Antiguamente cuando un artista creaba algo (La Mona Lisa por ejemplo) se trataba de algo que salía de su cabeza. El resultado final estaba asegurado y se sabía claramente donde acababa y donde empezaba su obra. Obviamente luego podía venir algún cafre y pintarle un bigote encima, pero se trataba de una cuestión de vandalismo más que de otra cosa. Aunque hay quien considera que hacer eso es arte.
También la creación se podía generar en grupo, aunque es una idea más moderna. En el siglo XIX muchos autores tenían negros que hacían el trabajo duro de escribir una novela una vez se les habían dado las directrices principales. En el siglo XX con los grupos de música sucede algo parecido, es difícil saber si el mérito de Start Me Up viene de Mick Jagger o de Keith Richards, pero la creación queda encerrada en unas pocas personas. En los ochenta más o menos se sabía donde empieza y donde acaba Start Me Up.
Pero hoy en día la revolución digital ha cambiado. Si alguien decide modificar una canción no estropea la original, que sigue disponible. Esto no es nuevo, pero la tecnología ha añadido algo más. Con las comunicaciones actuales una canción puede tener difusión donde no la tenía antes y todos podemos editar fácilmente un archivo que esté en nuestro ordenador, cosa que en los años ochenta requería un equipo especializado y costoso.
