No creo que vaya a cobrar una pensión digna cuando me jubile: por qué estoy considerando un plan individual de ahorro sistemático para complementarla

No creo que vaya a cobrar una pensión digna cuando me jubile: por qué estoy considerando un plan individual de ahorro sistemático para complementarla
15 comentarios

Resulta que muchos ciudadanos están fiando su futuro más senior a la carta marcada de la percepción de una pensión cotizada al sistema público de pensiones. Y no es que no sea lo justo, que habiendo cotizado décadas tienen derechos más que adquiridos para aspirar a ello: el tema es si esa pensión va a acabar llegando y, sobre todo, si va a llegar en una cuantía que nos permita vivir cómodamente de ella.

Y con el camino que llevan nuestros políticos, va a ser que no. Así que, sin que debiera ser realmente nuestra obligación, ante la irresponsabilidad de nuestros líderes, los ciudadanos más responsables nos vemos abocados a tener que preocuparnos nosotros mismos por procurarnos un retiro lo más digno posible. Por ello hay que pensar en buscar soluciones alternativas porque, si nos confiamos abandonándonos en manos de nuestros políticos, sólo podemos acabar más vendidos que la madre de aquellos que venden hasta a su propia madre. Y no nos tachen de agoreros porque, si no son ustedes responsables por sí mismos, a lo que se exponen es a una vejez de precariedad y miseria laboral tal, y como retrata ese famoso film de Nomadland, que ya es toda una realidad en Estados Unidos.

Salvo requiebros fiscalizadores de esa legislación española que cada vez da más miedo que espanto, porque lo que hoy vale mañana no creando una ahuyentadora inseguridad jurídica, lo cierto es que a día de hoy una de las mejores opciones sobre la mesa es la de un plan individual de ahorro sistemático. Es el comúnmente conocido como PIAS. Quédense con el nombre, que buena falta les puede acabar haciendo.

El tema de las pensiones es la crónica de una muerte más que anunciada, que en boca de nuestros políticos se queda en simplemente cacareada

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El futuro de las pensiones no es que esté en entredicho. No es que sean algunos partidos políticos los que quieren acabar con el sistema. No es que no haya absolutamente ninguna solución posible. No es que buena parte de la clase media vaya a hiper-depender de la exigua asignación que de una manera u otra vamos a vernos abocados a padecer, sobre todo como nuestros políticos sigan limitándose a irresponsablemente rolar para adelante “la patata caliente”.

Siendo todo eso realmente cierto, el tema es que el sistema no da de sí en sus términos actuales, ni está diseñado para ser sostenible en un entorno de envejecimiento masivo de la población. Y es que hay que pensar en el hecho de que su viabilidad depende mayormente de que haya nuevos cotizantes que entren al sistema, para que así paguen como sistema de reparto las pensiones de los mayores de cada momento. Y si además pensamos en que nuestras generaciones van a haber estado cotizando toda su vida a base de bien para cobrar luego una miseria porque ya no hay jóvenes, pues podría decirse que estamos ante el mayor esquema piramidal dela historia, cuya tendencia de ensanchar la base ya está más que agotada desde hace lustros. O hacen algo nuestros dirigentes, o esta pirámide se viene abajo enterrando todos nuestros sueños de jubilación dorada en la costa o en las islas.

Estamos socioeconómicamente en un aterrador momento en el que el españolito medio empieza a ver peligrar seriamente su futura pensión. Y no lo hace sin razón, a la vista de ese problema que les venimos anticipando nosotros ya desde hace años, y que sólo ahora está en boca (que no en manos) de nuestros políticos. Desde aquí no nos podrán decir que nos hemos limitado a criticar, porque en estas líneas siempre hemos tratado de proponer soluciones creativas, de fomentar el debate más constructivo, y de tratar de que el tema cale entre nuestros dirigentes. Era el camino, aunque cada vez le queda menos de camino y más de puerto de Despeñaperros, porque de nada sirve que lo que antes era un camino lo hayamos intentado recorrer nosotros solos, incluso aún contando con nuestros apreciados lectores.

De hecho, alguna de nuestras propuestas, como la de que los robots coticen, han llegado realmente lejos, y siendo nosotros el primer medio en publicarla, después vimos la misma idea siendo valorada por la propia Comisión Europea, o propuesta por el celebérrimo Bill Gates. En España la idea tuvo todavía más recorrido, y llegó al mismísimo Pacto de Toledo para el cual estaba concebida. Pero allí fue abortada sin mucho argumento comprensible por un partido político concreto, que se supone que debería ser el más preocupado por el tema según su ideario más estético.

