
Especular es una de las características esenciales del ser humano. A diferencia del resto de las especies, los humanos no vivimos sólo en el presente pues tenemos la capacidad para inventar el futuro que queremos. Es lo que hacemos cuando analizamos diversos hechos del pasado y los proyectamos hacia adelante en múltiples escenarios. En estas acciones, especulamos. Tal como ha especulado aquel que compró hace tres meses las entradas para el partido de esta tarde, esperando venderlas al doble o al triple de su precio pocas horas antes de su inicio.
También en Dubai muchos, como Brad Pitt, invirtieron en el departamento en el piso 40 de un edificio que aún no se construye, con la esperanza de venderlo al doble de su valor una vez que estuviera terminado. Especular es parte del sistema. Y no hay problema en la especulación cotidiana, en aquella en que cada cual corre su propio riesgo. El problema está cuando la especulación se convierte en forma de vida, cuando se institucionaliza a gran escala, cuando se apuesta con el dinero de otros como lo hacen las administradoras de los fondos de pensiones que mueven miles de millones de dólares.

Fueron los movimientos antiglobalización los que recogieron las propuestas dictadas por la Tasa Tobin, convirtiéndola en el símbolo de la lucha contra el libre comercio. Sin embargo, la paradoja radica en ese reconocimiento, que como comentó el propio James Tobin, “el aplauso más sonoro proviene del lado equivocado“. Poniéndonos en situación, recordemos que en 1972, durante un coloquio, este universitario keynesiano, poco después de que la administración Nixon sacará a los Estados Unidos del sistema de Bretton Woods, sugirió un nuevo sistema para la estabilidad internacional de las divisas, imponiendo una penalización a las mismas.