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El notable abandono de los Bancos Centrales

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Los mercados financieros experimentaron el año 2008 su peor crisis desde la Gran Depresión de los años 30, con el quiebre de las mayores instituciones financieras y el desplome de las bolsas mundiales. Las pérdidas netas en valor producto de la burbuja especulativa desatada desde 1995 y a la que Alan Greenspan fue incapaz de contener, llegan al 40%.

El mundo recién comienza a recorrer este camino de incertidumbre y la abundancia de cifras negativas no prometen una tregua en el corto plazo. Más aún, la caída en la demanda agregada global amenaza con hacernos entrar en ese peligroso círculo vicioso de desempleo-más caída en la demanda-más desempleo. Y este es el problema que, por ahora, no encuentra solución.

La últimas grandes crisis como la asiática del período 1997-1998, fue profunda pero corta y los programas de salvataje que en ese momento comandó Robert Rubin permitieron una lenta recuperación. El estallido de la burbuja tecnológica en el período 2000-2001 tampoco provocó una depresión aguda sino una leve “recesión”. Éstas crisis, que hoy se ven pequeñas, fueron sólo advertencias de las fallas sistémicas del modelo económico propuesto por Friedman, pero no fueron consideradas.

Dejar la política económica en manos de los bancos centrales ha resultado un error. Más aún cuando su único interés ha sido el cuidado de la variable precios. Los bancos centrales deben preocuparse de esta variable para mantener la credibilidad global del sistema. Sin embargo, ¿qué ocurre con aquellos precios que, en las bolsas, experimentan gran volatilidad en semanas, días e incluso en horas? Es aquí donde la ausencia de políticas globales para la estabilidad de precios ha jugado un rol crucial. En este aspecto, no existen organismos internacionales que velen por la estabilidad real de los precios de los productos básicos.

Si la preocupación central de la política económica fuera la de mantener a la economía en una situación cercana al nivel de pleno empleo, se facilitaría uno de los postulados centrales de la teoría económica: la competencia perfecta, que sólo puede darse cuando hay una gran cantidad de oferentes y demandantes. Si el mercado, por sí solo, tendiera a esta situación, no existirían los enormes desequilibrios que tienen al mundo al borde del abismo. Y, no obstante, es el mismo mercado el que profundiza el desequilibrio con las concentraciones y fusiones de riqueza.

En los últimos meses, los Estados han debido intervenir con fuerza para rescatar a la banca y a las empresas al borde de la quiebra. Este “intervencionismo” no tiene absolutamente nada de keynesianismo. Y si se tratara de volver a Keynes habría que decir que para este economista lo esencial era el nivel de empleo, una tarea que fue sacada de la pauta de trabajo de los gobiernos y bancos centrales hace 30 años. Ambos hicieron mal su trabajo. Pero la falencia de los bancos centrales fue mayor. William McChesney Martin, presidente de la Fed entre 1951 y 1970 dijo una vez: “un buen banco central previene el exceso especulativo retirando las bebidas alcohólicas antes de que la fiesta se anime demasiado”. Esta vez no sólo no fueron sacadas, sino que se alentó el consumismo y la exuberancia irracional.

Imagen | futureatlas.com

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