Neorroyalismo, la doctrina política de Donald Trump que recuerda más a Versalles que al siglo XX

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Javier J Navarro


El nuevo orden mundial que Donald Trump está marcando no recuerda al siglo XX post segunda guerra mundial, con su predominio de instituciones multilaterales y derecho internacional, sino a un sistema mucho más anterior de camarillas de poder. Esto no es algo que digo yo, sino que es el trabajo de Stacie E. Goddard y Abraham Newman profesores de las universidades Welleslley y Georgetown respectivamente.

 

Este trabajo explica que bajo un orden neo-royalista, el poder se estructura en torno a líderes con su círculo de confianza, donde las alianzas personales y favores discrecionales a menudo prevalecen sobre normas institucionales que empezaron a surgir tras la paz de Westfallia en 1648 y que se acabaron de materializar en el orden mundial de Naciones Unidas, la OMC, el Banco Mundial y el FMI surgido tras la Segunda Guerra Mundial.

 

La Paz de Westfalia (1648) puso fin a la Guerra de los Treinta Años y estableció los principios del sistema internacional moderno: soberanía estatal, equilibrio de poderes y respeto por fronteras reconocidas, creando un marco legal y normativo para las relaciones internacionales. Este modelo inspiró gran parte de la diplomacia del siglo XX: las decisiones de los estados se guiaban por reglas y tratados, no por favores personales ni gestos simbólicos.

 

 

El neo‑royalismo de la era Trump rompe este patrón. Mientras Westfalia representaba un orden de reglas impersonales, el enfoque de Trump en pleno siglo XXI refleja un orden de corte. La política exterior estadounidense bajo Donald Trump está adoptando rasgos que parecían confinados a las cortes absolutistas del Antiguo Régimen: sistemas informales de favores, símbolos de estatus y redes de elites privilegiadas que buscan acceso y reciprocidad, más que estructuras impersonales basadas en reglas del juego neutras. Esta lógica que estos académicos han empezado a denominar neo-royalismo, refleja una versión moderna de crecimiento de camarillas de poder, donde las relaciones personales y los intercambios simbólicos compiten con la diplomacia tradicional.

 

En Versalles el rey era el centro absoluto. Los nobles tenían que residir ahí y se agrupaban en camarillas intentando conseguir el favor del rey. La corte estaba llena de ceremonias y rituales que servían para mostrar lealtad, marcar jerarquía y distribuír prestigio. Se entregaban tierras y títulos para aumentar el prestigio. Además esa cercanía al rey permitía tener a los nobles bien vigilados, de cerca.

 

 

Regalos, inversiones e influencias

En noviembre de 2025, una delegación de altos ejecutivos suizos de varias de las principales firmas del país, incluidas marcas de lujo como Rolex, Richemont (dueña de IWC, Cartier y otras marcas) y otros, visitó la Casa Blanca para reunirse con Donald Trump. En ese encuentro, le entregaron al presidente un reloj de mesa Rolex de oro de edición limitada y un lingote de oro de un kilo, obsequios valorados en decenas de miles de francos suizos.

 

Pocos días después, el Gobierno de Estados Unidos anunció que reduciría los aranceles sobre productos suizos del 39% al 15%, en un acuerdo comercial que además incluye un compromiso de inversión de las empresas helvéticas por 200.000 millones de dólares en Estados Unidos en los próximos cinco años.

 

La coincidencia ha desatado críticas y una petición formal en el parlamento suizo para que se investigue si los regalos podrían constituir un soborno o influencia indebida ante decisiones ejecutivas de aranceles, elevando el debate más allá de la pura economía y hacia versiones modernas de favores cortesanos en política global. En EEUU se debate si ha sido o no un soborno y en la MSNBC lo han calificado de "compra de influencias".

 

En otro episodio simbólico de esta política de favores, el CEO de Apple, Tim Cook, se reunió con Trump en el Despacho Oval en un momento en que la administración evaluaba aranceles de hasta el 100% sobre semiconductores importados para privilegiar la producción estadounidense.

 

Antes de que la medida entrase en vigor, Cook anunció inversiones masivas de Apple, otros 100.000 millones de dólares adicionales para expandir la producción nacional, y en ese contexto, se entregó a Trump una placa de cristal con base de oro de 24 quilates como gesto simbólico. Poco después a los aranceles a los productos chinos se excepcionaron ordenadores portátiles y teléfonos móviles.

 

Aunque el valor de los regalos no siempre se traduce literalmente en decisiones políticas, la proximidad entre estos gestos y las decisiones arancelarias o de inversión crea un patrón que recuerda a las diplomacias de corte más que a economías de mercado impersonales y con reglas claras para todos.

 

La lógica del neo-royalismo también se percibe en temas energéticos. En enero de 2026, Trump convocó a ejecutivos de las mayores petroleras del mundo, Chevron, ExxonMobil, Shell, ENI y Repsol entre ellas, a una reunión en la Casa Blanca para debatir el futuro de la producción de crudo en Venezuela.

 

El presidente instó a estas compañías a invertir alrededor de 100.000 millones de dólares de capital privado para revitalizar la industria petrolera venezolana tras la intervención política, y líderes como el CEO de Repsol anunciaron su disposición a triplicar la producción de crudo en Venezuela en los próximos años y reforzar inversiones en Estados Unidos, recordando que invertiría 21.000 millones en EEUU. ¿Por qué? Porque si Repsol se niega hay más petroleras en el mundo deseando sentarse en la reunión de la Casa Blanca.

 

Además, representantes de Chevron, Shell, Repsol y ENI aseguraron que aumentarían de inmediato sus inversiones en el país caribeño, una demostración de cómo los compromisos empresariales, los encuentros en la Casa Blanca y los factores geopolíticos se entrelazan.

 

Estos movimientos no solo representan decisiones de mercado, sino alianzas corporativas con implicaciones políticas profundas, que van más allá de simples acuerdos comerciales para involucrarse en la reconstrucción de sectores enteros en países estratégicos.

 

También están las relaciones personales. No ha sido el presidente Trump quién ha presentado su plan para Gaza, sino su yerno Jared Kushner. 

 

Símbolos personales: el Nobel de la Paz de Machado como tributo

Un ejemplo paradigmático de lo simbólico en esta nueva era fue la entrega de la medalla del Premio Nobel de la Paz 2025 por parte de María Corina Machado a Donald Trump. Aunque el propio premio no puede legalmente transferirse, el gesto fue altamente publicitado y funcionó como un acto cortés que trasciende la diplomacia tradicional, en el que el reconocimiento personal se convierte en un mensaje político global. No ha gustado en Oslo y la fundación Noble explica que el premio es transferible, pero creo que a MCM le sale más a cuenta tener el favor del inquilino de 1600 Pennsylvania Avenue que el de Inkognitogata 18.

 

Este tipo de ritual, un líder reconociendo a otro con un símbolo de prestigio, tiene menos que ver con el respeto institucional del siglo XX y más con las redes personales de legitimidad en el escenario del neo-royalismo. Si los nobles ofrecían tierras en Versalles a cambio de favores, Trump acepta “un Nobel”.

 

Los años que quedan del mandato de Trump van a ser una política exterior en la que EEUU no se va a comportar como se ha comportado hasta ahora. Y después, veremos que sucede.

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