China lleva años intentando subir la natalidad, y no está consiguiendo nada

Xi JinPing quiere más bebés, pero los chinos de a pie no parecen estar muy dispuestos a tenerlos

Javier J Navarro


 

El Partido Comunista Chino tiene claro que tienen un problema de natalidad importante. Los gerifaltes chinos quieren más bebés, aunque el pueblo chino parece que pasa de tenerlos. El PIB no deja de ser producto per cápita por trabajador por número de trabajadores, pero ¿y si no hay nuevos trabajadores y se van jubilando? Es cierto que en China se empiezan a encontrar algunas fábricas muy avanzadas que ni siquiera encienden las luces, porque apenas hay humanos trabajando, pero la industria de servicios necesita trabajadores, así como el ejército soldados.

 

No obstante, en China la situación es diferente. Es el único país que estableció una política del hijo único (Singapur siendo una ciudad estado y teniendo problemas demográficos  recomendaba parar al llegar a los dos hijos), con lo que ahora se ve en un envejecimiento acelerado. China implementó formalmente la política del hijo único entre 1979/1980 y 2015 como una de las medidas de control demográfico más estrictas del mundo. El objetivo era frenar un crecimiento poblacional considerado excesivo por el liderazgo del Partido Comunista Chino y se aplicaron multas, sanciones administrativas y restricciones en servicios públicos a las familias que violaban la norma.

 

Se permitieron algunas excepciones, por ejemplo en zonas rurales, minorías étnicas o cuando ambos padres eran hijos únicos, la práctica también incluyó casos documentados de ligaduras de trompas forzadas, implantes de dispositivos intrauterinos obligatorios y sanciones económicas severas para quienes tuvieran más hijos que los permitidos.

 

Durante décadas esta política redujo drásticamente las tasas de fertilidad en China, generando sesgos de género por la preferencia tradicional por hijos varones, abandono infantil y una ruptura en la estructura familiar tradicional. El envejecimiento poblacional se aceleró a medida que las cohortes más jóvenes se redujeron y las mayores crecieron en proporción.

 

El sistema de planificación familiar se comenzó a flexibilizar antes de su abolición formal. Entre 2013 y 2015 se ampliaron excepciones para permitir un segundo hijo en ciertos casos. En 2016 se autorizó formalmente a las parejas a tener dos hijos y en 2021 se extendió la política para permitir hasta tres hijos por pareja, eliminando las sanciones administrativas y económicas por superar el número máximo permitido de hijos. Estos pasos muestran que el cambio fue gradual y acumulativo, más que un abandono abrupto de toda política demográfica.

 

Pese al fin de la política restrictiva, las tasas de natalidad en China continuaron disminuyendo. La tasa de natalidad fue de 6,39 nacimientos por 1000 habitantes en 2023 y se situó en 5,63 por 1000 en 2025, el nivel más bajo desde 1949, con solo 7,92 millones de nacimientos, muy por debajo de lo necesario para mantener el reemplazo generacional. La fertilidad promedio ronda 1 hijo por mujer, muy inferior al umbral de 2,1 necesario para mantener el tamaño de la población; estimaciones externas incluso ubican la tasa en torno a 0,9 en 2025. China no es ajena a la tendencia mundial de reducir el número de hijos por mujer (sin juzgar que esto sea bueno o malo ni sus causas, en el mundo tenemos menos hijos, y eso es imparable).

 

La población total de China cayó en 3,39 millones en 2025, con más muertes que nacimientos, 11,31 millones frente a 7,92 millones, reflejando un cambio natural negativo de la población. Estos datos muestran que la eliminación de las restricciones no revirtió la tendencia demográfica a la baja; más bien, las cifras sugieren que factores socioeconómicos contemporáneos como el alto coste de la vivienda, la educación y el cuidado infantil, además de las presiones laborales, pesan más que el simple acceso a permisos legales de tener más hijos.

