
Santi es albañil y acaba de hacer algo que a buena parte de su generación le suena a ciencia ficción: comprarse una casa. Eso sí, en un pueblo de Albacete de 285 habitantes y por menos de 40.000 euros
Santi, albaceteño, lleva trabajando desde los 16: ha sido soldador, tractorista y ahora albañil en La Roda. Con lo ahorrado ("tenía bastantes ahorros", cuenta en una entrevista a El Español de Castilla-La Mancha) pagó la mitad de la casa; el resto lo cubrió con un préstamo personal. La vivienda, en Fuensanta, estaba "barata" y a cinco minutos de su puesto de trabajo, aunque requería una puesta a punto profunda que él mismo documenta en redes (bajo el usuario @nosoysanti_1) a golpe de tabique, desbroce y muebles de segunda mano. "Con otros 15.000 euros puedes apañarla para vivir perfectamente", calcula.
Por qué un préstamo y no una hipoteca (y por qué en su caso tiene sentido)
Aquí conviene frenar, porque la frase que ha hecho viral a Santi es a la vez más lista y más peligrosa de lo que parece. La distancia entre las dos vías es enorme: una hipoteca se mueve hoy en tipos del 2-3% y plazos de hasta 40 años, mientras un préstamo personal ronda el 7-8% y rara vez estira más allá de 8 o 10 años, según las comparativas de portales como iAhorro. Es decir: el préstamo es más caro por cada euro y aprieta mucho más la cuota.
Tiene, eso sí, una contrapartida menos comentada: como no es un crédito hipotecario, el banco no se queda la casa como garantía. ¿Por qué le compensa entonces? Por una cuestión de tamaño. Los bancos no suelen conceder hipotecas por importes pequeños (el mínimo ronda los 50.000 euros, porque la notaría, el registro, la tasación y los impuestos se llevan cerca de un 10% de la operación). Para financiar los apenas 20.000 euros que le faltaban por una casa a precio de derribo, ninguna entidad le habría abierto una hipoteca.
Santi, con buen criterio, no vende su historia como receta universal: lo que sale a cuenta para 20.000 euros es ruinoso para 200.000. Y 200.000 se queda incluso corto: una vivienda media de 90 metros ronda ya los 251.500 euros (2.795 euros el metro, un 16,9% más que hace un año), según los datos de Tinsa que recoge Housfy, de modo que solo la entrada y los gastos superan los 70.000 euros: casi el doble de lo que a Santi le costó la casa entera. Financiar un piso así con un préstamo personal al 7-8% y a diez años dispararía la cuota a niveles impagables; no en vano, a partir de los 70.000 u 80.000 euros la hipoteca gana siempre la partida.
El propio reportaje enmarca el caso con un dato del Banco de España que asusta: el porcentaje de menores de 35 años con vivienda en propiedad se desplomó del 69,3% en 2011 al 36,7% en 2024. Pero la Encuesta Financiera de las Familias, según la lectura de CaixaBank Research, cuenta algo más matizado: ese 36,7% es, en realidad, un pequeño repunte. La tasa tocó fondo en 2022, en torno al 32%, y en 2024 subió casi cinco puntos, el primer rebote en más de una década. El momento coincide con la puesta en marcha de los avales ICO para menores de 36 años, que permiten financiar hasta el 100% de la compra sin tener ahorrada la entrada, y con compras baratas como la del propio Santi. Aun con el rebote, la propiedad juvenil sigue a años luz del 85% que exhiben los mayores de 64 años.
Su consejo ("conforme están los alquileres, lo mejor es irte a las zonas rurales y te compras tu casa") tiene su lógica y hasta respaldo institucional: varias comunidades reparten ayudas para comprar o rehabilitar vivienda en municipios pequeños. En La Rioja, sin ir más lejos, el Plan Revive cubre hasta 40.000 euros de la obra en pueblos de menos de 500 habitantes. La casa barata casi siempre viene con una reforma por delante, con un empleo que tiene que quedar cerca y con unos servicios que no siempre están.
Imagen: nosoysanti_1 reescalada.
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