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Creo haberlo contado en alguna ocasión, pero sin duda este post merece que lo vuelva a hacer. Las grandes empresas, a la hora de tratar con los medios, pueden adoptar distintas estrategias. Si buscan influir descaradamente en ellos, si quieren que coman en su mano, la opción más vieja es la compra, pura y dura de dichos medios. El problema es que eso vale cuando uno es muy muy grande y cuando hay poco medios relevantes. Cuando no es así, cabe otra posibilidad, que ademas ahorra los disgustos inherentes a ser empresario de medios, tratar con plantillas casquivanas, etc. Ser el mejor cliente publicitario, el number one, el cojocliente, el cliente-la-biblia-en-pasta. Y así pueden tener la seguridad de que más de un redactor se lo pensará dos veces antes de dar vía libre a determinadas informaciones.
Evidentemente, los medios juegan también en este tablero, por mucho que nos vengan contando milongas de la prensa libre, la calidad, y el bla bla. Y más en estos momentos, donde se sienten perdidos, con las reglas de juego cambiados, incluso implorando ayuda de los poderes públicos (que si somos estratégicos y todo ese rollo proteccionista que no busca otra cosa más que forrar su riñón). Para aquellos incrédulos al respecto, historias como la recientemente protagonizada por la empresa brasileña Petrobras pueden ayudarles a abrir sus ojos.
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