Pasar más de tres décadas revisando balances de empresas, persiguiendo el fraude fiscal y escudriñando los entresijos de la Agencia Tributaria te dota de un olfato especial para detectar el engaño. La mayoría de los funcionarios públicos, al colgar el traje y firmar la jubilación, optan por desconectar las pantallas, olvidarse del BOE y disfrutar del retiro lejos de las garras del fisco.
Sin embargo, cuando llevas los números en la sangre y sabes perfectamente dónde se suelen esconder las trampas contables, es casi imposible mirar hacia otro lado. Sobre todo si descubres que los mayores desajustes matemáticos no los están cometiendo los contribuyentes, sino la propia maquinaria del Estado.
Los números no mienten.
Eso es lo que descubrió Emilio Baena al cruzar los datos oficiales.
Un inspector jubilado contra la gran caja negra informática
Este veterano extrabajador de la Agencia Tributaria se ha convertido en el azote inesperado de los contables públicos tras desnudarse frente a un sistema de datos donde las cuentas no encajan de ninguna de las maneras, tal y como explican en El Español. Baena decidió dedicar su tiempo libre a cotejar las memorias anuales de recaudación de la Agencia Tributaria con los informes de ejecución presupuestaria que emite la Intervención General de la Administración del Estado (IGAE). Lo que comenzó como un ejercicio de entretenimiento profesional derivó rápidamente en un hallazgo alarmante. Existen miles de millones de euros en desfases crónicos entre lo que el Gobierno anuncia que ha recaudado y el dinero real que termina ingresado en las cuentas del Banco de España. Un agujero estadístico que baila de ventanilla en ventanilla sin que nadie asuma la culpa.
Los peligros de confiar el fisco a un algoritmo ciego
El núcleo de la denuncia de Baena apunta directamente a la deshumanización tecnológica de los procesos de control fiscal. En los últimos años, la Agencia Tributaria ha redoblado sus herramientas de control mediante el despliegue masivo de Big Data y algoritmos de inteligencia artificial diseñados para cazar cualquier discrepancia en las cuentas del ciudadano de a pie. El problema, según advierte el analista, es que la fe ciega en los macroprocesos informáticos ha sustituido por completo la intuición y la fiscalización del inspector de campo. El sistema valida de forma automática grandes agregados macroeconómicos que sobre el papel quedan muy vistosos, pero que arrastran distorsiones matemáticas brutales al no haber un ojo humano que verifique si esas empresas existen o si esos derechos de cobro son totalmente ficticios.
El espejismo contable de los derechos reconocidos
Para entender la dimensión del problema que plantea el exfuncionario, hay que adentrarse en la fontanería contable del Estado. El Gobierno de turno suele sacar pecho en el Congreso presentando presupuestos expansivos basados en los llamados "derechos reconocidos netos", es decir, dinero que Hacienda asume técnicamente que va a ingresar porque ha emitido la correspondiente liquidación fiscal. Sin embargo, Baena demuestra con los documentos oficiales en la mano que una parte colosal de esos miles de millones jamás se llega a cobrar porque corresponden a sociedades fantasma, deudores insolventes o quiebras técnicas. Registrar esos saldos como ingresos ciertos sirve para maquillar las estadísticas de Bruselas, pero alimenta el debate sobre si el Estado gasta por encima de sus posibilidades reales basándose en una riqueza que solo existe en las pantallas del ministerio.
La gran pregunta que surge tras las revelaciones de este jubilado de oro es si el Ministerio de Hacienda se dignará a revisar las tripas de su sistema informático o si preferirá ignorar el aviso del veterano inspector. Mientras la presión fiscal sigue aumentando sobre las rentas medias, saber que la contabilidad nacional baila por valor de miles de millones de euros no deja en buen lugar la infalibilidad de la que presume el fisco. En la práctica, las costuras del palacio de la recaudación han quedado al aire no por una filtración masiva, sino porque un jubilado con paciencia decidió hacer lo que mejor sabe: sumar y restar. Y con razón.
Imágenes | Magnific (freepik)
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