José María Mollinedo, técnico de Hacienda: "Con el fin de la verja en Gibraltar, el tabaco y alcohol va a ser una actividad lucrativa menos en beneficio de los empresarios"

José María Mollinedo, técnico de Hacienda: "Con el fin de la verja en Gibraltar, el tabaco y alcohol va a ser una actividad lucrativa menos en beneficio de los empresarios"

El acuerdo elimina la frontera física, acerca la fiscalidad de Gibraltar a la española y refuerza los controles para combatir el contrabando de tabaco, alcohol y carburantes

Redacción El Blog Salmón

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Han tenido que pasar más de cien años, un Brexit y cuatro años de negociaciones tortuosas para que algo tan obvio como derribar una verja se convierta en noticia histórica. Pero aquí estamos: la frontera física entre España y Gibraltar ha caído, y con ella se desploma uno de los paradójicos privilegios más irritantes del mapa europeo. Porque sí, el Peñón llevaba décadas funcionando como un supermercado duty-free a cielo abierto justo en nuestra frontera sur, y los perdedores no eran exactamente las multinacionales británicas.

El técnico de Hacienda José María Mollinedo ha sido demoledoramente claro sobre qué significa esto en la práctica (vía Cadena COPE): "Tras el adiós a la verja de Gibraltar, tabaco, alcohol, gasolina y gasóleo va a ser una actividad lucrativa menos en beneficio de los empresarios. Esto va a reducir el contrabando de tabaco bastante, también las mayores compras de alcohol". Traducción: se acaba la fiesta para quienes han vivido décadas vendiendo productos gravados con impuestos irrisorios a pocos metros de una España donde la presión fiscal no deja de subir. Mollinedo especifica que España realizará los controles aduaneros de las mercancías que entren en Gibraltar, mientras que los controles Schengen se concentrarán en el puerto y el aeropuerto, cerrando el grifo a ese flujo de mercancías que distorsionaba el mercado local desde hacía décadas.

Los detalles del acuerdo son reveladores. Gibraltar tiene tres años para completar la convergencia de su impuesto indirecto con el español, comenzando en el 15% desde la entrada en vigor del tratado y completando la convergencia en ese plazo. La primera aplicación, hasta el 15%, llegó el 15 de julio, cuando el acuerdo comenzó a aplicarse. Yolanda Gómez, subdirectora de ABC, lo ha calificado como el fin de una enorme competencia desleal para la comarca, aunque matiza con ese escepticismo que deberíamos hacer bandera nacional: "les dan tres años para ponerlo, veremos a ver cómo acaba esto". Porque si algo hemos aprendido en este país es que los plazos de la diplomacia suelen ser más elásticos que una liga vieja, y las buenas intenciones treaty-wise tienen la mala costumbre de chocar con realidades políticas mucho más peliagudas.

Lo más llamativo del pacto es lo que no cambia: ni Reino Unido ni España renuncian a sus reclamaciones de soberanía. Lo que sí se transforma es la realidad cotidiana de unos 15.000 trabajadores transfronterizos, en su mayoría andaluces, que finalmente verán reforzada la coordinación de sus derechos laborales, cotizaciones y prestaciones sociales. Se elimina el control terrestre —adiós colas interminables en La Línea— y España asumirá los controles Schengen en el puerto y aeropuerto de Gibraltar, donde gestionará la entrada al espacio Schengen. Es, en el fondo, una victoria del pragmatismo sobre el orgullo nacionalista, esos que tanto nos cuesta ejercer cuando de territorios disputados se trata.

Pero hablemos de lo que realmente importa: dinero. El contrabando de tabaco, las compras masivas de alcohol, las diferencias de precio en carburantes... todo eso se pretende reducir con la convergencia fiscal y las nuevas reglas aduaneras. Y eso que España ya tenía un elevado precio relativo de la gasolina sin necesidad de competir con ningún peñón vecino. Los comerciantes de la zona celebran lo que les queda de la vida; los consumidores, bueno, estos siempre podemos acudir a nuestra querida reflexión sobre si la fiscalidad española está rota para entender por qué pagar más nunca es suficiente.

Al final, la caída de la verja de Gibraltar es más que simbología política: es el reconocimiento tácito de que las fronteras físicas cada vez importan menos y las fiscales, cada vez más. Que el Brexit haya sido el catalizador final de esta normalización es una de esas ironías históricas que le encantan a los profesores de historia. Los gibraltareños votaron masivamente por quedarse en la UE; el Reino Unido votó por abandonar la Unión Europea; y al final, la solución ha pasado por construir un modelo aduanero y fronterizo que busca compatibilizar la libre circulación con los controles de Schengen. Bienvenidos a la nueva era de la prosperidad compartida, esa donde todos ganan algo pero nadie está del todo contento. Como siempre.

Imagen | Anatolii Maks (vía Pexels)

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