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El Patrón de la Banca

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Si hablamos de Patrón de la Banca, es posible que algunos piensen en Emilio Botín. Después de todo creo que es de los pocos banqueros reales que existe en España, si consideramos banqueros a los dueños de los Bancos. Botín se juega su dinero (junto con el de sus accionistas) en la toma de decisiones y eso muy pocos en España y en el mundo lo pueden decir, y menos asumiendo funciones ejecutivas. Pero no, no me refiero a ese tipo de Patrón.

Otros pueden pensar en Miguel Martín, Presidente de la patronal bancaria española, la AEB. El Patrón de patrones. Pero no, tampoco estoy pensando en este tipo de figura. Mi referencia no es de este mundo.

Me refiero a la figura del Santo Protector de una profesión, de una actividad, de una zona geográfica. Y es que, aunque muchos lo desconozcan, hace dos días (perdón por el retraso, pero he estado liado), el 4 de noviembre, se celebra por la Banca a San Carlos Borromeo, su Patrón. Es habitual ver comidas de profesionales financieros ese día, rememorando una antigua tradición.

Ciertamente desconozco los motivos que llevaron a adjudicar a este canonizado como protector del sector crediticio. Era de familia rica, muy rica, pero renuncio a ella, y alguno de los episodios que se le suelen adjudicar me recuerdan a cierto desapego por el lujo en el vestir de D. Emilio Botín padre. Si alguno puede abundar en los motivos de la asociación San Carlos Borromeo-Banca se la agradecería. Mis últimas elucubraciones se encaminan a pensar que la etimología del nombre, Carlos, como hombre prudente, puede ser una pista.

El caso es que las celebraciones de este año deben haber sido más bien tristes, viendo lo que hay lo que viene. Por ello, y en aras de poner una gota de humor, aunque sea negro, me permito el lujo de reproducir un viejo chiste financiero, que en cada plaza adjudican al banquero de turno. Yo me lo sé con el Tío Gilito.

Todos los días D. Gilito entraba a su Banco por la puerta principal, en la que siempre estaba el mismo mendigo. Todos los días éste le saludaba con un: una limosnita, por el amor de Dios. D. Gilito pasaba de largo. Y así día tras dia, se repetía como un mantra: una limosnita, por el amor de Dios. Y todos los días D. Gilito lo obviaba. Hasta que un día la frase cambió: una limosnita, por el amor de Dios y la Virgen María. D. Gilito se sacó unos billetes del bolsillo y se los dio al sorprendido hombre, que no acababa de encontrar una explicación a su éxito. D. Gilito se lo aclaró: con dos avalistas si.

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