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Up in the Air: el desempleo como terapia

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Ryan Bingham, el protagonista de Up in the Air (George Clooney, en el filme de Jason Reitman), ostenta uno de esos trabajos que justamente la crisis ha terminado convirtiendo en vitales: se dedica a despedir gente. Bingham hace ese trabajo sucio que los dueños o gerentes de las empresas no se atreven. Este especialista en despidos, insta al personal a tomar conciencia del enorme peso que llevan en su mochila de la vida (entiéndase familia, trabajo, obligaciones), y como este peso los achata a la tierra y los priva de otros horizontes (una extrapolación algo excesiva de la idea de “salir de la sopa, para mirar el plato”). Después de dar el sermón, y de decir cara a cara al trabajador que “esta empresa no requerirá más de vuestros servicios, por tanto, desocupe su escritorio y entrégueme la llave”, los motiva para una nueva vida de “independientes y desesclavizados”.

Esta película tiene la particularidad de abordar un tema que es altamente complejo e incendiario con una mirada que escapa a lo cotidiano. Su humor ácido y corrosivo no oculta la crítica social subyacente, así como la necesidad de la empatía y el sentido de la otredad. Porque ha sido justamente la incapacidad para ponerse en el lugar del otro una de las detonantes de la actual crisis global, que involucra no sólo aspectos económicos sino también conflictos sociales y culturales. “Merecemos un trabajo y una casa, ¿verdad?. Eso es lo que nos prometieron”, dice uno de los personajes al recordar el “sueño americano”.

La concepción del trabajo, el logro, el desarrollo de habilidades, la conquista de metas, produce una obsesión en la cual se funde y confunde lo individual con lo corporativo. Las personas echan raíces en su lugar de trabajo, lo que les permite proyectarse hacia otros ámbitos como el núcleo familiar o el sentido de propiedad, generando un anclaje y un sentido de pertenencia a un espacio y un tiempo. Esa ha sido la clave de la civilización. Por eso el despido es tan traumático y marca un corte brutal con esa historia que cada individuo se ha forjado. El despido es una herida que toca el nervio más sensible de lo humano.

Pero Bingham es todo lo contrario: un ser desarraigado que no cree en los compromisos y al que ni siquiera le importa la propiedad privada. Vive “en el aire”, 320 días al año fuera de su apartamento vacío, en aviones y hoteles estableciendo una particular mirada sobre la sociedad. Intenta transmitir su filosofía de vida a cada persona a la que le anuncia el “retiro”: “¿a cuanto ha renunciado de sí mismo para ser un sujeto esclavizado e infeliz?”. Para muchos esa renuncia ha sido transferida a la comodidad del consumo (comida, calefacción, pantalla digital) o la familia. ¿Pero, es eso todo? Llega un momento en el cual Bingham le dice a uno de los personajes que el paro puede ser una segunda oportunidad en la vida: la de hacer aquello que siempre quiso pero que la dinámica del sistema se lo impidió: “mientras más lento nos movemos, más rápido nos morimos. Debemos ser tiburones!”, sermonea Bingham.

Sólo que cuando los tiburones comienzan a asediarlo, Bingham se da cuenta de la fragilidad total y anhela ser de aquellos que echan raíces. La película tiene ese corte amargo y ácido del falso exitismo, de la complacencia y la inercia que no crea futuro. Es una película fuertemente provocativa y audaz, que toca con acierto un tema que hoy sacude al mundo.

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