Las lecciones laborales que mejor se aprenden suelen ser las primeras. Es algo así como lo que ocurre con la mente de los niños, que esta tierna y todo prende con rapidez. Al igual que ocurre con esos primeros días de escuela, con esos maestros de la EGB de mi infancia, hay momentos que, al menos mientras yo siga vivo, no se perderán como lagrimas en la lluvia (como me gusta usar esta frase, aunque quede cursi).
Yo tenía un compañero que no destacaba por su capacidad técnica. No lo compensaba tampoco con un gran espíritu de trabajo o una fuerte ambición. Ni por su meticulosidad. Y sin embargo, era un fijo en las quinielas de los responsables que iban a venían al son de los sucesivos cambios. Todos acababan, todos acabamos, cogiéndole gusto a trabajar con él. Y un día, hablando de ello con nuestro jefe, este me dio el mejor argumento de venta de mi compañero como profesional: es un tío que crea buen ambiente.

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