El gran problema de los autónomos en España es que existen cuatro realidades diferentes, y nos perjudica a todos tratarlas de la misma forma

Javier Ruiz

En España se sigue hablando del autónomo en singular, pero la realidad nunca ha sido tan plural. Esa imagen hace tiempo que se quedó en el pasado. Hoy, una misma etiqueta recoge un pequeño negocio, el freelance cualificado, el trabajador dependiente de uno o muy pocos clientes y los perfiles que rozan el “falso autónomo”.

El problema va más allá de la semántica, porque el mercado laboral se ha diversificado mucho más deprisa que las leyes.

La ley reconoce la pluralidad de los autónomos

La propia legislación española es consciente de que autónomo se define por muchas realidades, como reconoce el propio Estatuto del Trabajo Autónomo desde hace años. Un ejemplo concreto es la figura del trabajador autónomo económicamente dependiente (TRADE), que acoge a las personas que obtienen al menos el 75 % de sus ingresos de un solo cliente.

Todo ello no ha impedido que el debate público siga tratando al colectivo como un bloque casi uniforme, o a través de una división simple entre trabajadores de alto valor y precarizados.

Existe una tensión de fondo: España ha reformado en los últimos años el sistema de cotización para aproximarlo a los ingresos reales (cuyo calendario de aplicación gradual se mueve entre 2023 y 2031), pero lo ha hecho en una categoría muy amplia.

Nadie discute que corregir una cuota desligada de la renta era algo necesario, pero considerar que esto es suficiente para ordenar y dar seguridad a un universo laboral tan fragmentado… ya es otra historia.

Lejos del perfil laboral único

En el pasado, la imagen del autónomo remitía sobre todo al pequeño comercio, la hostelería, los oficios o las profesiones tradicionales.

A lo largo de los años, han ganado peso otros perfiles, entre los que destaca el del freelance cualificado, ligado a la consultoría, el diseño, la programación, la comunicación o los servicios técnicos.

De hecho, si bien en la UE el peso del autoempleo ha tendido a reducirse, han ido ganando peso los profesionales y los trabajos técnicos, que conviven con autónomos dependientes de terceros que, en teoría, trabajan por cuenta propia, pero dependen de uno o muy pocos clientes, con escaso margen de maniobra si pierden esa relación contractual.

Por último, en el extremo más conflictivo de la digitalización se recogen los llamados “falsos autónomos”, trabajadores teóricamente por cuenta propia que están sujetos a condiciones muy cercanas a la relación laboral ordinaria.

La ley rider de 2021 fue precisamente una respuesta a esa frontera borrosa, al introducir una presunción de laboralidad en el reparto por plataforma cuando la empresa organiza y controla el servicio mediante algoritmos. Sigue generando polémica, pues el sector la acusa de haber convertido el modelo “delivery” en rígido, caro e ineficiente.

Esa fragmentación no solo se percibe en la teoría o en el debate jurídico, sino también en la propia composición del trabajo autónomo en España.

Necesidades muy distintas

Y ahí aparece el verdadero fallo de diseño: compartir nombre jurídico no implica necesitar la misma regulación. Una misma palabra agrupa posiciones económicas y laborales que no solo son distintas, sino que a veces chocan entre sí.

El pequeño autónomo más vulnerable suele necesitar menos carga administrativa, más previsibilidad de costes y una protección social que no le hunda cuando baja la actividad. Por el contrario, el freelance cualificado suele reclamar más flexibilidad operativa, mejor tratamiento de gastos y herramientas adaptadas a una actividad profesional de alto valor añadido. Los modelos más dependientes, en cambio, necesitan mayor protección frente a la concentración de riesgos en un solo cliente o directamente un contrato por cuenta ajena cuando existe subordinación real.

Cualquier medida para reorganizar todo el sistema resultará insuficiente para unos, excesiva para otros y directamente inadecuada para quienes están mal clasificados desde el principio.

A finales de 2025, la OCDE publicó un nuevo informe de calidad del empleo, que concluía que los autónomos sin empleados tienden a afrontar peores condiciones que quienes sí los tienen, mientras que, en España, el colectivo muestra una realidad más desigual de lo que suele sugerir el debate político.

En conclusión, la cuestión va más allá de las cotizaciones de los autónomos. Esta idea invisibiliza la pregunta de fondo: ¿tiene sentido seguir diseñando reglas casi iguales para perfiles que se parecen cada vez menos entre sí?

Bajo el paraguas del autoempleo, esta heterogeneidad ya no puede tratarse como una rareza estadística y apunta hacia la necesidad de un cambio estructural. Hay tímidos pasos en la diferenciación y en la regulación por perfiles, como se hizo con la ley rider, pero como suele ocurrir con el colectivo, seguimos lejos de una gran reforma.

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