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Washington, la esperanza en una cumbre

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En la película Wall Street, que Oliver Stone dirigió en 1987, el personaje que interpreta Hal Holbrook señala “la bolsa es un caos desde que Nixon eliminó la convertibilidad del dólar en oro”. La cita recogía el malestar que provocó en muchos ámbitos la decisión unilateral de Richard Nixon aquel domingo 15 de agosto de 1971, cuando borró de un plumazo el acuerdo de Bretton Wood creado en julio de 1944. Porque el problema actual empezó a incubarse hace 37 años y hace 20, como refleja el filme de Stone, era ya evidente. Sin embargo, dos años más tarde caía el muro de Berlín y luego vino el desplome del bloque soviético. Fukuyama habló del fin de la historia para señalar que había un solo pensamiento posible y que el mundo llegaba a la época del saber absoluto planteado por Hegel. Nunca más se oyó una queja de Wall Street, y las crisis que llegaron: asiática, mexicana, japonesa, argentina no alcanzaron a hacer mella en Europa y Estados Unidos pues sus fuerzas recesivas se volcaron hacia el interior de sus países de origen.

Los tiempos han cambiado y aquellos problemas que estaban ocultos terminaron cayendo por su propio peso. Como dijo Paul Samuelson en una entrevista publicada esta semana en El Economista: "Fuimos nosotros, fueron alumnos míos, los que desarrollaron teorías para la distribución del riesgo que resultaron fatales, porque nadie tuvo en cuenta la insaciabilidad del género humano”, describiendo la situación como equilibrar un bate de béisbol con el dedo de una mano: “pero si el bate se torna tan grande como el emblemático Empire State, tarde o temprano se vendrá al suelo”. Eso es lo que pasó con la economía tras 30 años de desmantelamiento progresivo de sus estructuras para reemplazarlas por la levedad de la autorregulación.

Gran parte de las leyes que se desmantelaron por completo, como la Ley Glass-Steagall (con Reagan, en los 80) que fue creada en 1933 por Roosevelt y que fijaba, entre otras cosas, la total separación de la actividad bancaria con la bursátil, dieron estabilidad y solidez al sistema durante décadas, pero no era suficiente para los espíritus más audaces. Por eso fueron demoliendo progresivamente sus bases. Tal como el año 2004 cuando la Securities Exchange Commisión, SEC, cedió a las presiones de los cinco grandes bancos para permitirles tomar niveles de inversión que tenían prohibidos, estirando hasta el fanatismo la idea de la "autorregulación de los mercados". Y consiguiendo plenamente crear una operatoria en las sombras. De hecho la Fed no entrega la cantidad de masa monetaria M3 desde marzo de 2006, mientras el Banco Central Europeo la entrega todos los meses. Esta es la razón por la que el FMI erró permanentemente en su cálculo inicial sobre los montos involucrados: a diciembre del año pasado estimó las pérdidas en 100 mil millones de dólares, en febrero las subió a 400 mil, en abril hablaba de 945 mil, en septiembre de 1,5 billón y hoy señala que es de 3 billones (un 3 seguido de 12 ceros). No podemos saber la cifra definitiva. Y quizá nunca se sepa. Lo cierto es que el despilfarro de unos pocos lo pagarán más de 6 mil millones de personas.

Esta magnitud de la burbuja es la que arrastra todas las semanas a las bolsas al rojo y que está significando también el desplome de las propiedades. En EEUU esta caída llega en algunas ciudades al 40% mientras que en España se espera una baja del 23%. Y aunque la línea más dura de la corriente neoliberal como Anna Schwartz o Gary Becker, señalaban que el plan de rescate (bailout) era inaceptable y que “había que dejar caer a los que hicieron fraude”, resultaba técnicamente imposible pues se paralizaba todo el sistema. Los montos involucrados por el descontrol se hicieron masivos y abarcaron a todo el planeta. No había alternativa.

Por eso mañana se realiza en Washington la Cumbre del G-20 y el Presidente Zapatero no quiere perder la oportunidad de abogar por el fin del pensamiento neoliberal que ha distorsionado la visión de la economía y del mundo, llevando a la humanidad por una senda sin futuro, al borde del precipicio. Numerosas propuestas han salido a la discusión en estos días para enfrentar la recesión que viene, con políticas de aplicación inmediata para limitar los daños en alcance, duración y profundidad. Japón ofreció el 10% de sus reservas para apoyar al FMI en sus planes de ayuda y lo mismo se espera que haga China y los países petroleros, quienes tampoco pueden permitirse un colapso duradero.

La coordinación entre los gobiernos, la transparencia financiera y la estabilidad macroeconómica global que permita un desarrollo sostenible son parte de los temas que pueden aliviar el efecto de crisis. Por eso este momento ofrece la oportunidad de revivir buenas ideas que han tenido mucha resistencia en su aplicación como la tasa Tobin que consiste en un impuesto de 0,5% a los capitales especulativos. Son los movimientos impredecibles y nerviosos de estos grandes capitales los que provocan el auge o caída de los países más pequeños, como acaba de ocurrir con Islandia, la primera gran víctima de esta crisis. Disuadir la volatilidad de ese capitalismo inestable y restaurar una regulación financiera sana puede ayudar al desarrollo de los países más pobres e inyectar algo de racionalidad auténtica en los mercados. La palabra la tienen mañana los gobiernos y en estos momentos nadie puede permitirse un nuevo fracaso como el que vivimos en la Cumbre de Doha, la cita de la FAO o la reunión de la ONU. La crisis está en marcha y cada minuto para contenerla o aliviarla es decisivo.

Más Información: VoxEU.org | Lo que el G-20 debe hacer para estabilizar el sistema financiero En El Blog Salmón | Algunas propuestas de la UE a la cumbre de Washington Imagen | Difusa

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