José María Medina, inspector de Hacienda: "No se pueden bajar los impuestos si no se baja antes el gasto público"

Imagen de José María Medina, inspector de Hacienda, en el podcast Venice Club
  • Un veterano inspector de Hacienda lanza un jarro de agua fría contra la demagogia fiscal con una tesis tan vieja como el propio comercio

  • Un Estado no puede jugar indefinidamente a vaciar los ingresos si no se atreve primero a meter la tijera en el motor del gasto

Redacción El Blog Salmón

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¿Existe el truco de magia definitivo en la economía que permita ingresar menos en la caja del Estado sin recortar ni un solo euro en los servicios del día a día? El debate sobre la presión fiscal en España suele vivirse en las tertulias televisivas con mucha pasión y muy poco rigor matemático, pero la aritmética de las cuentas públicas es bastante más tozuda de lo que prometen los programas electorales. En una reciente entrevista concedida a El Español, el veterano inspector de Hacienda José María Medina lanza un jarro de agua fría contra la demagogia fiscal con una tesis tan vieja como el propio comercio: un Estado no puede jugar indefinidamente a vaciar los ingresos si no se atreve primero a meter la tijera en el motor del gasto.

La ley de la gravedad fiscal: la balanza

Para entender el nudo gordiano que plantea el inspector no hace falta colgarse una medalla en macroeconomía, basta con aplicar la lógica de cualquier economía doméstica (esa que dice que no puedes gastar en cenas lo que dejas de ingresar por trabajar menos horas). Medina expone con claridad que la obsesión por anunciar rebajas de impuestos de forma aislada es, en la mayoría de los casos, un brindis al sol que termina pagándose con más deuda o con un deterioro crónico de las infraestructuras comunes. Si el coste de mantener el engranaje público —sanidad, educación, pensiones y la propia maquinaria administrativa— sigue su tendencia alcista, reducir los tipos impositivos de golpe es una irresponsabilidad presupuestaria.

El núcleo de la crítica se dirige hacia la falta de coraje político para auditar la eficiencia de cada euro que sale de las arcas del Estado. El inspector insiste en que el problema endémico en España no es que se recaude poco o mucho en términos absolutos, sino la rigidez de un gasto público que se asume como intocable. Prometer que la economía crecerá tanto por el mero hecho de bajar los impuestos que la recaudación se compensará sola es, a su juicio, confiar la estabilidad del país a un juego de azar donde las cartas casi siempre vienen marcadas en contra de las pymes y los asalariados.

La trampa del déficit y el laberinto de la productividad

Ya lo advertía el maestro de la sátira cinematográfica Luis García Berlanga en sus retratos costumbristas: en este país nos encanta organizar grandes comitivas de bienvenida al dinero mientras dejamos las ventanas abiertas para que se escape la riqueza. Lo que casi nunca se desglosa en los grandes titulares de la prensa económica es que la rigidez de nuestro mercado laboral y el estancamiento de la productividad real actúan como un freno de mano para cualquier reforma fiscal sensata, un escenario que nuestra propia cosecha de datos en la redacción nos obliga a vigilar de cerca.

Mientras el debate político se enreda en si hay que perseguir más el fraude de las grandes fortunas o aliviar la carga de los autónomos, la realidad de las empresas españolas es que sufren para mantenerse competitivas. Como ya os hemos desgranado en ocasiones anteriores en este rincón, los despidos por desgaste y la falta de escala en las microempresas frenan el crecimiento de los salarios, lo que a su vez limita la base imponible del IRPF. Si la recaudación por la vía del empleo privado se vuelve precaria por culpa de la baja productividad, el Estado se vuelve adicto a los impuestos indirectos como el IVA, cargando la factura sobre el consumo diario de las familias más vulnerables.

¿Hay margen entonces para una reforma que baje la presión fiscal sin destruir el Estado del bienestar? Sí y no. Medina apunta a que la única vía realista exige un ejercicio previo de transparencia extrema: evaluar qué organismos públicos duplican funciones, digitalizar a fondo la gestión y vincular el gasto a objetivos reales de rendimiento. Pretender asaltar el cielo de la rebaja fiscal sin hacer antes los deberes contables en el presupuesto del gasto es una quimera peligrosa. Al final, las matemáticas de la Agencia Tributaria no entienden de ideologías. Y eso nunca cambiará.

Imágenes | Youtube (Venice Club)

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