Mongolia, un país sin una sola víctima por Coronavirus, tiene muchas lecciones que darnos

Mongolia, un país sin una sola víctima por Coronavirus, tiene muchas lecciones que darnos
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De nuevo con los fallecidos contándose por cientos al día, a pesar de que no vemos actualmente la mortal virulencia que el Coronavirus mostró en primavera, lo cierto es que en España poco parece que hayamos aprendido de todas aquellas de decenas de miles de vidas que fueron segadas antes de tiempo. O más bien, poco han aprendido nuestros dirigentes.

Ahora hay países que siguen brillando por los datos que arrojan sus cifras pandémicas, e incluso países que sorprenden por contar con una sanidad incluso deficiente, pero que sin embargo chocantemente no presentan apenas fallecidos por Coronavirus. Y entre estos países donde el COVID no parece haber querido hincar el diente (o más bien, la proteína) destaca por méritos propios Mongolia, que ya no es que no tenga muchos fallecidos víricos, sino que no tiene absolutamente ni uno solo (pero ni uno).

Ellos siguen sin querer ver qué es lo que hay que hacer para minimizar los efectos de la pandemia, y nosotros seguimos divulgando los datos más demostrativos

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Al igual que en su momento ya les analizamos cómo los datos demuestran que el factor de éxito fundamental frente a la pandemia no es ni la cobertura sanitaria, ni la asistencia primaria, ni el mayor índice de UCIs por cada 100.000 habitantes, ni tan siquiera el ratio de enfermeras o médicos por volumen de población. En aquel momento ya se vio meridianamente claro cómo países con sistemas sanitarios algo menos desarrollados que el español como el luso, o incluso devastados por la crisis como el griego, habían capeado la pandemia infinitamente mejor que en España. Efectivamente, el factor más crucial y con mayor influencia en la pandemia es la propia gestión de la pandemia. Una gestión que, si es deficiente, luego redunda en mayor contagio, mayor mortalidad, un confinamiento más severo, y finalmente mayor devastación económica.

Y que conste que en términos de crisis e impacto económico muy probablemente no hemos visto ni mucho menos lo peor, y 2021 se presenta como un año que amenaza con ser totalmente devastador. Ello además redundará en que la devastación económica y el desempleo también puedan acabar siendo otra causa muy importante de una mortalidad adicional que, aunque no sea estrictamente consecuencia de la infección vírica en sí misma, sí que lo sería de la consiguiente infección económica. Así, los países que peor gestión han tenido, que mayor mortalidad arrojan, que confinamientos más severos aplican, que más han devastado su economía, y que mayor desempleo y peor decrecimiento económico padecen, efectivamente se ven abocados a formar parte del nuevo furgón de cola en ese nuevo mundo que está trayendo el Coronavirus, y que va a estar inevitablemente dividido entre nuevos ricos y nuevos pobres en base a cómo se ha gestionado la pandemia en cada país.

Y aunque formalmente no está demostrado con todo el rigor que la ciencia occidental siempre se exige, lo cierto es que hay una hipótesis que explicaría el porqué de que, en esta segunda (o tal vez tercera) ola, España no presente una mortalidad tan alta como en la primera, y que se nos esté dando comparativamente mejor en relación a nuestros vecinos europeos tras las abismales diferencias de marzo, abril y mayo. Esta hipótesis aún sin confirmar puede ser que efectivamente unos niveles altos de vitamina D minimicen la gravedad de la afección del Coronavirus. En primavera era tan sólo una simple estadística (de la que no quisimos hacernos eco demasiado pronto) la que mostraba que los pacientes con la vitamina D alta difícilmente acababan falleciendo, e incluso apenas entraban en la UCI.

En verano ya se hizo un primer estudio hospitalario serio, aunque con una muestra relativamente pequeña, que ya apuntaba empíricamente a la relación entre la vitamina D y la no severidad de la enfermedad. Sus evidencias fueron además posteriormente confirmadas por otro estudio parejo que arrojó las mismas conclusiones, y que además también explicarían el porqué de que los hombres mueran más que las mujeres por COVID-19, pues habitualmente tienen niveles más bajos de esta vitamina. Y sin pretender para nada concluir desde estas líneas algo que excede nuestras competencias y nuestras capacidades, lo cierto es que sí se puede recalcar que precisamente a la vuelta del sol de verano es cuando los ciudadanos tenemos de forma natural la vitamina D bastante alta. Ello sería una posible explicación al misterioso porqué de que ahora tengamos menos de la mitad de fallecidos al día que en lo peor de la primera ola, algo que obviamente tendrá que ser refrendado con mayor rigor por más estudios serios y con mayor base experimental. Porque tal vez los datos de primavera y de ahora no sean comparables, más que nada porque entonces no disponíamos de los mismos medios ni protocolos de detección del número de infectados que tenemos hoy, pero lo cierto es que en este caso “la prueba del algodón que no engaña” son las cifras de fallecidos, y éstas son (por) ahora sensible y demostrativamente muy inferiores en España y en otros países.

