Internet, el Lejano Oeste y la utopía anarcocapitalista

Uno de los debates más pintorescos de la academia, mas no por ello menos interesante, versa sobre las sociedades anárquicas. Empero, desde que los arqueólogos han evidenciado su viabilidad (desmontando varios mitos de Rousseau por el camino), las controversias orbitan en torno a cómo y en qué esferas del mundo moderno podría llevarse a la práctica la anarquía.

Aunque las aproximaciones de corte comunitarista han sido las más conocidas desde los socialismos utópicos decimonónicos, el libertarismo individualista tiene igual antigüedad. De hecho, sus herederos han copado la vanguardia intelectual anarquista desde que los marxistas condenaron al ostracismo a los seguidores de Bakunin y Kropotkin, allá por finales del S.XIX.

Precisamente en España, Jesús Huerta de Soto y discípulos suyos como Juan Ramón Rallo han cultivado en las últimas décadas todo un movimiento estudiantil libertario, siguiendo la estela del americano Murray Rothbard.

Dado que sus posiciones varían entre la reducción del Estado al mínimo necesario para proteger el imperio de la ley (minarquismo) y su abolición completa (anarco-capitalismo), la primera pregunta que cabe hacerles es: ¿qué sociedades de mercado han funcionado sin Estado?

Una de sus respuestas habituales es apelar al Lejano Oeste, apelando al trabajo de Terry Anderson para impugnar el relato hollywoodiense de caos y salvajismo. Sin embargo, pese a que no es mal ejemplo, para observar un libre mercado anárquico no hace falta ir tan lejos. Nosotros mismos convivimos a diario con una dimensión anarquista casi sin darnos cuenta.

Es más, esta esfera ácrata de la sociedad ácrata en la que hemos estado participando ha sido el principal motor económico de la economía mundial desde hace décadas. En ella, todos hemos podido encontrar acomodo o incluso diseñarnos uno a nuestro gusto.

Como es obvio a estas alturas, esa sociedad anárquica es internet y en el artículo de hoy veremos sus sorprendentes similitudes con la conquista estadounidense del Lejano Oeste.

Terra ignota

Como sucedía en el Lejano Oeste americano, internet nació siendo un mundo por explorar. Cuando el potencial de una empresa escapa a la imaginación de los más osados aventureros, el público se divide, ayer y hoy, en entusiastas y escépticos.

  • El primero tiene una visión dinámica de la realidad y se guía por heurísticas simples. Ayer emprendía viajes a lo desconocido y hoy funda empresas digitales. Desde nuestra cómoda barra de bar, Cristóbal Colón y Jeff Bezos son esencialmente lo mismo.
  • El segundo tiene un carácter conservador, fruto de su visión estática del mundo. Se guía por lo conocido y tangible, aunque no sirva para explicar el Nuevo Mundo, y ello le lleva a infravalorar su potencial. Ahí tenemos al bueno de Krugman augurando que Internet tendría un impacto similar al fax (o que el kirchnerismo sería algo bueno, pero esa es otra historia).

Una particularidad que convierte a Internet en un ejemplo aún más interesantes que el mundo de Paul Newman es su recursividad, es decir, su capacidad de crecer indefinidamente, como un fractal. Por ejemplo, Facebook crea a su vez todo un nuevo submundo a explorar (y explotar). En cualquier caso, la diferencia no es tanta si observamos el ‘Far West’ desde una perspectiva más sociológica que geográfica, pues se nos revelan no pocas dimensiones ocultas.

Volviendo a los paralelismos, los actuales emprendedores digitales construyen sobre la herencia de los entusiastas de los 90. Logrando ahorrarnos cada vez más conocimiento técnico, estandarizamos medios de pago (sea el papel moneda o PayPal) y códigos de comunicación (sean idiomas o lenguajes de programación, jergas o memes).

Los consensos de este tipo, así en la red como en la tierra, se denominan órdenes espontáneos o hayekianos y es su carácter plural lo que nos lleva al siguiente punto.

La torre y la plaza

Internet ha sido desde su origen un sistema descentralizado. Cualquiera puede montar un hosting (y las miles de empresas dedicadas a ello ya los ofrecen cada vez más baratos). Es cierto que la ICANN estadounidense controla los dominios, y de hecho se ha debatido mucho sobre si tal organización debiera estar en manos de la comunidad internacional.

Pero lo que nos interesa hoy es destacar que existen redes que permiten sortearla, como TOR y sus .onion. Es cierto que son más lentas y requieren ciertos conocimientos técnicos, pero eso sólo indica que si no se han desarrollado más es porque la ICANN cumple bien su función y ofrece a los exploradores la descentralización que le exigen (bajo amenaza de sustituirla).

Aquí vuelven a divergir nuestros ejemplos: ambos se centralizaron paulatinamente, pero el Lejano Oeste lo hizo obligado por la intervención directa del Estado y el mundo digital lo hace fluyendo hacia empresas privadas motu propio.

Nótese que la importancia de distinguir entre la vía coactiva del Estado y la voluntariedad, pues ésta refleja que se ha llegado evolutivamente a un punto de Schelling natural. El cual, además, permite formas de organización ajenas al potencial oligopolio FAANG.

No obstante, como señala Tim Berners-Lee, uno de los padres de internet, ello no elimina los riesgos. Cabe preguntarse si tal oligopolio puede ser la antesala del control estatal, como parecen indicar sus últimos pleitos a nivel europeo y estadounidense.