Pero propuestas y debates aparte, hasta ahora el resultado ha sido otra serie más de patadas para adelante cuatri-anuales a las que nos tiene acostumbrados nuestra lamentable clase política. El tema es que tienen como único y cortoplacista horizonte temporal los cuatro años de mandato democrático. Seguro que en la mente de más de uno está grabado a fuego que para qué va a asumir él el coste político de la solución, que a vivir que son dos días (o más bien cuatro años), y que cuando “pete” el sistema dentro de 15 o 20 años que le vayan a buscar a las Islas Vírgenes.

Es que en el caso de demasiados de ellos es altamente probable que se lleven la pensión ya puesta para toda una vida en el número de ceros de su cuenta corriente para cuando dejen el poder. Sería otro motivo más por el que este ineludible tema no parece importarles tan apenas, al menos no lo suficiente como para que sean éticamente responsables, y decidan ejercer como responsables públicos al servicio del pueblo (al estilo Merkel, por cierto). Así eluden uno tras otro su obligación profesional y electa de “coger este toro por los cuernos”, porque se ven a sí mismos en un futuro de retiro dorado parapetados en el burladero, y ataviados con un rico traje de áureas luces. Y no hace falta decir que ese traje se lo habrá financiado de una manera u otra el pueblo, al que además están condenando a tener un miserable final de sus días.

Tal y como les analizamos, el momento en el que nuestros políticos se preocuparán de verdad por este tema será sólo cuando seamos toda una gerontocracia y haya una mina de votos senior que explotar. Pero para entonces ya será letalmente tarde, y muy posiblemente entonces ya se tomarán decisiones, pero el problema es que, una vez pasado el punto de no retorno, ya sólo habrá a nuestro alcance muy malas soluciones sin apenas ningún futuro. Ya pueden jurar que, de sobrevenir finalmente este lamentable escenario de no retorno, asistiremos a la adopción final de decisiones de corte populista. Y este tipo de corte, como siempre, sólo acabará empobreciendo todavía más a los indignados wannabes de pensionistas (entre los cuales un servidor estará incluido como la mayoría de ustedes). Y digo wannabes porque realmente pensionistas pensionistas no lo llegarán a ser según los estándares actuales, sino que se quedarán en un mero sucedáneo que sólo les permitirá malvivir.

Y a la vista de nuestra lamentable clase política, ¿Qué podemos hacer como ciudadanos responsables y con capacidad de anticipar el futuro al que nos abocan?

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Pues no sé ustedes, pero por mucho que sea injusto haber cotizado durante décadas para recibir una pensión de miseria, por mucho que elija a nuestros políticos para que adopten soluciones de futuro socioeconómico y eludan indignantemente su obligación, por mucho que uno no disponga de un nivel de ingresos como para poder cotizarse una pensión por partida doble. Por mucho que todo eso sea radicalmente cierto, lo que conlleva a una ruina socioeconómica segura es cruzarse de brazos y no hacer absolutamente nada. Lo de fiarse de nuestros políticos ya lo dejo para los más ilusos, que los escarmentados no tropezamos dos veces en el mismo pedrusco (y el camino está lleno de ellos).

Y obviamente ésta se trata de una de esas ocasiones en la vida en la que la única alternativa es un imposible, en este caso el imposible de seguir cotizando al sistema público, y por otro recurrir a una fórmula privada como Plan B. Pero se trata de un imposible que tenemos que intentar lograr sí, sí, o sí, quitándonoslo de lo que haga falta. No hay mucha alternativa, la verdad, y menos conociendo el percal de nuestra clase política. ¿Pero qué soluciones hay ahí afuera a nuestro alcance? Bueno, pues soluciones hay varias, pero no todas son idóneas ahora mismo. Y que conste que lo de la idoneidad lo digo siendo plenamente consciente de que nos están tocando vivir tiempos de “geometría variable”, en los que nos van persiguiendo fiscalmente literalmente hasta la tumba, y consiguiendo que la teoría vaya mutando, y en la práctica lo más idóneo de hoy sea lo menos idóneo de mañana.

