“La mejor manera de pensar en el futuro es crearlo”, Peter Drucker
A propósito de una entrada de Enrique Dans en su blog sobre como trata Jeff Bezos la innovación en Amazon, comentaba el uso que realizaban en su compañía de la cadena de valor invertida de Kalakota y Whinston que habla “de cómo las compañías desarrollan innovación y nuevos productos pero la filtran en función de aquello que saben hacer, de su conjunto de habilidades, en lugar de hacerlo con las necesidades de los clientes y dejar para el final el hecho de si tienen esas habilidades o precisan crearlas o subcontratarlas”.
Pues el dilema de la innovación al que se ven sometidas muchas empresas, principalmente las grandes empresas habla de eso, de hacer o no caso a lo que nos digan los clientes, a fijarnos sólo en las necesidades que ellos tengan. ¿Qué implica esto? Que por lo general cuando pensamos en innovación, lo hacemos de acuerdo a lo que pueden necesitar nuestros clientes, y a que si ellos no están interesados en lo que se les ofrezca, se pare en el desarrollo que se esté llevando a cabo. Esto en sí, es un contrasentido, porque si analizamos con detenimiento lo que implica la innovación, en la mayoría de los casos el cliente no sabrá si realmente le interesa el producto o servicio, porque éste es nuevo e innovador y no sabrá que utilidad darle sin una demanda a la que poder ofertar. Ahí es donde está ese dilema de la innovación del que hablamos, seguir con nuestra idea o hacer caso al freno que puede suponer la negativa de un cliente importante. Analicemos el problema.
