Álvaro, de 39 años, vive solo en un pueblo de Asturias: "Mi padre me contaba muchas anécdotas de cuando venía de pequeño en verano"

Álvaro, de 39 años, vive solo en un pueblo de Asturias: "Mi padre me contaba muchas anécdotas de cuando venía de pequeño en verano"

Volvió hace seis años por motivos laborales y se quedó para mantener viva la memoria de su familia y conservar un pueblo abandonado desde los 60

Redacción El Blog Salmón

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En una de las zonas más despobladas de Asturias, un hombre de 39 años se ha convertido en el último habitante del pueblo donde creció su abuela, decidido a impedir que siglos de historia rural acaben bajo la vegetación. Su padre restauró una casa con materiales de la comarca y falleció en 2018 sin ver convertido aquel empeño en un legado. Hace seis años, el destino trajo a Álvaro de vuelta. Su historia ha sido recogida por varios medios.

Según cuenta Álvaro, el pueblo llegó a albergar entre diez y doce familias y hoy no queda ningún otro residente permanente. No hay carretera: para llegar hay que dejar el vehículo arriba y bajar andando, como hacían él y su padre con mochilas, camping gas y víveres para pasar unos quince días. La vivienda familiar —una tabla conserva grabado 1794— es la única habitada. Su padre contrató trabajadores de la zona y utilizó materiales de la comarca para levantarla como réplica de la casa de sus antepasados. En su interior aún guarda un diploma de la Universidad de Oviedo de 1906, periódicos de la II República con la noticia de la muerte de Thomas Edison y un antiguo cofre de piel relacionado con América. Son objetos que permiten concentrar varias generaciones de historia familiar entre las paredes de una casa que el monte amenaza con recuperar.

La antigua escuela del pueblo nació, según cuenta Álvaro en el canal de YouTube @hilux_aventura, de una historia de amor: su bisabuelo se enamoró de una maestra y, para que no se marchara, construyó una escuela con piedra de la zona. "Aún hoy hay gente mayor que me dice que asistieron a clase aquí", explica. La casona grande —con corredor cubierto, cuadras bajo las habitaciones, horno de pan y un lagar con una gran prensa de vino— conserva un banco de carpintería, ganchos para colgar embutido y antiguos herrajes. Las últimas familias fueron abandonando el lugar durante la segunda mitad del siglo XX, dejando atrás unas construcciones que todavía permiten imaginar cómo era la vida allí.

Un legado que excede a una sola persona

Lo paradójico es que Álvaro no vive allí solo por nostalgia. Su propósito es mantener la pista de acceso, asegurar el agua y que quienes visiten el pueblo puedan disfrutarlo. Ahora bien, la tarea excede con creces lo que un hombre solo puede gestionar. Las fincas ya no se trabajan y el monte ha invadido lo que antiguamente eran huertas y prados. Los pueblos cercanos que siguen habitados mantienen sus tierras trabajadas, mientras que en las zonas abandonadas la vegetación avanza sin control. «Va a venir el fuego cualquier día», advierte Álvaro. Y el riesgo no es una preocupación exclusiva de este pueblo: Greenpeace señala que el abandono de la actividad agraria y la falta de gestión del territorio aumentan la vulnerabilidad ante los incendios de alta intensidad. A esto se suma el problema de la propiedad: según explica Álvaro, existen herederos de tres familias, algunos de ellos alejados del pueblo y sin tiempo ni medios para hacerse cargo de las construcciones.

La escala de un vaciamiento estructural

Un dato de BBVA lo pone negro sobre blanco: España cuenta con 8.132 municipios y casi nueve de cada diez de los que tienen menos de 1.000 habitantes han perdido población en la década analizada. Según el Banco de España, 3.403 municipios —el 42 % del total— se encontraban en riesgo de desaparición según los criterios utilizados en su informe. Asturias concentra además numerosos concejos afectados por el reto demográfico, especialmente en las zonas rurales y de montaña; el propio Principado de Asturias identifica concejos en riesgo de despoblamiento y otros en crisis demográfica.

Lo que se esfuma con cada pueblo vacío es un saber que no se conserva en ningún archivo: cómo trabajar aquella tierra, cómo construir con aquella piedra, cómo hacer vino en aquella prensa. La historia de Álvaro muestra precisamente esa pérdida a pequeña escala: casas, herramientas, objetos y formas de vida que permanecen en pie aunque ya no haya familias viviendo allí. También existen casos de personas que regresan al medio rural para recuperar pueblos o iniciar una nueva vida, un fenómeno que ha recogido El Confidencial. El reto, sin embargo, sigue siendo conseguir que estos lugares vuelvan a tener actividad y habitantes.

Álvaro lo tiene claro: "El futuro es el pueblo". La diferencia es que, para que ese futuro sea posible, alguien tiene que estar ahí, cortando el monte, limpiando la pista, manteniendo el agua y cuidando la memoria de lo que aquellos muros todavía conservan. Él ya ha empezado a hacerlo, aunque reconoce que mantener un pueblo prácticamente abandonado es una tarea demasiado grande para una sola persona. Su empeño consiste, al menos, en evitar que la historia de su familia y del lugar donde vivieron sus antepasados desaparezca definitivamente.

Imagen | @hilux_aventura

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