Todo sea por irnos permitiendo que nos exprimamos nuestro modo de vida para procurarnos unos ahorrillos para cuando llegue el momento de la jubilación, pero que conforme ganan volumen macroeconómico agregado se van volviendo otro suculento filón a explotar fiscalmente por parte de nuestros (des)políticos. Así ha sido en esa solución de asegurarse un futuro de los planes de pensiones, que ha venido siendo una solución clásica durante décadas y décadas, y que ahora ha tocado a su fin sin que se pueda justificar de ninguna manera a qué fin puede venir esto. Y es que la justa desgravación para que podamos tratar de procurarnos por nosotros mismos lo que el gobierno ya sabe a ciencia cierta que no va a poder procurarnos él (por muchas décadas que tengamos cotizadas), va a acabar siendo cada vez más reducida, por no decir exigua.

Actualmente, acaban de fijar la máxima cuantía desgravable por las aportaciones a un plan de pensiones privado en unos hilarantes 1.500 Euros anuales. Con esa inestimable ayuda del Estado, casi es mejor pasar del apellido “de pensiones” y tratar de ahorrar lo que se pueda en bruto. Así por lo menos tendremos liquidez si nos vienen mal dadas antes de la jubilación, y no dependeremos de condiciones de “rescate” de esos fondos. Ésos 1.500 Euros parecen ser toda la ayuda que actualmente nuestro gobierno está dispuesto a darnos para cubrir las obligaciones que ellos mismos no nos van a cubrir.

El caso y lo más flagrante es que esta inefable inseguridad jurídica coge a muchos futuros pensionistas responsables atrapados en un producto que ahora ya no les vale mayormente, y con unos fondos que sólo se pueden rescatar bajo determinados supuestos. Además, está el hecho de que fiscalmente “el palo” viene desde siempre en el momento de la jubilación todo de golpe, cuando uno finalmente rescata su dinero para poder seguir sobreviviendo una vez que ya no está en activo. Este gobierno demuestra una vez más ser enemigo de los ciudadanos responsables que tratan de labrarse o conservarse un futuro por sus propios medios, y también enemigo de los que hacen honor a su edad adulta sin caer en esos infantilismos inculcados que sólo enseñan a mirar para todo hacia “Papá Estado” (tradúzcase por “Mamá Estada” para los aborígenes de “Matria”).

Este gobierno sólo parece que vaya a conseguir que nos quede a todos como única opción la de ser hiper-dependientes de la miseria que nos puedan acabar repartiendo a modo de dádiva, pero por la que muchos estarían eterna y electoralmente agradecidos, mientras nuestros dirigentes seguirán nadando en la opulencia. Aunque tampoco seré yo el que defienda mucho en este sentido a algunos ex-individuos de la oposición, con esas tramas de corruptelas que están siendo ahora juzgadas hasta sus derivaciones últimas, y a cuyos siniestros protagonistas les daba por los mismos lujazos.

Y es que aquí la pasta le gusta hasta al último tonto sea del color que fuere, pero especialmente la que se levantan sin más esfuerzo que el de poner la mano. Y claro, para luego poder cuadrar las cuentas, toca esquilmar a los de siempre. Porque se puede decir (salvo alguna honrosa excepción) que actualmente sólo un tonto se metería en este pozo inmundo en que ha degenerado nuestra política, y los más listos se tratan de procurar una vida digna y feliz al margen de tanta podredumbre.

Si ya no nos ayudan con los planes de pensiones, ¿Qué nos queda para huir de la miseria?

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Pues tras un análisis del mercado y de las soluciones disponibles para procurarse complementos pensionistas, he de decirles que la solución actual más idónea son los Planes Individuales de Ahorro Sistematizado. Esos PIAS que les citaba antes. La gran ventaja de estos PIAS es que no suponen tantas limitaciones a la hora de rescatar las aportaciones, en caso de que las necesitemos por necesidad imperiosa. Y además el producto combina una parte de ahorro y otra de seguro que puede no venir nada mal, además del hecho de que fiscalmente es bastante ventajoso.

