaba trayendo progreso socioeconómico y social, incluida una mayor igualdad. A partir de este punto, el autor del enlace anterior aboga abiertamente por centrar las políticas económicas al respecto en impulsar exclusivamente la innovación, y defendiendo que la igualdad acabará llegando inevitablemente como compañera de viaje (en el mejor de los casos).

Saben que un servidor no sólo es un entusiasta de la tecnología y la innovación, sino que además desde estas líneas trato de contribuir modesta y divulgativamente al progreso socio-tecnológico de una sociedad cuyo futuro ya les he dicho en otras ocasiones que es la sociedad técnica. Algo que va mucho más allá de la mera sociedad tecnológica que hemos empezado a ver hoy en día. Pero apostar decididamente por la innovación, como uno de los principales factores de progreso, no implica necesariamente que deba ser casi lo único a tener en cuenta a la hora de impulsar nuestras socioeconomías. La innovación es un gran remedio, pero no es el remedio para todos los males.

La innovación de nuestros días

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Tal y como dice la sabiduría popular más económica, “rentabilidades pasadas no aseguran rentabilidades futuras”, así que tampoco “progreso pasado no asegura progreso futuro”. Efectivamente, saben que un servidor no es defensor a ultranza de unas recetas socioeconómicas rígidas y perennes. Todo lo contrario. Toda política socioeconómica debe ser flexible y adaptarse a las nuevas situaciones que trae un futuro siempre impredecible. Hay recetas que funcionaron en el pasado que pueden requerir de adaptaciones para que puedan volver a funcionar en el futuro. De nuevo, la capacidad de adaptación a un mundo siempre cambiante es la clave.

Y la innovación ha cambiado también de forma importante en los últimos tiempos, por lo que no podemos repetir a modo de mantra las mismas premisas hieráticas de que toda innovación es buena per-sé, ni de que lo es independientemente de cómo la modelemos en nuestro sistema. En innovación, las cosas ya tampoco son lo que eran, y por lo tanto las políticas socioeconómicas al respecto tampoco pueden serlo.

La innovación de hoy en día se caracteriza principalmente por haber alcanzado un ritmo absolutamente trepidante. Hemos llegado a una velocidad de crucero tal que en unos meses las startups se vuelven empresas, y en unos cuantos meses más se convierten en colosos de su sector, poniendo en jaque a los jugadores tradicionales. A nivel socioeconómico, el ritmo es igual de frenético, y vemos cómo la penetración de las nuevas tecnologías avanza a pasos agigantados en todos los estamentos de la sociedad.

Pero hay otra característica principal de la innovación de hoy en día, y es lo profundamente disruptivo de los avances que vamos alcanzando. De aquella disruptiva internet de los noventa, a la banda ancha de los 2000s, a las redes sociales de esta década, etc. y lo que nos quedará por ver. Con cada avance vemos tecnologías todavía más disruptivas que las anteriores. Y lo que se prevé para los próximos avances entra ya de lleno en el terreno de la sanidad y la biónica. No lo duden, en breve asistiremos a la redefinición hardware y genética del ser humano, creando un nuevo tipo de ser biónico con capacidades sobrehumanas.

El lado (potencialmente) oscuro de la innovación de hoy en día

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Es de la combinación de esos dos factores principales de la innovación de hoy en día, velocidad y disrupción, de donde emerge el principal riesgo mayúsculo para la igualdad. Llegados a este punto, aunque los lectores más habituales ya saben de la posición del autor al respecto, hay que repetir que desde estas líneas vemos en una cierta desigualdad social un punto necesario para incentivar la meritocracia, la recompensa al esfuerzo, y conseguir que el individuo tenga un acicate para esforzarse por progresar, arrastrando tras de sí en ese progreso a la sociedad en su conjunto.

El peligro no es otro sino que la máquina del tren de la innovación empieza a tirar con tanta potencia de los vagones delanteros, que se corre el riesgo de que el tren se parta por la mitad y que los vagones del furgón de cola se queden sin cabeza tractora, abandonados y perdiendo inercia de progreso tecnológico-social. La brecha digital puede dejar de ser una brecha, para convertirse en sima insalvable para los que caigan al lado de los más desfavorecidos. Y eso trasgrede igualmente la meritocracia, tanto como lo haría el no recompensar con “algo” de desigualdad al que hace progresar a la sociedad con su esfuerzo.

De hecho, ya saben que, en los últimos lustros, la desigualdad cotiza al alza, entrando en una dinámica que se realimenta a sí misma perpetuando y acrecentando exponencialmente las diferencias sociales. Que la desigualdad sea excesiva está poniendo en peligro incluso a la propia economía, según han advertido ya diversas instituciones y organismos internacionales. Ya abordamos este tema en el análisis “En unos años el 1% más rico del planeta poseerá dos tercios de la riqueza global".

Es por ello por lo que sí, desde aquí debemos refrendar y apostar por la mayor fuente de progreso socioeconómico de la historia: la innovación. Pero sería un error hacerlo como parte de una suerte de culto monoteísta, cuando no podemos dejar de lado la monitorización escrupulosa de otros indicadores de progreso socioeconómico también fundamentales, como puede ser la igualdad, y en especial, la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos.

Se debe seguir legislando en el presente y en el futuro de forma que la legislación se vaya adaptando a los nuevos escenarios que van viniendo. Se debe monitorizar la desigualdad, y en base a su evolución, para evitar excesos, se debe establecer una innovación de mínimos para todos los ciudadanos que asegure la igualdad de oportunidades. Es una de las principales llaves del éxito para cualquier socioeconomía con vocación de futuro.

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Los tiempos cambian, y esta nueva igualdad del siglo XXI pasa por puntos puestos en entredicho hoy en día, como son el libre acceso a la información, la neutralidad de la red, la declaración del acceso a la banda ancha como un derecho fundamental, o la regulación de la Data Economy. Ahora aquí añadimos hoy que esta nueva igualdad también pasa por no permitir que las diferencias en las innovaciones tecnológico-sociales cojan tanto momentum en sus inicios, que luego se vuelvan insalvables para los que tienen menos acceso a ellas (y para sus hijos).

En la sociedad técnica que se nos viene encima, incluso la democracia más conceptual se redefine en clave de bits. Pero una de las claves que deben preservarse como una premisa democrática fundamental para la sostenibilidad del sistema en el largo plazo es aquella igualdad de oportunidades (ahora digitales). Esa igualdad de oportunidades digitales debe estar a la misma altura que la libertad de opinión, la libertad de pensamiento, o tantas otras que contribuyen a que tengamos el régimen de libertades que tenemos hoy por hoy. Y eso es progreso y… también es innovación (socioeconómica), por lo que también debemos impulsarla en la misma medida que la puramente técnica.

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