La letra pequeña para huir de la oficina antes de tiempo: 61 años y 33 de cotización

Pareja celebrando la jubilación

Es un lugar común en el imaginario colectivo de la clase trabajadora. Ese tierno instante en el que uno decide colgar las herramientas corporativas, cerrar el ordenador portátil y entregarse definitivamente a la dulce inactividad de la jubilación. Si es antes de los sesenta y cinco, mejor que mejor.

Redacción El Blog Salmón

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La Seguridad Social tiene sus propias reglas para quienes pretenden abandonar la carrera antes de hora, y el idilio de retirarse a los 61 años con una hoja de servicios de 33 años cotizados encierra una miríada de notas a pie de página, según explica un pormenorizado análisis de elEconomista.es. La primera condición, de tanto en cuanto olvidada por el optimismo general, es que el Estado no te permite marcharte sólo porque estés cansado de madrugar: tu salida tiene que haber sido un drama ajeno a tu voluntad. La ventanilla para la huida voluntaria anticipada seguirá medio cerrada con el fin de contener las costuras del gasto público.

El matiz. Para acceder a este retiro dorado en la provecta edad de los 61 años, la normativa actual exige que el trabajador sufra una extinción contractual por causas objetivas o un despido colectivo. Es decir, un billete de salida forzoso. La ley busca amparar al profesional que se topa con un mercado laboral hostil a las puertas de la vejez, no al que decide venirse arriba y mudarse a una casa rural en Cuenca. Además, el aspirante debe acreditar una estancia mínima de seis meses apuntado en las listas del paro como demandante de empleo antes de llamar a la puerta de la ventanilla pública.

Las cifras. Hablemos de matemáticas, que es donde la Seguridad Social suele ganar casi todos sus pulsos. El requisito mínimo de cotización se sitúa en los 33 años, de los cuales al menos dos deben haberse digerido dentro de los últimos 15 años anteriores a la solicitud (el servicio militar obligatorio computa aquí, pero tan sólo con un máximo de un año). No obstante, cumplir el expediente numérico no garantiza la indemnidad del bolsillo: adelantar el retiro hasta cuatro años respecto a la edad ordinaria, que obliga a que año tras año se modifique la edad legal estirándose en este ejercicio hasta los 66 años y diez meses para quienes no tengan carreras laborales larguísimas, acarrea un castigo permanente.

El castigo. La penalización no es una amonestación temporal de la que uno se recupere al soplar las velas de los 65; es un mordisco perpetuo que te acompaña durante toda la vida de la pensión. Los coeficientes reductores diseñados por la administración pueden recortar hasta un 30% de la prestación final si el historial del trabajador es modesto en años acumulados. Las nuevas penalizaciones se aplican con un rigor matemático de hierro para desincentivar la fuga del talento maduro, obligando a calcular al milímetro si compensa el retiro temprano o si conviene resistir un invierno más en el cubículo.

¿Cuál es la conclusión para el españolito de bien que sueña con el retiro inmediato? La respuesta es tan vieja como el propio sistema de previsión: conviene mirar con lupa el motivo del despido y repasar los apuntes de la vida laboral. Ejemplos de arrepentimiento tardío los hay a raudales.

Tonto o listo, pero siempre con la calculadora en la mano.

Imágenes | Magnific (freepik)

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