Una interrupción ¡cada 11 minutos!
11 minutos. Esa es la frecuencia con la que sufrimos interrupciones en nuestro trabajo, o al menos eso dice un estudio elaborado por la revista Time. De media, pasados 11 minutos desde que nos ponemos a una tarea, somos interrumpidos por un jefe, un compañero, una llamada de teléfono, un email… cosas que desvían nuestra atención de la tarea en la que estábamos.
Aparte del tiempo que dure la interrupción por sí misma, hay que tener en cuenta que tardamos todavía un poco más en volvernos a concentrar en lo que estábamos haciendo. El mismo estudio estima en 25 minutos el tiempo que se nos va con cada interrupción, lo que supone al cabo de la jornada laboral 2,1 horas (un 28% de una jornada de 9 a 5).
Así, para el conjunto de la economía estadounidense, se estima que estas interrupciones suponen (en términos de tiempos muertos y reducción de la productividad) la friolera de 588.000 millones de dólares. Además del puramente económico, esta forma de trabajar tiene un efecto sobre la salud de los trabajadores, ya que induce a un grado de estrés elevado o incluso a desórdenes psicológicos.
Vale, es un estudio. Podemos valorar las cifras y decir si son más o menos realistas. Pero… ¿quién no ha sufrido en sus carnes estas circunstancias?
¿Cuántos son incapaces de concentrarse en un tema durante media hora seguida, porque son interrumpidos con llamadas, mails, visitas…? ¿Cuántos prolongan su jornada laboral porque “por la noche es cuando más me concentro, ya no hay jefes, ni teléfonos…”?. Los cursos de gestión del tiempo siempre hacen énfasis en lo mismo: evitemos al máximo los ladrones de tiempo.
Y muchas veces, en vez de evitarlos, lo que hacemos es provocarlos: tener el correo abierto (además, con aviso sonoro y visual cuando llegue un nuevo email), tener el messenger abierto, el avisador de bloglines, el móvil personal conectado, etc, etc…
Serán 11 o serán 32, pero de lo que no cabe duda es que nuestra productividad está por los suelos y que, en muchos casos, estas interrupciones tienen la culpa.
Vía | Monreal
Más información | Management-Issues.com
Más información | Vida de un consultor
En El Blog Salmón | Cómo gestionar tu tiempo: líbrate del stress
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Me ha gustado mucho su artículo sobre las interrupciones. Es algo que llama mucho la atención. Nos hacemos trampas, aceptando interrupciones, luego para compensar nos dedicamos solamente a pequeñas tareas, así tenemos la sensación de hacer algo. Aumentamos estas creyendo que producimos más. Como el carnicero que inyecta agua en la carne para un beneficio extra. Un par de llamaditas aquí, algunos emails, concertamos una cita… pero nada sólido a largo plazo. “Hola Juan ¿Cómo estás?” Peligro, pregunta abierta que puede degenerar en repasar los marcadores de la última jornada de fútbol o en el quiste que le sacaron a su primo. Tu a lo tuyo: “¿Qué te trae por aquí?” Rápido y limpio. Quedas bien, tu interlocutor será preciso y seguirás con lo que estabas. Algunas interrupciones son innecesarias, producto de una mala organización, pero otras no. Si no tuviéramos interrupciones durante más de 1 día...quizás nuestro puesto esta de más. También estamos en nómina para apagar fuegos. Los grandes proyectos son los que miden nuestra productividad, así que si estamos concentrados en algo importante, mejor apagar el móvil y el email...
Yo creo que a quien le interrumpen es porque se deja. Mi hermana, por ejemplo, no me contesta nunca un correo y si es una llamada de teléfono raro es el día que no dice "ahora no puedo, tengo mucho que hacer", no sé si será la confianza y tratará así a todo el mundo. El caso es que creo que hay que tener mucha voluntad para no dejarnos interrumpir porque muchas veces lo estamos deseando.
El problema es más agudo cuando, además, uno analiza para qué ha sido interrumpido. Más de la mitad de las veces para/por chorradas.