Un fantasma recorre el mundo: la fiebre certificadora. A todo el mundo le ha dado por exigir certificados, por implantar obligaciones legales que exijan múltiples documentos para cualquier tipo de actividad. En este post no voy a profundizar sobre ello, pero que quede claro que dicha pandemia no es casual. Hay mucho de negocio (en el mal sentido de la palabra) detrás de esta tendencia. De negocio coaligado con intereses políticos, con lobbies, etc. Aún recuerdo lo del carnet de bloggero (¿es posible que la mema que lo sugirió siga cobrando de los Presupuestos Europeos). Sigo pensando lo mismo de entonces, que se certifiquen ellos. Para dar ejemplo.
La última es en referencia al certificado energético de viviendas obligatorio a partir del 2013. Otros 250 euros del ala como mínimo que van a salir de los bolsillos de los particulares vía decreto. Otro negociete para los amigotes vía BOE. Todo en aras del medioambiente, la protección al consumidor, y oh la la, la eficiencia. Pues digo lo mismo que hace tres años, que puestos a hablar de eficiencia que se certifiquen ellos para empezar. A continuación dejo algunas pistas, si les apetece hacerlo (que va ser que no).