La conclusión más triste a un dato evidentemente positivo es que podríamos estar experimentando ahora una menor mortalidad por este hecho vitamínico, y no porque nuestros dirigentes hayan aprendido todo lo que debieran del pasado ni de cómo gestionar mejor la pandemia. Así que, por si acaso el (relativo) receso otoñal que nos ha dado el Coronavirus es debido al radiante sol y no tiene nada que ver con que nuestros dirigentes hayan aprendido la lección, desde estas líneas volveremos a insistir en divulgar lo mejor que sabemos sobre los casos de verdadero éxito en la gestión de la pandemia, a ver si entre unos y otros conseguimos que tomen buena nota los que deben tomarla (y además lo apliquen, si no es pedir demasiado). Así que los países con unos dirigentes socioeconómicos que no están dando la talla nos vemos abocados a tener que aprender de países como Mongolia, que tal vez no sea un país desarrollado ni tenga un sistema precisamente con calidad democrática (es un régimen marxista-leninista), pero que está claro que nos da mil vueltas en cuanto al Coronavirus y a su gestión se refiere. Y no lo decimos exclusivamente por lo lacerante de esa muy deficiente gestión de la pandemia a nivel nacional que se hizo en España en primavera (que ahora se ha tornado en no-gestión), sino que también ha habido puntos muy censurables en la gestión de la pandemia que les cayó encima súbitamente a las autonomías, en lo que apuntaba por todos lados a ser una mera implementación práctica de un oportunista “pliego de descargo”.

Y ahora analicemos el caso de Mongolia, otro país que, sin tener un sistema sanitario precisamente avanzado, puede sacar pecho (de verdad) de la gestión de la pandemia

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Las conclusiones de hoy no deberían tampoco suponer ninguna sorpresa. Y contradicen una vez más a esos sectores que siguen insistiendo a lo largo de los meses en que el principal problema de la pandemia en España ha sido derivado de los recortes en Sanidad. Por cierto, unos recortes que parecen olvidar que además sobrevinieron como fatídica consecuencia tras aquella crisis inmobiliaria de 2008 cuya mera existencia Zapatero negó por activa y pasiva, cayendo en la más dañina inacción y perdiendo un tiempo y luego un dinero preciosos. Porque, posteriormente al pinchazo, el “ocurrente” expresidente nos “regaló” una de esas clásicas huidas hacia adelante que no traen casi nunca nada bueno, y lo hizo preso de la improvisación más ineficaz con aquel Plan E, que sólo supuso tirar por la ventana a paladas un dinero que necesitábamos como el beber para reactivar (de verdad) la economía. De aquellos polvos, los lodos de los recortes posteriores para enderezar la maltrecha economía, que entró en la UCI con aquel obviado estallido de la fatídica burbuja inmobiliaria. Pero aún así, aunque aquellos recortes en sanidad hayan podido llegar a tener obviamente algo de influencia, ni mucho menos han demostrado ser la causa mayor de las montañas de muertos apilados en aquellas pistas de hielo, que hicieron las veces de tanatorios improvisados en lo peor de la pasada primera ola.

A la vista pues están las opuestas y envidiables cifras pandémicas de Mongolia, donde en los meses que llevamos de lacra vírica sólo han tenido algo más de 600 casos de infección hasta la fecha de hoy, y absolutamente ningún fallecido (sí, leen bien: absolutamente ninguno). Lo que procede por lo tanto por parte de los que tratamos de aprender tanto de los errores y de los logros tanto propios como ajenos (lo cual incluye a la inmensa mayoría de nuestros apreciados lectores que hacen lo mismo), es recapitular y analizar el caso y los factores de éxito del caso mongol. Como ya explicaba el MIT Technology Review en este artículo, hay algunos factores dignos de análisis y muy reveladores. La siempre interesante publicación se hacía eco de las declaraciones de un reputado epidemiólogo del Centro Nacional de Salud Pública de Ulan Bator, que explica la exitosa estrategia nacional de Mongolia, ya que ha sido todo un éxito mundial, incluso a pesar de compartir miles de kilómetros de frontera física con la que fue el foco primigenio de la pandemia: esa China en torno a la cual la pandemia sigue abriendo muchos más intrigantes interrogantes que encontrando transparentes respuestas.

De nuevo la capacidad de anticipación y la prevención mas prematura fueron las claves del éxito también en el caso mongol. A pesar del hermetismo y del secretismo informativo con el que China envolvió todo el asunto de la pandemia desde sus inicios, en cuanto en Mongolia presupusieron lo que podía estar sucediendo en la vecina China, se pusieron raudos y veloces manos a la obra. Así, tan pronto como el 10 de Enero ya lanzaron su primera alerta pública sanitaria, además de empezar a obligar ya a sus ciudadanos a llevar mascarilla. Sí, esas mascarillas que aquí cuatro meses más tarde todavía nos seguían diciendo que no era necesarias e incluso que eran contraproducentes (¿¿¿???), y que aún ahora los negacionistas insuflados de propaganda siguen rechazando tajantemente. Esos sectores defienden visceralmente que las mascarillas producen todo tipo de perjuicios para la salud, y lo hacen sin aportar sonrrojantemente ninguna demostración ni evidencia científica que se precie, además de argumentar que las maquiavélicas mascarillas producen “horribilísimas” molestias insoportables (¿¿¿???). Parece que nuestro mundo de hoy en día o bien se ha poblado de repente de “blanditos”, o bien que hay muchos que no son capaces de hacer ni el más mínimo sacrificio en pos del bien común y de salvar decenas de miles de vidas ajenas.

