Las políticas de Estado funcionan para modificar la natalidad y si no que se lo digan a Ceaușescu

Hay quien dice que las políticas de natalidad de los Estados no funcionan. Y es que efectivamente es lo que puede parecer a simple vista: muchos países han aplicado ayudas a la natalidad pero esta sigue hundiéndose año tras año.

Sin embargo no es cierto que los Estados no puedan hacer nada. Las políticas de natalidad funcionan y vamos a poner algunos ejemplos (algunos radicales) de cómo los Estados sí que son capaces de cambiar el comportamiento de sus ciudadanos en un tema tan personal como la natalidad.

Ceaușescu y China, dos ejemplos a no seguir

En 1967 el dictador de Rumanía, Nicolae Ceaușescu, firmó el decreto 770 en el que se prohibía el aborto y los anticonceptivos. El motivo era que hasta la fecha la tasa de natalidad estaba cayendo en el país comunista de forma decidida, debido a la incorporación de la mujer al mundo laboral y la facilidad para realizar planificación familiar.

Además el decreto 770 no fue solamente papel mojado. Se prohibió la venta de anticonceptivos y todas las mujeres tenían que pasar controles ginecológicos mensuales. La policía secreta monitorizaba hospitales. Y las clases de educación sexual se centraron en explicar las ventajas de la maternidad.

Los efectos fueron inmediatos: la tasa de natalidad pasó de 1,9 antes del decreto a 3,7 después del mismo. La generación nacida en 1968 y 1969 fue la más grande de la historia del país. Eso sí, la medida fue una barbaridad que obligaba a las mujeres a tener familias contra su voluntad de una forma muy coercitiva y no creo que haya mucha gente que proponga algo así en los tiempos actuales. Es más, al final el sistema acabó saltando por los aires pues los rumanos encontraron fisuras al sistema y lograron esquivarlo y que la natalidad volviera a su senda descendente.

China también es un ejemplo terrible de lo que es capaz un Estado para controlar la natalidad, en este caso en el sentido contrario. En 1979 establecieron la política de un único hijo, en el que, en sus esfuerzos por contener el crecimiento de la población, restringían a la mayoría de las parejas a tener un único hijo.

En 1979 la tasa de natalidad se situaba en 2,8 nacimientos por mujer y en los años 90 había caído a 1,5. Una caída que ya se venía gestando pero que la política del hijo único aceleró. También tuvo consecuencias indeseadas, como la disparidad entre varones y hembras (la gente prefería tener varones y abortaba en caso contrario).

En este caso las políticas son barbáricas pues los Estados usaban coacción y castigos si no seguían sus indicaciones. Y desde luego esto no debe ser la estrategia a seguir por los Estados modernos y democráticos. Pero lo que sí nos indica es que los Estados tienen capacidad de mover la natalidad con sus políticas, quizá no de forma inmediata como estos dos ejemplos donde los dirigentes no tenían ningún escrúpulo.

Las políticas modernas también influyen

Cada vez hay más países que intentan estimular la natalidad y tienen motivos para hacerlo. El envejecimiento de la población genera problemas: menos desarrollo económico y una carga no sostenible para los programas asistenciales o las pensiones.

Alrededor de un 30% de los países que hay en el mundo tienen algún programa para fomentar la natalidad. Los críticos siguen diciendo que no se puede hacer nada y que ninguno de estos programas funciona. Pero aunque sean menos efectivos que los barbáricos ejemplos que hemos visto antes, también funcionan. Si están bien diseñados, claro.

Por poner dos ejemplos, Polonia y Hungría implementaron ayudas a la natalidad con diferentes resultados. Polonia logró aumentar la natalidad mejorando prestaciones al segundo hijo y Hungría en cambio no consiguió cambios apreciables mucho porque las ayudas eran para el tercer y siguientes.

También son interesantes los programas de ayuda a la natalidad de EEUU, pues existen proyecciones que explican que aunque no logran levantar la natalidad sin estos programas la caída habría sido aún mayor.

El problema principal es que las ayudas económicas no son suficiente para fomentar la natalidad, o son excesivamente caras. Hay que buscar otros enfoques para animar a la gente a tener hijos, como trataremos en futuros artículos sobre este tema tan importante pero al que no se dedica suficiente espacio en los debates de actualidad.

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