Las cadenas de cafeterías toman su negocio muy en serio y muy especialmente, toman su producto principal, el café, muy en serio. No necesariamente la calidad del café, en mi modesta opinión, pero, especialmente, la constancia de la calidad.
Es decir, que sus cafés mantengan una continuidad de oferta en todas sus tiendas.
Para eso tienen que asegurarse que los granos de café que compran son de una calidad consistente y que su preparación durante todo el proceso hasta llegar al cliente final también sea consistente, con el objetivo de que el cliente final reciba el mismo sabor en cada taza.
