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Referéndum, realidad económica y lobbies

Referéndum, realidad económica y lobbies
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Llevamos tiempo oyendo hablar de que las decisiones que toman nuestros políticos van en contra del sentimiento de la mayoría de la población. El programa electoral del PP no decía nada de los recortes que están realizando, y por tanto no son legítimos. La solución, dicen algunos, son los referéndum. Democracia directa sobre las medidas que más afectan a la población.

Personalmente, y sin pensarlo detenidamente, la idea de una democracia directa, de un sistema con referéndum me parece bastante atractiva. Las posibilidades que nos ofrece la tecnología de hoy en día son inmensas, aunque siempre me surgen dudas sobre la confidencialidad de los resultados y las auditorías (de hecho estoy bastante en contra del voto electrónico para el sistema que tenemos ahora mismo, creo que es más fácil comprobar la legitimidad de los resultados con un sistema de papeletas, y su coste es reducido siempre y cuando haya elecciones cada cuatro años).

Sin embargo, cuando se habla de la democracia directa muchas veces se obvia la realidad económica. Si hiciéramos referéndum continuamente seguramente tendríamos que la mayoría de la población no quiere oír hablar de ningún recorte en el gasto público, quiere un aeropuerto y una estación de AVE en la puerta de su casa, un sistema de protección social generoso y, por supuesto, quiere unos impuestos bajos.

Realidad económica y lobbies

Algunas de las opciones que tiene que tomar un político son incompatibles entre sí. Hay que elegir una cosa u otra, y el problema que le veo a la democracia directa es que nos llevaría por la vía del desastre económico. La alternativa sería una serie de referéndum donde técnicos despolitizados ofrecieran alternativas válidas, por ejemplo, más impuestos y más gasto público o menos impuestos y menos gasto público. Sin embargo todos sabemos que despolitizar la economía es imposible. Lo que parece técnico en el fondo no lo es tanto y nadie tiene una varita mágica. Elevar impuestos puede reducir la recaudación, por ejemplo. No es tan fácil.

También existe el problema de que si ya tenemos poca gente votando en unas elecciones, me imagino cual sería la situación de tener mini-referéndum cada semana: estaríamos gobernados por un 5%, y posiblemente con intereses particulares muy grandes (por ejemplo colectivos impidiendo que les corten privilegios, o exigiéndolos), en lugar por la representación de una base más grande y que a veces toma decisiones impopulares para unos pocos pero indiferentes para la mayoría a pesar de que a medio plazo son beneficiosas. Los lobbies, en lugar de tener que influenciar a políticos, podrían votar directamente.

La solución… ¿el sistema actual?

Al final todo se reduce a elegir una representación que presente unas ideas de gobierno y que logre capear con la realidad económica, sin plegarse a los deseos irracionales que nos entran si nos preguntan si queremos elevar el gasto público y no pagarlo. Y ese es el sistema que tenemos.

Pero también sabemos que el sistema no es perfecto, ni mucho menos. En el pasado hemos visto como muchos Gobiernos se han dedicado a elevar el gasto público para proyectos sin apenas retorno a la sociedad, y hacerlo a base de deuda (comprometiendo ingresos futuros). Y también que los partidos políticos prometen una cosa, pero luego una vez gobiernan y se dan de bruces con la realidad económica, hacen otra (aunque realmente ya sabían cuál era la realidad, sólo que no lo decían porque es más fácil ganar elecciones prometiendo unicornios que diciendo que no existen).

En definitiva, le veo varios problemas a la democracia directa: primero que la mayoría de la población podría tomar decisiones populistas con mayor facilidad, que chocan con la realidad económica; y segundo, que los grupos con intereses particulares minoritarios podrías influir mucho más de lo que hacen ahora para lograr sus objetivos. Sinceramente, no lo veo.

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Imagen | Donkey Hotey

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