Durante décadas, la jubilación se entendió como un punto final: dejar de trabajar y empezar a vivir de la pensión. Es más, la propia etimología es clara: del latín iubilatio, que significa “griterío de alegría” o “júbilo”, un periodo de descanso o regocijo.
Sin embargo, esa frontera empieza a difuminarse en España y en otros países. Cada vez más personas que ya han alcanzado la edad legal de jubilación siguen activas en el mercado laboral mientras cobran, en parte (e incluso en la totalidad), su pensión.
Qué es la jubilación activa y por qué crece
Los datos lo confirman. En 2025, más de 76.000 personas compatibilizaban salario y pensión, un 9,4 % más que el año anterior, un crecimiento muy superior al del conjunto de las pensiones, que avanza a un ritmo cercano al 1,5 % anual.
Hoy, la tendencia es clara: trabajar después de jubilarse ya no es una rareza estadística, sino un fenómeno en expansión. La principal vía para compatibilizar empleo y pensión es la jubilación activa, una modalidad que permite seguir trabajando una vez alcanzada la edad legal de retiro y cobrar, simultáneamente, parte de la pensión. A ella se suma la jubilación flexible, menos extendida, pensada para quienes regresan al trabajo tras haberse jubilado, normalmente con jornadas parciales.
El auge reciente no se explica solo por un cambio de mentalidad. Desde abril de 2025, la normativa se ha flexibilizado de forma notable. Se han eliminado requisitos que limitaban el acceso, como la exigencia de haber cotizado lo suficiente para cobrar el 100 % de la base reguladora en el momento de jubilarse, y se han ampliado las combinaciones posibles entre trabajo y pensión.
Como resultado, más y más perfiles pueden acogerse a estas fórmulas, incluidos los trabajadores asalariados y autónomos aunque, como suele ser común, con reglas distintas a las de los trabajadores por cuenta ajena.
Cómo se calcula la pensión en la jubilación activa
Una de las dudas razonables es cómo se calcula la pensión en un supuesto de jubilación activa, ya que la pensión compatible depende del tiempo que se retrase el acceso efectivo a la jubilación.
En términos generales, el esquema funciona de forma progresiva: quien accede a la jubilación activa tras un año de demora cobra el 45 % de su pensión. El porcentaje aumenta con los años de actividad adicional hasta poder alcanzar el 100 % tras cinco años.
Este diseño busca incentivar que las personas prolonguen su vida laboral de forma gradual, combinando ingresos salariales y pensión, en lugar de abandonar el mercado de trabajo de manera abrupta.
En el caso de los autónomos, la regulación es más restrictiva. Para acceder a los porcentajes más altos de compatibilidad, deben cumplir condiciones adicionales, como al menos tener un trabajador asalariado indefinido, lo que introduce diferencias relevantes entre colectivos.
Más allá de los números
Hay que hablar, no obstante, de demografía, mercado laboral e ingresos, pues sin este trasfondo no se comprende el crecimiento de la jubilación híbrida.
La esperanza de vida ha aumentado de forma sostenida y una parte creciente de la población llega a la edad de jubilación con buena salud y capacidad para seguir trabajando. Al mismo tiempo, el sistema de pensiones soporta una presión cada vez mayor, en un contexto de envejecimiento acelerado.
Asimismo, hay un factor económico menos ventajoso sobre el que hablar: para muchos hogares, la pensión no garantiza por sí sola el nivel de ingresos suficiente. La necesidad de compatibilizar trabajo y pensión se convierte así en una estrategia para complementar rentas, especialmente entre autónomos y profesionales con trayectorias laborales irregulares.
En ese sentido, la jubilación activa funciona como una válvula de ajuste entre un mercado laboral que expulsa pronto a los trabajadores de más edad y un sistema de pensiones diseñado para carreras profesionales más estables y cortas.
Aquí aparece el debate de fondo. Si bien las cifras crecen con fuerza, las personas que compatibilizan salario y pensión siguen representando una minoría dentro del conjunto de jubilados. Además, las fórmulas híbridas alivian tensiones a corto plazo, pero no resuelven problemas estructurales como el bajo empleo sénior, el edadismo en las empresas o la falta de itinerarios laborales adaptados a trayectorias largas.
Algunos análisis subrayan que estas modalidades son útiles, pero insuficientes si no van acompañadas de cambios más profundos en el mercado de trabajo y en el propio diseño del sistema de pensiones.
En pocas palabras, la pregunta no es tanto si habrá más jubilados trabajando (pues el propio sistema parece estar obligando a ello), sino si España está preparada para integrar de verdad a los mayores en el empleo o si se limita a ofrecer soluciones parciales ante un problema que seguirá creciendo en los próximos años.
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