Vicente, vendedor ambulante en Cantabria: "Cuando le estoy poniendo el producto en la bolsa al cliente, le digo que todavía entra un poco más. Eso es vender"

Vicente, vendedor ambulante en Cantabria: "Cuando le estoy poniendo el producto en la bolsa al cliente, le digo que todavía entra un poco más. Eso es vender"

Detrás de su mastodóntico puesto itinerante se esconde una estrategia de fidelización que ya envidiarían muchos gigantes del 'retail'

Redacción El Blog Salmón

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Seguro que a muchos de los que leen estas líneas les ha pasado alguna vez: entras a un supermercado masivo, pagas el gramo exacto de producto en una bandeja plastificada y nadie te mira a los ojos. Vicente Sánchez opera exactamente a la inverse con su imponente camión de frutos secos y repostería artesana. "Yo soy de vender, no soy de despachar", sentencia en una entrevista al canal de YouTube Pausa y Plato. Su estrategia comercial no se enseña en ninguna escuela de negocios sofisticada, pero funciona de fábula: cuando el recipiente parece lleno frente al comprador, añade un puñado extra por cortesía de la casa. "Cuando llenas el cubo, le dices a la persona: te entra un poco más, que no se ha llenado. Te echo más y echas más. Eso es vender", cuenta con una sonrisa pícara. 

Este ademán generoso le ha valido el cariñoso apodo de "manona" en varias plazas locales, un recordatorio de que la empatía física todavía araña márgenes de beneficio. La rutina diaria exige además batallar contra un enemigo invisible pero implacable en la cornisa cantábrica: una humedad ambiental que frecuentemente supera el 80% y que amenaza con arruinar la textura crujiente del género expuesto. Para evitar que el producto "se quede blando", Vicente recurre sistemáticamente a bolsas de polipropileno para la correcta conservación del fruto seco, aunque su mejor recomendación al comprador de a pie es de una honestidad desarmante: "Llevad lo que vayáis a consumir". Sabe perfectamente que el perfil del consumidor norteño es sumamente exigente con el volumen físico —"la gente no la quiere pequeña; siempre gordo, siempre", apunta sobre la cotizada nuez de calibre 36— y que la compra entra de lleno por los ojos. "Cuando a mí me vienen a comprar y me piden un higo, lo primero que hago es: toma un higo, pruébalo", añade convencido de que el paladar es el mejor argumento de cierre antes de sacar la balanza.

Las 'gildas' a precio de saldo

Pero si hay un elemento gastronómico que ha relanzado la popularidad del negocio, tanto en las carreteras de Cantabria y Asturias como en su canal de distribución online, son sus generosos pinchos artesanales. Mientras la actual burbuja del aperitivo urbano y el tardeo ha convertido a las famosas 'gildas' en un fetiche premium cobrado a más de 3,50 euros en los locales de moda madrileños o barceloneses, Vicente mantiene sus bandejas a un precio imbatible de 1,50 euros la unidad. Desde aceitunas a la parrilla hasta berenjenas de Almagro rellenas de pimiento, la oferta se extiende hasta una repostería colosal que incluye casadielles asturianas o sobaos pasiegos premiados. "Esto parece un neumático de un coche, la madre que lo parió", bromea al describir el tamaño de sus berlinas artesanales. Todo un paraíso calórico que se nutre cada madrugada gracias a un segundo camión de reposición fresca.

¿Tiene sentido este titánico despliegue analógico en pleno auge de las plataformas de comercio electrónico y el autoservicio robotizado? Piénselo por un momento. El sector minorista tradicional libra una batalla extenuante frente a las grandes superficies, perdiendo cuota de mercado de forma constante año tras año. Sin embargo, el microclima comercial que Vicente ha edificado demuestra que la hiperespecialización y el factor humano actúan como un escudo imprevisto: negocios itinerantes como el suyo no compiten por el precio de coste industrial de un algoritmo logístico, sino por el valor percibido del trato directo (ese puñado extra que una caja automática jamás podrá automatizar por pura cortesía).

El algoritmo de la 'manona'

No hay que olvidar que la calidad certificada juega un papel crucial en este equilibrio de supervivencia frente a los productos ultraprocesados. Los sobaos que se amontonan en su mostrador de catorce metros, por ejemplo, lucen un 26% de mantequilla en su masa, cumpliendo estrictamente con los exigentes baremos fijados por la Oficina Reguladora de la Indicación Geográfica Protegida (IGP) del Sobao Pasiego para garantizar la máxima excelencia organoléptica. Esta defensa a ultranza del producto de proximidad conecta de lleno con un consumidor español que empieza a mostrar síntomas claros de fatiga ante los lineales idénticos e impersonales de las cadenas de descuento. Ofrecer dátiles del rey Salomón tan carnosos que "no encuentras casi la pepita" o quesadas tradicionales elaboradas a mano no es una simple elección nostálgica: es una barrera competitiva infranqueable.

Vía | Cadena COPE

Imagen | Pausa y Plato (YouTube)

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