 

Ante este descenso continuo, el gobierno chino ha implementado una serie de políticas pro-natalistas. En 2025 China anunció un subsidio nacional de unos 3600 yuanes, aproximadamente 500 dólares, por cada hijo menor de tres años cada año, diseñados para aliviar parte de los costes de crianza. Además, diversas provincias y ciudades han ofrecido incentivos locales sustanciales, con algunos lugares proporcionando subsidios que llegan a cifras equivalentes a decenas de miles de dólares para familias con más hijos, junto con ayudas de vivienda y servicios de salud gratuitos.

 

El gobierno ha incrementado el subsidio de guarderías y cuidado infantil, y ampliado los permisos de maternidad y paternidad para reducir la penalización laboral asociada con tener hijos. También ha promovido campañas sociales que buscan incentivar el matrimonio y la familia, aunque el impacto cultural de estas iniciativas es difícil de medir.

 

Hacia 2026, China eliminó exenciones fiscales sobre anticonceptivos, mientras ofrecía exenciones fiscales para servicios de guardería y preescolar con la intención de desincentivar el uso de controles de natalidad y reducir barreras económicas para las familias. Incluso se ha pensado como la opción de facilitar el acceso a la vivienda o a vivienda más grande. También sucede que existen barreras culturales y muchas nuevas generaciones, en edad de tener hijos, están acostumbradas a familias de hijo único. Además muchas familias piensan que ya tienen que hacerse cargo de los cuatro abuelos, no quieren añadir a eso la carga de tener un segundo hijo.

 

Los resultados de estas políticas son mixtos, en el mejor de los casos. En 2016 cuando se autorizó el segundo hijo, hubo un pequeño repunte de nacimientos, pero ha seguido bajando la tasa de fertilidad. En algunas ciudades como Tianmen se han reportado aumentos temporales en nacimientos gracias a paquetes agresivos de incentivos. Sin embargo, a nivel nacional los aumentos parecen limitados o temporales, con evidencia de que muchos nacimientos adelantados reflejan cambios de calendario más que una reversión estructural de tendencias demográficas. Muchas parejas jóvenes siguen renuentes a tener hijos, citando preocupaciones económicas, presión laboral y prioridades profesionales, lo que limita la eficacia de los incentivos gubernamentales.

 

Pero no todo es la política de la China Popular del hijo único. Pensemos en el país más cercano a china, Taiwán (eran el mismo país hasta la guerra civil que ganó el partido comunista sobre el Kuomintang, que se refugió en la isla). Las tasas de natalidad y fertilidad en Taiwán muestran incluso cifras más bajas que las de China continental. Es cierto que Taiwán se desarrolla antes que China, pero nunca tuvo políticas que limitaran la cantidad de hijos que se podían tener.

 


En 2023 la tasa de fertilidad estimada fue de 0,89 hijos por mujer en Taiwán, comparada con 1,00 en China. La tasa de natalidad fue de 5,76 nacimientos por 1000 personas en Taiwán, frente a 6,39 en China en el mismo año. Los datos más recientes sugieren que Taiwán podría experimentar una caída aún más drástica, con estimaciones indicando que la fertilidad total podría caer por debajo de 0,72 en 2025, lo que representaría una de las tasas más bajas del mundo si se confirma. En Taiwán, las cifras de nacimientos han disminuido durante años, con proyecciones de menos de 120.000 nacimientos anuales en 2025 y una tendencia persistente de más muertes que nacimientos, reflejando un intenso proceso de envejecimiento demográfico similar al de China.

 

China ha pasado de imponer una política restrictiva de hijo único a intentar revertir una caída demográfica preocupante mediante incentivos económicos, apoyo social y reformas fiscales. A pesar de estas medidas, las tasas de natalidad continúan muy por debajo del nivel de reemplazo, y la población sigue envejeciendo y reduciéndose en términos netos. El problema de la demografía va a marcar el siglo XXI, pero eso va más allá del control de Beijing.

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