Falsa descentralización

Para cerrar con su estructura, cabe tratar la falsa descentralización. Una ilusión en forma de efecto red que beneficia a alguna de los gigantes mencionados. Si Internet está tan descentralizado… ¿Por qué no hacer que comunidades más pequeñas trabajen para ti?

En su caso, engendró al marketing de afiliados. Lo ilustraremos con comprarmuybarato.online, pues su creador ha sido especialmente claro a la hora de explicar sus entresijos (en entrevistas como esta, esta o esta). Resulta que hay millones de webs como ella dedicadas a la recomendación de productos. Por sorprendente que parezca, conforman toda una industria en la sombra.

Pero lo cierto es que esas comunidades actúan como comerciales de las tecnológicas. Lo mismo sucede con Google (y su publicidad de AdSense) e incluso empresas de menor envergadura (de hecho, el autor mencionado ha rentabilizado dicho modelo en otra web aparentemente independiente, comprar-acciones.online, que en realidad busca redirigir su tráfico hacia los principales traders online).

En los orígenes, las diferentes webs tenían que negociar directamente con los potenciales anunciantes (la época de los banners publicitarios) o vendían sus propios productos. Hoy, a través de la afiliación o el Dropshipping, esto desaparece para dejar paso a empresas más o menos grandes que usan esas comunidades como vendedores de sus productos o servicios.

Sin embargo, cabe preguntarse si no es lo esperable de una sociedad anarquista. Es decir, ¿tan sorprendente es que aparezcan organizaciones de mayor envergadura y ‘fuerza gravitatoria’, cuando resultan tan rentables para todas las partes implicadas? El gigante gana en volumen, el comercial gana en comisiones y el cliente gana en experiencia.

A nivel geográfico, ¿no es lógico que los pueblos de alrededor de Barcelona “trabajen” para la ciudad condal? Lo preocupante no parece la existencia de tales nodos, sino la facilidad con la que puedan dar el paso a la coacción. El cual, dicho sea de paso, probablemente sea uno de los principales argumentos contra la anarquía: ¿Qué impedirá al poder blando convertirse en poder fuerte? ¿Bastará con una serie de normas de conducta?

Estafas y órdenes jurídicos espontáneos

La inmensa mayoría de las funciones que asignamos actualmente al Estado se pueden ofrecer (mejor o peor) desde el ámbito privado, pero la creación de la ley y su protección siguen siendo dando dolores de cabeza incluso a los más fervientes anarquistas.

Aunque Internet consta de ciertas leyes estatales de las que cada vez es más difícil huir (incluso para la Deep Web), su peso es mucho menor en el mundo virtual que en el físico. No hace falta hablar de narcotráfico y sicarios, basta pensar en cuestiones como la compraventa de fármacos sin receta o los derechos de copyright.

En cualquier caso, lo interesante para nosotros es cómo las diferentes comunidades han creado sistemas de normas propias restringidas a ciertas webs (tal y como sucedía en los asentamientos del Lejano Oeste, en una suerte de derecho privado).

Hay foros cuyas reglas de comunidad han hecho más por los derechos de autor que la mayoría de burócratas. Además, no faltan legislaciones contra mensajes ofensivos al gusto del consumidor. El objetivo último siempre era blindar el ágora pública para permitir el funcionamiento de la comunidad, bajo pena de destierro.

Podrá sonar baladí, pero no lo es en absoluto. Hay auditorios digitales donde pueden desarrollarse completas y muy lucrativas carreras profesionales, siempre y cuando se cumplan sus normas. El caracter global de estas sociedades hace que muchas veces sea inasumible el coste de formalizar un contrato de acuerdo a leyes estatales.

La centralización anteriormente mencionada no incumple tal lógica, aunque el descontento con sus normas enfrenta un creciente coste de no participar en las redes sociales mainstream. Este poder de negociación también permite a las tecnológicas condicionar a sus colaboradores, imponiéndoles su propia ley privada en forma de código de comportamiento. ¿Quién va a asumir el coste de no aparecer en Google por saltarse sus 'buenas prácticas'?

En su lucha contra las estafas, se da una importancia vital a los sistemas de rating, utilizando la reputación como un dispositivo de transmisión de confianza. Asimismo, han surgido guías para evitar y solventar fraudes de mano de los usuarios y los propios administradores, a imagen y semejanza de las asociaciones de consumidores.

Se ha sabido sustituir la función notarial con la figura del intermediario profesional, ejerciendo la propia comunidad como abogado defensor del pueblo en los desacuerdos sujetos a interpretación. Hablamos de instituciones privadas con poder sancionador, sentenciando bajo amenaza de expulsión permanentemente.

Con el mismo espíritu nacen las criptodivisas como Bitcoin o los contratos inteligentes de Ethereum: sustituir la ley estatal por distintos niveles de leyes privadas, descentralizadas y espontáneas. Cuesta hacerse a la idea, pero su efectividad es tal que han posibilitado industrias descomunales completamente agoristas, como las herederas de Silk Road.

Por supuesto, abordar un tema tan complejo con la profundidad que merece ocuparía libros enteros. Espero que al menos esta reflexión baste para suscitar curiosidad sobre las sociedades independientes de un tutor estatal, salvando las distancias entre Internet y el Lejano Oeste.

Y tú, ¿qué opinas? ¿Es internet un ejemplo de anarquía? ¿Sería traducible lo que sucede en el mundo online al mundo offline? ¿Sería deseable? ¡Dímelo en los comentarios!

Imagen | Luca Nebuloni

La ética de la libertad (2ª edición)

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