
Las numerosas medidas adoptadas por los gobiernos y las organizaciones europeas para contener los riesgos de inestabilidad económica y financiera no han producido los resultados deseados. Por el contrario, la crisis de la deuda soberana y la fragilidad del sector bancario (curiosamente, demasiado grande para caer), ha socavado la confianza, lo que dificulta la inversión, paraliza la economía y aumenta aún más el ya elevado nivel de desempleo. La fatal combinación de austeridad y alto desempleo ha arrastrado a Europa a una recesión que era plenamente evitable.
A modo de consuelo podemos decir que esta vez que Europa no sufrirá sola. El contagio ha golpeado a Estados Unidos, a los países asiáticos y a los países emergentes. Estados Unidos comenzó a experimentar un ligero retroceso y China y Japón han entrado en contracción. La nación nipona experimentó el año pasado su mayor déficit comercial en 30 años, demostrando que el terremoto y la tragedia de Fukushima tuvo efectos negativos muchos mayores a los estimados.











