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Me hace gracia ver como enfoca la prensa la ola de corrupción que en los últimos meses parece atravesar el país de punta a punta. Y más gracia aún me hace comprobar como la mayor parte de la gente se sorprende y pone el grito en el cielo ante esta situación. Queramos aceptarlo o no, la corrupción es parte de la cultura política española. El arte de me arrimo, trinco y unto existe en este país desde los orígenes de la democracia.

El Bigotes, Camps, Julián Muñoz o Urdangarín son sólo los pringados de turno que no han sabido untar bien a su entorno y, en consecuencia, son pillados por su manifiesta torpeza. Ellos sólo son chivos expiatorios que la maquinaria propagandística política utiliza para generar una cortina de humo con la que aparentan depurar el sistema.

A mí estos corruptos, la verdad, no me quitan el sueño. Son corruptos de un nivel inferior que llegaron a donde llegaron por su exquisita verborrea y que se han aprovechado con astucia y poca vergüenza de la decadencia del régimen. Los que me dan verdadero miedo son los que nunca salen en las noticias porque juegan en una división superior, aquellos que son invisibles para el sistema.

La primera división de la corrupción

Ejemplos de corrupción de primer nivel existen a montones pero como he dicho son invisibles a los ojos de la ley. Imagínate a un político cuya campaña sea financiada por un par de bancos o cajas de ahorro. El tío gana las elecciones y llega al poder. Si por circunstancias económicas la crisis azota al sector financiero, ¿qué crees que pasará? El banco condonará deudas por un lado a cambio de gigantes inyecciones de dinero público con cargo al PIB por el otro. Un rescate encubierto que esconde un trapicheo que ha venido gestándose desde hace años.

Esta corrupción de alto standing es invisible para la justicia y ha movido decenas de miles de millones de euros los últimos años. Estamos hablando de crear leyes para poder dar lugar a situaciones de corrupción extrema. Esto es muy grave. Si encima te da por pensar que un presidente es un producto creado por lobbies y preconfigurado para llegar al cargo que ostenta, apaga y vámonos.

Imagínate ahora a otro político que comenta a un amigacho de toda la vida la recalificación de un terreno de rústico a urbano. El amigacho compra las tierras a precio de saldo y cinco años después construye una macro urbanización de chalets adosados a poco más de mil metros de la playa que posteriormente vende a 340.000 euros cada uno. Dos semanas después el político abre la puerta de su casa, se encuentra una bolsa Adidas con un fajo de billetes de quinientos y aquí nadie sabe nada.

Si un día abres el periódico y te enteras de que se está proyectando un macroproyecto de 18.000 viviendas en régimen de alquiler en un país donde en 2009 se construyeron 200.000 y que aún tiene un stock de 1.000.000 sin vender, no pienses en la insensatez del constructor o del político que lo ha permitido, sino en el negocio en B que allí hay montado. ¿Como si no se iba a generar trinque?

Del mismo modo, si un ayuntamiento tiene que conceder una obra pública de envergadura según unos criterios pactados con la oposición, y tras publicarse los criterios da la casualidad de que el primo de la mujer del alcalde los cumple al dedillo, ahí tampoco se puede demostrar nada.

Cada vez que hay una crisis (pasó también en el 93) el pastel se reduce y las porciones son más pequeñas. Cuando los comensales se ponen nerviosos porque no pillan cacho a uno se le va la lengua y al otro le aparece el teléfono pinchado. Luego nos lo venderán como una depuración del sistema y mucha gente dormirá tranquila sabiendo que la justicia funciona. Esto sí que es un circo y no el de la Fórmula 1.

¿Puede evitarse la corrupción?

La única forma de acabar con la corrupción de los gobiernos es haciendo que estos se normalicen y vuelvan a sus funciones normales, mucho más básicas. Mientras jueguen a inversor, empresario y buen samaritano la situación irá obligatoriamente a peor. La corrupción cuando el gobierno maneja enormes cantidades de dinero es automática por tres motivos:


  1. Los políticos no son inversores profesionales, y si algunos lo fueran seguro que no serían los mejores de la población. Financieros, expertos bursátiles, médicos, ingenieros o físicos tienen que demostrar su valía si quieren alcanzar puestos importantes en el sector privado. Los políticos, mientras tanto, sólo son oradores y líderes de masa.
  2. El dinero que manejan no es suyo. Por más que muchos por inercia se hayan habituado, esto es un estado de aberración moral. Y en este caldo de cultivo de moral difusa en el que “todo vale según con qué palabras lo plantees”, la corrupción es una reacción obvia que tarde o temprano aparecerá siempre.
  3. El beneficio o utilidad que obtengan con ese dinero no es para ellos. Ésta situación cambia mucho el panorama y la forma de usar el dinero, muy diferente de la eficacia, precisión y esfuerzo con que lo emplea el propio inversor o profesional en la búsqueda de un rendimiento que tiene que ser su retorno para sí mismo.

La trampa de la política actual es pensar que todo se arregla con más leyes, más normas coercitivas, más cárcel y más sanción, cuando lo único que conseguiremos así será tener la mayor proporción de población política corrupta de Europa. La política sólo funcionará bien cuando sea libre, justa y meritocrática, y todo lo demás es una utopía.

En El Blog Salmón | ¿Qué tipo de corrupción urbanística queremos? El índice de percepción de corrupción de Transparency Internacional 2011

Imagen | Flickr

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