Los dirigentes de Davos ante los robots: una cara hacia adentro, otra cara hacia la galería

Los dirigentes de Davos ante los robots: una cara hacia adentro, otra cara hacia la galería
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Davos es un foro de dirigentes mundiales de primer nivel que ningún año está exento de polémica. A las tradicionales (pero no injustificadas del todo) teorías conspiranoicas, que les acusan de ser un punto de encuentro de los poderes fácticos del mundo, se suelen unir declaraciones de figuras muy relevantes. Estas palabras resultan realmente interesantes para saber por dónde se mueve (y se va a mover) el mundo, o al menos su escaparate (recuerden que el almacén de la tienda siempre está detrás).

La cita de este año ha sido especialmente interesante en este sentido, con una mayoría de dirigentes abordando temas de gran futuro, como son los tecnológicos y sus derivadas económicas. Pero hay otros temas fundamentales que han dejado mucho que desear, demostrando que nuestros líderes muchas veces venden una cosa en Main Street, y en realidad sus preocupaciones van por la calle de atrás.

Lo que Davos nos ha vislumbrado sobre el futuro más “techie”

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Como muestra del carácter siempre constructivo de estas líneas, empezaremos por lo positivo que el encuentro de este año nos ha traído. Ha sido muy significativo ver cómo en el discurso de una mayoría de líderes se ha hablado de profunda preocupación por la privacidad de los ciudadanos, la economía de los datos (sí, ésa que hace tiempo ya fuimos de los primeros en decirles que había que regular), y la hegemonía tecnológica de ciertos países por sus implicaciones para el resto de países del mundo, con especial preocupación por parte de los regímenes de (todavía) libertades.

Como pueden leer en este artículo de The New York Times, fue muy reseñable la intervención de la canciller Angela Merkel, que fue una oda en defensa de los valores europeos más intrínsecos, en detrimento de intereses y enfoques poco respetuosos con los datos y derechos digitales de los ciudadanos. Europa insiste en que los europeos y sus derechos son uno de los principales valores fundacionales de la Unión, y como tales Merkel los ha puesto en primera línea de fuego ante mandatarios de todo el mundo.

Muy reseñable en este sentido fue cómo EEUU, uno de los hegemónicos dominadores de la tecnología mundial (todo sea dicho, en cierta medida, merecidamente por su decidida y visionaria apuesta tecnológica), pasó no ya de puntillas, sino levitando sobre temas como la privacidad o la regulación de la economía de los datos. No es de extrañar, puesto que los datos de los ciudadanos ya están demasiado instrumentalizados en países como Estados Unidos. Además de que reportan ingentes beneficios a los colosos tecnológicos del país, todos sabemos cómo hay “otros” intereses también creados en recolectar y analizar con “inteligencia” los datos de millones de ciudadanos de todo el mundo, incluidos dirigentes y ejecutivos de primer nivel.

Otro sonoro silencio sobre estos temas, fue obviamente el protagonizado por la que puede ser considerada como segunda potencia mundial, tanto en tecnología como en explotación de la misma en pos de sus intereses. Archiconocidos son proyectos del gigante asiático como su hipervigilada e instrumentalizada Digital Silk Road, que pretende extender su particular visión de una internet vigilada, y que ya está causando estragos incluso en África, tras la ola de expansión de China en este continente. También son muy inquietantes los proyectos de seguimiento y monitorización masiva de ciudadanos en la propia China con tecnologías ciertamente disruptoras. Lean sobre el terrible nuevo sistema de crédito social en China, y sobre cómo también la policía china ya usa la tecnología Skynet de realidad aumentada y reconocimiento facial para hacer una vigilancia masiva e intensiva de su población. Lógicamente, los dirigentes chinos también callaron ante los que, como los europeos, recordaron que los ciudadanos tienen derechos y libertades también en la nueva economía.

Lo que escandalosamente nadie nombró en Davos

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Pero hay otro tema muy relevante que nadie (nadie) sacó a la palestra de Davos. La omisión resulta especialmente sangrante cuando muchos de los dirigentes allí presentes, cara al público en sus respectivos países, muestran honda preocupación por cómo la robotización masiva de las economías puede impactar a los mercados laborales. Ese debate en el que desde estas líneas hemos participado desde que lo vislumbramos en el horizonte, con propuestas que fuimos el primer medio en publicar como la de que los robots coticen para las pensiones, y que en países como España han llegado incluso al Pacto de Toledo, también está presente en la actualidad socioeconómica de múltiples países.

El tema es que es un problema para todos… bueno, para todos todos realmente no: ahí debe estar la clave. Lo que (casi) todo político dice que le preocupa en su propio país, y que tratan de mostrar como algo en lo que están trabajando con ahínco, luego va y resulta que, en uno de los foros mundiales por excelencia para tratar este tipo de retos planetarios, ni siquiera se nombra. Sí, señores y señoras, en Davos nadie de nivel ha hablado de qué vamos a hacer con el potencial impacto laboral de la robotización masiva de la economía, ni con la insostenibilidad de los sistemas de pensiones mundiales (entre los que se incluyen EEUU, Europa, Rusia, Japón, e incluso la propia China.

Una explicación lógica a tan sonora omisión podría ser que, de manera tan cortoplacista como muchas veces es nuestro entorno, los líderes y el poder económico no están en realidad demasiado preocupados por el tema. En el corto (cortísimo) plazo, posiblemente vean la robotización meramente como un instrumento para reducir costes, eliminar plantilla, aumentar la productividad, y básicamente seguir vendiendo (¿a quién?) mucho pero siendo menos fiscalizados.

