Manuel, agricultor valenciano: "Un trabajador aquí cuesta 16 euros la hora y en Egipto sobran 5"

Manuel, agricultor español: "Un trabajador aquí cuesta 16 euros la hora y en Egipto 5"

El sector citrícola español asiste a un desequilibrio creciente entre las exigencias regulatorias y la competencia de otros mercados

Redacción El Blog Salmón

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Producir una tonelada de naranjas en el campo español se ha convertido en una carrera de obstáculos financieros donde los números sencillamente no cuadran. Según explicaba el agricultor valenciano Juan Manuel Martínez en una entrevista a Cultiva y Emprend, la brecha de costes laborales entre producir en suelo nacional y traer la fruta desde el norte de África es abismal. Martínez, que dejó con 33 años un trabajo urbano estable con 14 pagas para volcarse en la agricultura sin pedir un solo préstamo bancario, gestiona actualmente 60 hectáreas de cítricos y algarrobos. Y su diagnóstico no deja lugar a dudas.

Un abismo salarial de 16 euros. Contratar a un jornalero en una finca española le supone al productor un coste de entre 15 y 16 euros por hora —de los cuales el trabajador percibe limpios unos 11 euros tras impuestos y cotizaciones sociales—, mientras que en Egipto la jornada completa se paga a apenas 5 o 6 euros diarios. Hablamos de una diferencia relativa de más de 20 a 1. "'El problema es que un trabajador aquí cuesta 16 euros la hora y en Egipto cobran 5 euros al día' —zanjaba el productor valenciano—". Eso significa que lo que cobra un peón agrícola egipcio en todo un día de trabajo equivale a menos de veinte minutos de coste laboral en la huerta mediterránea. Para Martínez, competir en estas condiciones es del todo imposible. "'Lo único que les interesa es tener mano de obra barata allí', denunciaba el jornalero, antes de ir un paso más allá para definir la situación sin paños calientes: 'es mano de obra esclava'".

¿Por qué se complica tanto la venta? El problema no termina en la nómina de los recogedores. A las asimetrías salariales se suma una pinza de mercado donde los proveedores de abonos y energía fijan precios elevados, mientras la gran distribución impone la liquidación de la fruta. Martínez cargaba también contra la tibieza del consumidor y de la Administración: "'Nadie se escandaliza' con esto porque 'aquí somos todos una panda de egoístas que queremos cobrar cuatro pagas de 4.000 euros', pero luego acudimos al supermercado a buscar la etiqueta más barata". Y añadía con vehemencia: "'Los demás deberían cumplir con las mismas normas que nosotros, tanto laborales como medioambientales y de seguridad'". El motivo de que no se exija ese rasero común es claro para el agricultor: "'Hablamos de grandes corporaciones agroalimentarias y fondos de inversión que manipulan a los políticos de Europa' —desliza—".

Fitosanitarios prohibidos en el plato. A la brecha salarial se añade el impacto de las restricciones químicas. Mientras la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) retira materias activas a los agricultores comunitarios provocando mermas en sus cosechas, Martínez advierte de que la fruta importada llega con estándares muy distintos. "'Están entrando naranjas con productos que la EFSA califica como cancerígenos y los venden en los supermercados sin ningún problema', criticaba el productor". El resultado es que el campo español debe soportar unos costes de cumplimiento regulatorio infinitamente superiores mientras observa cómo productos tratados con compuestos vetados compiten en el mismo lineal. "'Ese es el mayor problema que tenemos en el campo: competir en desigualdad de condiciones', sentencia".

¿Y qué dicen las inspecciones oficiales en frontera? Los registros sanitarios confirman que la denuncia del sector no es infundada. Según recoge la Asociación Valenciana de Agricultores (AVA-ASAJA) a partir de las notificaciones del Sistema de Alerta Rápida para Alimentos y Piensos (RASFF), Egipto registró la friolera de 180 interceptaciones en 2024 y sumó otras 131 en 2025 por la presencia de sustancias no autorizadas o excesos de límites de residuos. En el acumulado de los últimos cinco años, el país norteafricano acumula ni más ni menos que 672 rechazos aduaneros en puertos europeos. Entre los compuestos detectados figuran el clorpirifos —un insecticida organofosforado prohibido en Europa desde 2020 por sus riesgos neurotóxicos— y el clorprofam, un herbicida retirado en 2019 cuyos niveles en cargamentos de naranjas llegaron a superar hasta 21 veces el límite legal permitido.

El premio de las inspecciones a la baja. Pese a este historial de alertas sanitarias reincidentes, las decisiones políticas en Bruselas han caminado en la dirección opuesta al sentido común.Conforme al Reglamento de Ejecución (UE) 2024/286 adoptado por la Comisión Europea, la frecuencia mínima de controles físicos y toma de muestras sobre los cargamentos de naranjas procedentes de Egipto se redujo del 20% al 10%. Las autoridades comunitarias argumentaron que las inspecciones mostraban una mejora en el cumplimiento, pero las organizaciones agrarias han denunciado que este alivio en las aduanas deja desprotegidos a los productores locales y consolida una ventaja competitiva ilegítima para la fruta importada.

La clave: el debate de las cláusulas espejo. La controversia de fondo gira en torno a un mecanismo que las organizaciones agrarias reclaman desde hace años para exigir que los productos importados cumplan requisitos equivalentes a los que se imponen a los agricultores europeos en materia laboral, medioambiental y fitosanitaria. Sus defensores consideran que esta medida ayudaría a reducir las diferencias competitivas con países terceros, mientras que la Comisión Europea sostiene que los controles sobre las importaciones deben ajustarse a las evaluaciones de riesgo y a los compromisos comerciales internacionales. En este contexto, el sector agrario insiste en que, sin unas reglas más homogéneas para los productos que llegan de fuera de la Unión Europea, la competencia seguirá produciéndose en condiciones que considera desiguales.

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