
Frente al auge de los complejos residenciales para mayores europeos, algunos pensionistas españoles con menos recursos se ven obligados a convivir en pisos compartidos
El mercado del alquiler pide 425 euros al mes de media por una habitación, y ese precio ya supone una barrera para muchas personas mayores. Pepita, de 80 años, lo resume sin filtros: "Si no compartiéramos, estaríamos en la calle». Llevaba años pagando su alquiler "religiosamente", pero las sucesivas subidas la ahogaron y su casera zanjó que "no me lo podía dejar más barato". Su historia, según recoge El Intermedio de laSexta, refleja las dificultades de quienes no pueden asumir el encarecimiento de la vivienda. Para ella, encontrar una alternativa se había convertido en una necesidad.
No es la única. Vicente, de 63 años, también perdió su piso, acudió a los servicios sociales y terminó coincidiendo con ella en una vivienda gestionada por Hogares Compartidos. La convivencia a estas alturas de la vida choca. Vicente reconocía que le resultaba extraño salir de su cuarto y encontrarse en un espacio que ya no era suyo, aunque admite que sus compañeros le sacan "del atolladero". Y las personalidades cuadran: él es tímido; ella, habladora. "Lo vi una persona muy sincera (...) y dije: 'Pues yo, como soy más abierta, ya verás cómo hago buenas migas'", recordaba Pepita.
Compartir piso para llegar a fin de mes
Según los datos de Idealista, una habitación en España alcanzó un precio medio de 425 euros mensuales en el segundo trimestre de 2026, mientras que los estudios rondaban ya los 800 euros. Si cruzamos eso con las pensiones, la brecha es considerable. En nuestro país, la pensión media de viudedad se situó en torno a los 976 euros mensuales, según los datos de 2026. Con esos importes, alquilar una habitación de 425 euros supone destinar casi el 44 % de la pensión media de viudedad a la vivienda, antes de pagar la luz, comprar medicamentos o llenar la nevera. La situación puede ser todavía más complicada para quienes cobran prestaciones inferiores, aunque la pensión concreta de Pepita no ha trascendido.
El proyecto donde viven no se limita a ofrecer una habitación a un precio asumible; también proporciona acompañamiento y seguimiento social a personas mayores que mantienen su autonomía. Compartir piso no solo reduce la carga económica (que no es poco), sino que también puede ayudar a combatir la soledad no deseada. "Aquí estoy arropada, pero, si me voy a un sitio sola, ¿qué podría ser de mí con tanta edad?", se preguntaba Pepita. Para ella, tener compañeros ya no es solo un parche económico, sino también "una seguridad".
Es el reflejo de un posible cambio residencial. Por arriba, se busca inversiones para desarrollar complejos de senior living, residenciales destinados a personas mayores cuya oferta en España podría duplicarse hasta alcanzar las 8.000 viviendas en 2030, según las previsiones de Colliers. En la otra cara de la moneda, algunos jubilados con dificultades económicas se ven obligados a compartir vivienda para llegar a fin de mes. No siempre se trata de una elección ni de una moda colaborativa: en casos como el de Pepita y Vicente, es una solución para afrontar el coste de la vivienda.
Y, gracias a la solidaridad de organizaciones como Hogares Compartidos, quienes atraviesan estas dificultades pueden encontrar una alternativa y recuperar parte de su tranquilidad. Habrá que ver cómo evoluciona esta situación en los próximos años.
Imagen de Archivo | Ahmed Mulla (vía Pexels)
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