Que los robots coticen es un evidente win-win (sí, también para los empresarios)

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Lo de tratar ser menos fiscalizados es obviamente una aspiración lógica en cualquier agente socioeconómico (censurablemente los primeros son algunos dirigentes y sus lazos con paraísos fiscales), pero lo que echamos de menos desde estas líneas es tener a veces también una visión un poco más de conjunto del sistema socioeconómico, y a plazos un poco más largos.

Ambas cosas no deben ser vistas como querer cargar con los costes del sistema sólo a los empresarios y al capital, sino realmente como conseguir un sistema sostenible para todos en el que hacer negocio siga siendo beneficioso para ellos (y para todos). De poco sirve acabar pagando muchos menos impuestos, si la socioeconomía se viene abajo y se deteriora el poder adquisitivo de los ciudadanos como podría ser el caso tras una robotización masiva. Uno de los grandes triunfos del capitalismo (a pesar de sus también grandes errores) ha sido añadir el calificativo capitalismo “popular”, de manera que acaba siendo uno de los mayores intereses para los propios empresarios que haya una clase media, amplia y acomodada que compre sus productos y les haga ganar dinero, dando además estabilidad a todo el conjunto.

Pues bien, esta visión que tan clara tuvieron muchos empresarios y capitalistas hace unas décadas, ahora está en horas (muy) bajas, lo cual son malas noticias literalmente para TODOS (incluso para los que se ven beneficiados a corto plazo). Les puedo asegurar que no es sostenible un mundo con sólo unos miles de archi-millonarios, que tengan que acabar viviendo todos en las Seychelles, porque sus respectivos países se hayan agitado tanto que se hayan vuelto inhabitables incluso para ellos. Simplemente hablen con los más potentados de países con alta inseguridad como México, y verán cómo en esas situaciones los ricos tampoco son (nada) felices: así no puede vivir nadie (y conozco mexicanos con mucho dinero que, por este motivo, recientemente han emigrado del país porque ya no aguantaban más).

Pero insisto, esta argumentación tampoco pretende hacer pagar por todos a unos pocos que han tenido la visión (o la fortuna) de prosperar en los negocios. Todo sistema debe respetar una cierta meritocracia para que emprender, innovar, y arriesgarse tenga su esencial componente de incentivo. Aunque todo este planteamiento debe hacerse en su justa medida: los sistemas más sostenibles y más netamente prósperos se basan en un delicado y justo equilibrio en este sentido. Como demostración de que nuestra propuesta encaja con este delicado equilibrio, en el enlace anterior sobre los robots y el Pacto de Toledo, un lector (de forma muy oportuna) ya me criticó que le parecía una medida netamente fiscalizadora para el empresariado. Y parte de razón podría tener, pero no del todo. Creo que es interesante en este punto reproducir ese debate con el lector Vilani, que ya abordé también cuando expuse la idea por primera vez.

La contraargumentación inicial de Vilani apuntaba a que el empresario va a pagar todavía más importes en impuestos. Pues bien, igual la presión fiscal aumenta como tal, pero también se incrementarán los beneficios empresariales. Para empezar, con la robotizacion masiva, la productividad se va a disparar, y eso ya son de por sí (muchos) más beneficios. Por otro lado, tampoco debemos olvidar que las cotizaciones de los robots son un claro win-win. El empresario pagaría cotizaciones por sus robots, y a cambio, por cada humano que sustituye, se ahorraría mucho dinero en sueldo (y puede que hasta en parte de sus cotizaciones), además de gastos fijos en oficinas, etc. Es un win-win de todas todas.

El cortoplacismo es una de las principales lacras del actual sistema, y se disemina por todos los agentes socioeconómicos (los políticos los primeros)

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A pesar de agradables sorpresas como la citada de que el tema de la robotización haya llegado por fin a la mesa del Pacto de Toledo, lo cierto es que la clave del asunto, como ya les decía, está en que abordar la cotización de los robots debe ser un tema global, porque de no ser así los paraisos robóticos supondrían una grave desventaja competitiva. Pero el reto ahora es igual de global que la primera vez que un país se propuso instaurar un sistema de cotizaciones sociales, y aquello efectivamente se acabó extendiendo por todo el globo. Lamentablemente, parece ser que esa clave se aleja inexorablemente de las agendas de los mandatarios mundiales (en esta ocasión), y cuánto más se aleje, más se aleja también una visión de futuro para el conjunto de la socioeconomía. Una vez más, se demuestra cómo hay políticos con poca visión de conjunto, porque de la visión de futuro mejor ya ni hablamos.

La terrible omisión de dos temas tan vitales y tan sistémicos como son la robotización de la economía y la bomba de relojería de las pensiones, tan sólo abre un terrible halo de insostenible incertidumbre para todos, y que quepa la posibilidad de que aquí haya un (muy miope) gato encerrado. Vamos, el problema no es ya que vayamos a juzgar que hayan tomado ésta o aquella decisión: es que ni siquiera han considerado importante plantearse ninguno de estos dos temas. Sólo se oyen desde aquí abajo sonoros ronquidos con notas de olor a laurel.

Y llama poderosamente la atención que, sin embargo, esos temas sí que estén en sus discursos más nacionales. Lo quieran o no, lo disfracen como lo disfracen, lo estén omitiendo deliberadamente o tan sólo sea fruto de una falta de visión, sea por lo que fuere, sigue (y va a seguir siendo) innegable que esos temas están en el horizonte para todos. Así que el que no quiera verlos en toda su potencial plenitud, mucho me temo que sufre de una patológica y miope cortedad de miras. Al futuro me remito (Delorian mediante).

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