La UE aportará más de 413 millones para frutas y hortalizas en España, pero no es un salvavidas frente a Mercosur

Javier Ruiz

La Unión Europea destinará más de 400 millones de euros al sector hortofrutícola español en 2026. La cifra, relevante en sí misma, llega en un momento especialmente delicado para el campo europeo, donde los costes elevados y la presión regulatoria creciente chocan con la aplicación del acuerdo comercial con Mercosur.

En este contexto, la lectura inmediata puede ser clara: Bruselas refuerza el apoyo a uno de los sectores más expuestos. Sin embargo, debemos matizar qué hay realmente detrás de ese dinero: no se trata de una ayuda extraordinaria ni un escudo diseñado para proteger al sector de los efectos de Mercosur, sino un instrumento ya existente dentro de la Política Agraria Común (PAC). Y esto es relevante. Muy, muy relevante.

Mercosur entra en juego

España ha comunicado a Bruselas sus necesidades de financiación para los programas operativos de las organizaciones de productores de frutas y hortalizas (OPFH) en 2026. Es un mecanismo habitual dentro de la Política Agraria Común: cofinanciado, recurrente y orientado a modernizar el sector, no a protegerlo de shocks externos concretos.

En pocas palabras, esos 413 millones sirven para mejorar competitividad, organización, sostenibilidad o gestión de crisis, pero no están diseñados para compensar el cambio en las reglas del comercio internacional que se avecina.

Mientras se anuncia ese apoyo financiero, la UE avanza en paralelo en la aplicación del acuerdo con Mercosur. Según la propia Comisión Europea, el tratado empezará a aplicarse de forma provisional el 1 de mayo de 2026.

La lógica del acuerdo es clara: abrir mercados. El Ministerio de Economía resume el intercambio con la idea de que Mercosur eliminará aranceles sobre el 93 % de las exportaciones agroalimentarias europeas, mientras que la UE liberalizará el 82 % de las importaciones procedentes del bloque.

Sobre el papel, esto es un win-win: todos ganan. Más acceso para productos europeos como aceite de oliva, vino, porcino o frutas y hortalizas. Sin embargo, la realidad es más compleja, puesto que abrir mercados también implica abrir la puerta a más competencia.

Las reglas del juego

El verdadero conflicto es que el debate gira en torno a un problema que se ha invisibilizado parcialmente por las administraciones: el campo español se enfrenta más a una asimetría regulatoria que a un problema de falta de ayudas.

Es decir, los productores europeos operan bajo estándares ambientales, laborales y fitosanitarios muy exigentes. Desde límites en pesticidas hasta costes energéticos o requisitos burocráticos crecientes. Por el contrario, los competidores de Mercosur pueden producir en muchos casos con menores costes regulatorios.

El resultado es evidente: no compiten en igualdad de condiciones.

Las organizaciones agrarias llevan semanas señalando precisamente este punto. El malestar no se centra solo en los volúmenes de importación, sino en la falta de reciprocidad en las exigencias productivas.

En este contexto, los 413 millones pierden peso: el dinero puede ayudar a adaptarse, pero no corrige una diferencia estructural en costes y normas.

Ni Bruselas se fía

De hecho, la propia UE ha reconocido implícitamente ese riesgo. El Consejo aprobó el pasado 5 de marzo un reglamento específico para reforzar las salvaguardias agrícolas frente a Mercosur.

El objetivo es poder reaccionar más rápido si el aumento de importaciones provoca daños en sectores sensibles. No obstante, si hace falta diseñar mecanismos de emergencia antes de que el acuerdo entre en vigor, ¿no será que el problema sobrepasa con creces la teoría?

Así, las PAC no son ningún salvavidas frente a Mercosur. La UE enfrenta un desafío más allá de la competitividad, pidiendo a los agricultores que produzcan bajo unas reglas exigentes mientras abre el mercado a productos que no siempre cumplen esas mismas condiciones. Un problema que no se soluciona con financiación.

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