
La situación desastrosa de las cuentas públicas alrededor del mundo ha convencido a muchos de la necesidad de ajustar las cuentas públicas para frenar los incrementos en la deuda pública y frenar su incremento. Muchos todavía no han llegado a este convencimiento y se supone que pensando que siempre habrá alguien en los mercados financieros (esos odiados mercados) que esté dispuesto a financiar las necesidades de los países necesitados. No obstante, no se debería, al mismo tiempo, criticar a estos mercados financieros y, encima, protestar cuando los costos son altos y cuando la financiación de la creciente deuda toma cada vez más tajada del presupuesto del Estado.
Yo he proclamado desde hace tiempo la necesidad de ajustar las cuentas para que sean sostenibles pero también he criticado a los que han decidido ir de un extremo al otro, empezando por los genios en la Comisión Europea (CE). Durante años no hemos oído ni pío de la CE cuando tenía obligación de valer por los requerimientos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea, que empezó a funcionar en 1997 y que fué una parte clave del acuerdo que llevó a la introducción del euro. Se rindieron a las exigencias de los países grandes que incumplían con el Pacto pero que no querían tomar las decisiones para situar sus cuentas en su sitio. Y que se sepa que estas críticas mías no vienen de ahora pero de hace ya años.








