El lujo ya no se limita a lo que se conduce, se viste o se lleva en la muñeca. Ahora también se habita.
En los últimos años, algunas de las marcas más exclusivas del mundo han decidido competir en un terreno inesperado: el skyline de las grandes ciudades.
Fabricantes de superdeportivos, casas de moda italianas y firmas relojeras suizas están levantando torres residenciales que llevan su nombre y su estética como bandera.
Todo empezó como una extensión natural del branding. Sin embargo, se ha convertido en un fenómeno inmobiliario casi global. Las llamadas residencias de marca están transformando el mercado de la vivienda de alto nivel, atrayendo a compradores ultrarricos dispuestos a pagar cifras millonarias por vivir dentro del universo simbólico de su firma favorita.
Del asfalto al horizonte urbano
Un ejemplo paradigmático es el de Bugatti, tradicionalmente asociada a automóviles de alto rendimiento y precios astronómicos.
La marca francesa compite ahora en una carrera distinta, no en circuitos, sino en el corazón de Dubái. Allí desarrolla una torre residencial de más de 40 plantas junto al promotor Binghatti Properties.
Los apartamentos parten de varios millones de dólares y algunos áticos alcanzan cifras que superan los 50 millones.
Entre sus particularidades destacan ascensores privados para vehículos, diseñados para que los propietarios puedan estacionar sus coches directamente en el interior de su vivienda. La propuesta no es solo inmobiliaria, sino experiencial: trasladar la identidad de la marca al espacio doméstico.
El fenómeno no es aislado. Porsche levantó su icónica torre de diseño en Miami, Aston Martin ha lanzado su propio complejo residencial en la misma ciudad y la firma relojera Jacob & Co impulsa un proyecto en Emiratos Árabes Unidos.
Casas de moda como Fendi y Missoni también han entrado en este mercado, expandiendo su influencia más allá de la pasarela.
Un mercado en plena expansión
El crecimiento de este segmento es notable. A comienzos de la pasada década existían menos de 200 proyectos de residencias de marca en el mundo. Hoy superan los 600 y las previsiones apuntan a que podrían rebasar el millar antes de que termine la década, según datos de consultoras inmobiliarias internacionales.
Estados Unidos concentra actualmente el mayor número de estos edificios, especialmente en ciudades como Miami y Nueva York.
Sin embargo, Oriente Medio experimenta el ritmo de expansión más acelerado, impulsado por el dinamismo de Dubái y Arabia Saudita. La llegada constante de grandes fortunas y un entorno fiscal favorable han convertido a la región en un imán para este tipo de desarrollos.
Dubái lidera el número de proyectos en construcción. La ciudad se ha consolidado como laboratorio del lujo inmobiliario, combinando rascacielos espectaculares, servicios exclusivos y precios que, en comparación con Londres o Nueva York, resultan más competitivos para determinados perfiles de compradores internacionales.
Más que ladrillo: el poder de la marca
Hasta hace poco, el mercado estaba dominado por cadenas hoteleras como Four Seasons o Ritz-Carlton.
Sin embargo, las marcas no hoteleras han ganado protagonismo. Para ellas, el sector inmobiliario representa una vía de diversificación con riesgo limitado, ya que la construcción suele recaer en promotores locales mientras la firma aporta su identidad, diseño y capacidad de atracción.
Las viviendas asociadas a una marca pueden alcanzar precios entre un 30% y un 40% superiores a los de propiedades de lujo sin ese respaldo.
La diferencia no reside únicamente en la calidad de los materiales, sino en la promesa simbólica. Vivir en un edificio vinculado a una firma de superdeportivos o alta costura implica pertenecer a un club exclusivo.
Los proyectos incorporan clubes privados, servicios personalizados, acceso a yates o acuerdos con compañías de aviación ejecutiva.
En algunos casos, se desarrollan conceptos temáticos centrados en el bienestar, la gastronomía o incluso la longevidad, integrando instalaciones avanzadas como centros de biohacking o espacios dedicados al surf en lagunas artificiales.
El estatus como motor de inversión
Para los compradores ultrarricos, la exclusividad es un activo en sí mismo. No se trata solo de adquirir metros cuadrados, sino de acceder a una experiencia diferenciada y a una narrativa de marca que refuerza su identidad. Cada unidad suele diseñarse como pieza única, lo que incrementa la sensación de singularidad.
Imágenes | Pixabay
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