
Expertos como Charlie Munger recomiendan centrarse en lograr esa cifra: a partir de ella el interés compuesto se acelera
El principal reto al empezar a invertir no es lo que solemos creer. No es dar con los activos adecuados, ni aguantar las caídas sin vender a destiempo, ni batir al mercado. Buena parte de los inversores que han terminado construyendo un patrimonio sólido coinciden en que lo que verdaderamente marca la diferencia en los años iniciales es conseguir los primeros 100.000 euros en activos.
El que mejor lo expresó fue Charlie Munger, mano derecha de Warren Buffett en Berkshire Hathaway durante décadas y fallecido a finales de 2023, poco antes de cumplir los 100 años. Munger defendía que juntar esa primera cantidad partiendo de cero es la parte más complicada de hacerse rico y que, una vez superada, el camino se allana. Su formulación más célebre era tan cruda como directa: haz lo que haga falta para conseguir tus primeros 100.000, porque a partir de ahí podrás levantar el pie del acelerador. Lo decía en dólares y a finales de los noventa, pero el principio no ha cambiado, y vale igual para tus primeros 100.000 euros de hoy.
La clave no está tanto en la cifra como en lo que cambia al alcanzarla. Hasta ese punto, la inmensa mayoría del crecimiento de tu cartera depende de lo que aportas cada mes, o lo que es lo mismo, de tu capacidad para ahorrar. Es una fase lenta e ingrata y, por eso mismo, en la que más gente tira la toalla. Pero llega un momento en que lo que genera tu propio dinero invertido va adquiriendo más peso, y ahí el interés compuesto toma el relevo para hacer que el patrimonio crezca cada vez más por sí mismo y menos por el capital externo que aportas.
Munger lo describía como una bola de nieve: cuesta empujarla al principio pero, una vez que rueda, crece sola y cada vez más deprisa. Por eso tus primeros 100.000 euros son, a la vez, el tramo más difícil de toda tu vida como inversor y el más decisivo. Conviene empezar a recorrerlo cuanto antes.
Los mejores brókers para invertir en España
Para que el interés compuesto haga su trabajo, el primer paso es empezar a invertir con un bróker regulado, sencillo de utilizar y con comisiones bajas. Es importante no tomarse a la ligera esta elección porque será la plataforma a la que confiemos nuestras operaciones y la custodia de nuestros activos.
Por eso, al elegir uno merece la pena fijarse como mínimo en tres aspectos. El primero, la confianza: que esté regulado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) de España o por un supervisor europeo equivalente y cuente con sistemas de protección al inversor. El segundo, las comisiones: en una inversión a largo plazo, cada décima que se va en costes es rentabilidad que el compuesto no llegará a multiplicar. Y el tercero, la sencillez, sobre todo para quien está empezando: una plataforma clara, que permita programar aportaciones periódicas, ayuda a mantener la constancia, que es justo lo que exige ese primer tramo.
Estos son algunos de los brókers que mejor reúnen esas características.
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FREEDOM24 |
ETORO |
LIGHTYEAR |
DEGIRO |
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+1.000.000 |
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Activos |
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depósito mínimo |
Sin depósito mínimo |
$50 |
Sin depósito mínimo |
Sin depósito mínimo |
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COMISIONES |
Desde 0.02€ + 2€ para ETFs |
Sin comisiones |
Sin comisiones en ETF |
1€ en ETFs sección principal |
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solicitud |
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aviso de riesgo |
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El interés compuesto y el umbral de 100.000 euros
El interés compuesto es, en esencia, la rentabilidad que genera la rentabilidad acumulada. Cuando los beneficios de una inversión se reinvierten en lugar de retirarse, el capital sobre el que se calcula el crecimiento futuro es cada vez mayor, y eso hace que los rendimientos vayan aumentando progresivamente sin necesidad de aportar más dinero. Es el mecanismo que convierte una inversión modesta en una cantidad relevante con el paso del tiempo.
En el caso de la inversión en acciones o ETF, ese efecto procede de la revalorización del propio activo y, cuando los hay, de los dividendos reinvertidos. En un fondo indexado de acumulación, por ejemplo, los dividendos se reinvierten automáticamente en el propio fondo, lo que aumenta el valor de cada participación y amplía la base sobre la que se calcula el crecimiento futuro. El principio es el mismo que el del interés compuesto clásico, aunque la fuente del rendimiento es distinta.
El problema es que en las fases iniciales ese efecto apenas se nota. Con 10.000 euros invertidos a una rentabilidad anual de, por ejemplo, el 7%, el primer año se generan 700 euros. Si se están aportando 500 euros al mes, eso supone 6.000 euros nuevos en ese mismo periodo: el crecimiento por revalorización aporta poco más de una décima parte de lo que pone el inversor. La cartera crece casi en su totalidad gracias al esfuerzo propio, no al capital ya acumulado.
