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Aunque durante décadas los controles de capital fueron rechazados por considerarse una política atentatoria contra la “libre movilidad de capitales” que exigía la desregulación financiera, esta vez el FMI da un pie atrás y se resigna a la imposición de estos controles, conocidos también como “tasa Tobin” dado que incluyen una pequeña tasa impositiva. Para el FMI, los controles a la entrada de capital exterior pueden ser una herramienta clave. Pero “deberían ser el último recurso para los países emergentes”, que primero deben buscar mecanismos para apreciar su moneda. En su informe publicado ayer, el FMI reconoce por primera vez en su historia, la necesidad de imponer barreras a la entrada de capitales como una herramienta clave de política macroeconómica, diseñada para evitar que el huracán sistémico de la especulación financiera y los flujos de capital, arrasen con las economías emergentes como lo hicieron con las pequeñas economías de Irlanda y Grecia.
En un momento en que los países emergentes asumen el motor del crecimiento mundial, es destacable la política del FMI que reconoce el peligro de los flujos especulativos y la libre movilidad de capitales. En el período de su ingreso, estos capitales producen la efervescencia que alienta las burbujas; pero cuando huyen despavoridos ante el menor atisbo de peligro, condenan a la ruina a ese país. Es lo que a buenas cuentas significó la bancarrota de países como Irlanda y Grecia, grandes receptores de capitales financieros en los períodos de vacas gordas, que recibieron el desprecio de los inversionistas al huir del país ante el primer asomo de que algo podía salir mal. Con ello, amplificaron los efectos de la crisis en lo que constituye la profecía autocumplida.
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