A finales del siglo pasado las compañías de telecomunicaciones vivieron un momento dulce impulsadas, fundamentalmente, por la aparición de dos nuevos elementos, aunque más que aparición fue comercialización masiva. Me refiero a Internet y la telefonía móvil. En diez años han cambiado por completo el mundo, y eso que parece que fue ayer cuando vimos las primeras vallas publicitarias con anuncios de ISP’s o aparecieron marcas como Airtel o Amena, ambas transformadas hoy en Vodafone y Orange.
Y esta transformación que comento no fue casual. Tras el boom, el crack: a partir del 2001 / 2002, el “dotcom meltdown” (el estallido de la burbuja tecnológica) y los retrasos en la aparición de las tecnología 3G y voz sobre IP, en la que operadores y fabricantes habían invertido salvajadas de millones, pasaron factura a un sector boyante, y de repende empezaron a cerrar pequeñas empresas, a aglutinarse las medianas en grupos multinacionales y a pasar por el INEM miles de trabajadores antaño codiciados y ahora sobrantes de un sector en el que ya no había negocio ni beneficio para mantener las infladas plantillas de las gallinas de los huevos de oro.

...”O no”, como dicen los creadores del concepto. La idea es brutalmente atractiva: juntemos a un grupo de personas durante un fin de semana en unas oficinas y creemos entre todos una aplicación web, o mejor dicho, una compañía de Internet: una puntocom. Utilizando las infaustas palabras de Mercedes Milá, se trata de un experimento sociológico, y como experimento ya hay unos primeros resultados: el primer fin de semana “start-up” tuvo lugar del 6 al 8 de Julio en Boulder, y ha sido en palabras de sus organizadores un fracaso, pero también un éxito.