A medida que la cartera crece, esa proporción cambia, pero lentamente. Con 50.000 euros al mismo 7%, la revalorización anual asciende a 3.500 euros, todavía por debajo de los 6.000 que corresponden a esas aportaciones mensuales.
El punto de inflexión aparece en torno a los 100.000 euros. A partir de esa cifra, una rentabilidad del 7% genera 7.000 euros anuales, más que los 6.000 de las aportaciones. Por primera vez, el capital ya invertido produce más que el capital que se aporta de nuevo. Y a partir de ahí, cada año que pasa la distancia entre ambas cifras se amplía.
¿Qué ocurre a partir de 100.000 euros?
A partir de los 100.000 euros la dinámica cambia de forma apreciable, y los números lo ilustran bien. Con esa base, y tomando como referencia el ejemplo de la rentabilidad anterior del 7%, la cartera generaría 7.000 euros anuales en revalorización, ya más que los 6.000 que aportan esos 500 euros mensuales. Pero lo más relevante no es ese primer cruce, sino cómo se acelera el proceso a medida que el capital crece.
Con 150.000 euros, esa misma rentabilidad genera 10.500 euros anuales. Con 200.000, 14.000. Con 300.000, 21.000 euros al año: tres veces y media lo que aportan esos 500 euros mensuales. La forma más clara de verlo es en la proporción entre lo que trabaja el capital y lo que pone el inversor: con 500.000 euros al mismo 7%, los 35.000 euros anuales generados multiplican casi por seis las aportaciones mensuales. Las aportaciones periódicas han dejado de ser el motor principal del crecimiento.
Eso tiene un efecto directo sobre los plazos. Si llegar a 100.000 desde cero, aportando 500 euros al mes al 7%, llevó en torno a doce años, en pasar de 100.000 a 200.000 se tarda aproximadamente seis o siete. De 200.000 a 300.000, unos cuatro más. La progresión no es lineal: cada tramo se recorre más rápido que el anterior.
El patrón se mantiene con aportaciones distintas. Con 300 euros mensuales, llegar a 100.000 euros puede llevar en torno a dieciséis años, pero los siguientes cien mil llegan en aproximadamente ocho. Con 1.000 euros al mes, el primer hito se alcanza en torno a los siete años y el siguiente en unos cuatro o cinco. En todos los casos la lógica es la misma: el segundo tramo siempre es más corto que el primero, el tercero más corto que el segundo. Lo que varía es la velocidad, no la estructura.
Una fórmula, no un seguro
Todo lo expuesto en los apartados anteriores tiene que ser tomado por lo que es: un ejemplo teórico con números constantes que sirven para que la explicación sea más clara. Pero es preciso recordar que en renta variable esa constancia no existe, los beneficios no están en ningún caso garantizados y, de hecho, el capital está en riesgo y el inversor puede tener pérdidas.
El 7% es una referencia útil porque se aproxima al rendimiento histórico anualizado de índices amplios como el MSCI World o el S&P 500 en horizontes de varias décadas, pero es una media, no un suelo. Lo que en realidad ocurre año a año es mucho más irregular. Un ejercicio puede cerrar con un 18% de revalorización y el siguiente con un -15%. Otro puede quedarse en un 3%. La media a largo plazo puede seguir siendo razonable, pero el camino hasta llegar a ella no es en absoluto una línea recta.
Eso tiene consecuencias prácticas sobre todo lo calculado antes. Los plazos estimados para pasar de un hito al siguiente se alargan si los primeros años son flojos o negativos, y se acortan si son buenos. El punto de inflexión de los 100.000 euros sigue siendo válido como concepto, pero el momento exacto en que se cruza depende de lo que haga el mercado, no solo de la disciplina del inversor.
Lo más delicado es el escenario de pérdidas. Si la cartera cae un 20% en un año determinado, el capital sobre el que trabaja el compuesto los años siguientes es menor, y eso retrasa todo el proceso. No lo invalida, pero lo altera. Por eso la inversión en renta variable con esta mentalidad exige un horizonte temporal largo: a corto plazo las caídas pueden ser severas, y es el tiempo el que históricamente ha permitido recuperarlas y superarlas.
Nada de lo anterior invalida la lógica del umbral de los 100.000 euros ni el poder del interés compuesto. Pero sí conviene tenerlo presente antes de empezar: los ejemplos numéricos de este artículo son ilustraciones de cómo funciona el mecanismo, no proyecciones. La fórmula es sólida, pero los resultados concretos no están garantizados.
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