Hay que decir no obstante que la parte del seguro, si bien es cierto que es lo que le confiere la ventaja de poder conservar algunas de sus características de idoneidad, y que además no sabemos en la vida cuando nos va a hacer falta, realmente puede suponer un concepto que algunos no querrían. Porque así les están vendiendo un seguro incluido en un producto que pueden querer concebir tan sólo como de mero ahorro, y al que son obligados a contratar al mismo tiempo en ese mismo producto de forma indisoluble. Hace unos días ya les trajimos en El Blog Salmón un muy buen análisis detallado de corte más bien técnico acerca de los PIAS y sus características, que les recomiendo leer para más detalles. Aquí y ahora simplemente nos estamos centrando en su puesta en contexto, su análisis más transversal, y a su idoneidad como herramienta de salvación socioeconómica.

Por sintetizarles un poco ese enlace: con un PIAS ustedes pueden contratar con su banco el ir aportando una cantidad fija mensual, a veces precedida de un desembolso inicial de mayor cuantía, pero que tampoco suele ser nada exagerado. Y el caso es que la ventaja adicional de los PIAS es que, mientras vas ahorrando con la vista puesta en el plazo más largo, estás ahorrando mientras ahorras, puesto que no tributas por los rendimientos que vas obteniendo de los fondos de inversión en los que invierte tu plan. Hasta aquí nada que no conociésemos de esos planes de pensiones que les decía que ahora han malogrado y han dejado sin apenas margen de desgravación.

Pero, aparte de las mucho mayores facilidades de rescate que ya les citaba antes (momento en el que lógicamente sí que habría que tributar), la verdadera ventaja adicional de los PIAS es que, fruto de su combinación con un seguro, en el momento de recuperar esos ahorros no se pagará por los rendimientos si, en vez de rescatar todo el importe o parte de golpe, lo haces en forma de renta vitalicia. Hasta donde uno concibe, ésa es justamente la intención, al menos en el económicamente limitado caso de un servidor. Y la máxima aportación anual asciende a unos 8.000 Euros que ya le quedan más que lejos a lo que ha quedado para los planes de pensiones, siendo además una meta de ahorro muy respetable y que ya supone un gran esfuerzo para un trabajador de clase media.

Y que conste que aquí hay perfiles de inversor y necesidades de ahorro e inversión de todo tipo, y que más allá del caso más general, hay ahí fuera ahorradores para los que puede resultar más apropiada alguna otra de las opciones de ahorro para la jubilación. Entre ellas están los propios planes de pensiones ya citados, pero también los planes de previsión de asegurados (PPAS), los seguros individuales de ahorro a largo plazo (SIALP), o cualquier otro tipo de producto financiero con el que pueda resultar apropiado ahorrar en otros casos para otros perfiles. Que conste también que, en la época de la represión financiera (que aquí a pesar de las críticas ya les anunciamos debidamente que tocaba a su fin, antes de que siquiera fuese mínimamente patente), vaya por delante que la opción de guardar el dinero bajo el colchón ha dejado de ser una opción sólo propia de nuestros abuelos.

Considérese también parte de ello el guardarlo en una caja de seguridad de un banco como otra de las opciones colchoneras, o incluyan en ello también la opción de guardarlo en un colchón en su versión más cripto-moderna. En principio toda opción de ahorro que preserve valor puede llegar a ser una posible opción de asegurarse un retiro más cómodo. Pero obviamente hay que mirar también la desgravación de productos como los PIAS, lo cual es un plus de idoneidad apto para la mayoría de los ahorradores más responsables: al final los importes atesorados en el momento de la jubilación hacen que el dinero ahorrado con esa desgravación sea mucho dinero. No obstante, y como pliego de descargo ante lo que pueda venir (que yo lo desconozco, pero que siempre puede ser mucho), hay que decir que la condición sine-qua-non es que los PIAS vayan a seguir siendo respetados legislativamente tal y como son concebidos en la actualidad.

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Esperemos así que conserven su capacidad de asegurarnos nuestro futuro más senior durante muchos años, y no corran la misma (mala) suerte de los planes de pensiones. El tema es que puedan sobrevivir en los plazos más largos sin que nuestros lamentables e insaciables políticos acaben decidiendo rompernos otro cerdito más, y metan de nuevo la mano en otra de nuestras huchas. Algo especialmente censurable en unos tiempos en los que la hucha del sistema público de pensiones ya la empezaron a romper hace años. Y entre tanto añico de hucha rota por todos lados, no nos queda otra opción que ir haciendo alfarería y construyendo nuevos cerditos con nuestras propias manos (y ahorros): si nos lo dejan de color rosa, o del negro más profundo, ya sólo depende del que pinta su color con esta legislación tan mutante.

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