Al igual que pasara con los griegos, ante la perspectiva que se cernía sobre ellos con la pandemia, los dirigentes mongoles estaban literalmente aterrados, porque eran sabedores de que contaban con un sistema sanitario bastante precario, y que la pandemia podía destrozarles socioeconómicamente. Y además les provocaba insomnio la gran permeabilidad de Mongolia frente al contagio de un virus por entonces localizado en China, no sólo con esa interminable frontera física de 4.600 kilómetros, sino también con unos flujos migratorios y de trabajadores muy intensos entre ambos países. Vamos, que lo tenían todo para convertirse en otro gran clúster mundial en la reproducción del Coronavirus, inmediatamente tras la primigenia China. Pero el buen hacer y la capacidad de visión de sus responsables epidemiológicos hicieron que no sólo no llegasen a ese extremo de funesto liderazgo, sino que fuese todo lo contrario.

No obstante, hay que reconocer que en favor de Mongolia jugaba tener una densidad de población muy baja, con tan sólo 3,2 millones de habitantes desperdigados por una gran extensión geográfica. Pero no es menos cierto que por ello la incidencia del virus sólo debería haberse mantenido inexistente en las áreas remotas, y sin embargo haber provocado estragos en su capital: una ciudad al uso con su densidad poblacional y con grandes edificios con cientos de habitantes concentrados. No fue así, y la reveladora excepción mongola se ha probado cierta tanto en las áreas rurales como en las urbanas. Además, a pesar de ese factor dispersión que restaría capacidad de contagio al virus, lo cierto es que otros factores mongoles habrían contrarrestado ese hecho, como es la climatología del país o que buena parte de sus ciudadanos siguen siendo nómadas, lo cual debería haber favorecido el contagio del virus por todo el país. Así, el clima en Mongolia es muy duro (casi extremo), además de seco y muy frío. Ello ya hacía temer los peores presagios con el Coronavirus, puesto que la misma gripe común ya causa incontables estragos cada temporada por esas condiciones tan favorables a la propagación vírica que presenta el país.

Además, otro de los pilares fundamentales del caso de éxito mongol está en esos tests y en esos rastreadores que en España inexplicablemente tardaron largos meses en llegar (y en concreto la capacidad de rastreo ha estado dejando mucho que desear en España hasta hace bien poco). Ya en Enero las autoridades mongolas empezaron a hacer tests entre su población, e incluso empezaron a monitorizar a todos los pacientes con neumonía, una afección que ya les hacía sospechosos de estar infectados por Coronavirus, y lo hicieron preventivamente a pesar de estar en un momento en el que se sabía muy poco sobre la enfermedad, merced principalmente a la opacidad de las autoridades chinas. También empezaron en Febrero a traer de vuelta a casa a los emigrantes mongoles en el extranjero (principalmente residentes en China) y a hacerles tests a todos; mientras, en España acabamos de imponer hace tan sólo unos días los tests obligatorios en los aeropuertos.

Otro factor de éxito que han hecho muy bien allí es que desde casi al principio optaron por abrir una línea de atención al paciente especializada en el Coronavirus, para atender a los afectados, pero también para el público en general. Así también combatieron de paso esa tóxica propaganda internacional que nos ha afectado tanto (y lo sigue haciendo) en países como España, y que sospechosamente siempre ha buscado desesperadamente que nos infectemos todos. Y por último hay que citar otro factor que también ha tenido muy probablemente su influencia en todo esto, y es que, frente a los indisciplinados y los “viva la pepa” que son muchos españoles, por el contrario, lo mongoles suelen ser disciplinados y obedientes con sus autoridades (mayormente porque más les vale), y lo han sido todavía con más motivo en todo el asunto de la prevención frente al COVID-19. Que conste que desde aquí tampoco caemos en la argucia de culpabilizar de la nefasta evolución de la pandemia en España al propio pueblo que la sufre, porque hay que decir que los dirigentes españoles no pueden aspirar a que haya que gobernar igual a los españoles que a los disciplinados alemanes, o que a los obedientes mongoles. Efectivamente, hay idiosincrasias e importantes diferencias socio-culturales en cada país, y es la obligación de los políticos nacionales el gobernar en consonancia con "el percal" que saben perfectamente que tienen por debajo.

Y por cierto, vaya por delante que en Enero y Febrero también fuentes de los servicios de urgencia de numerosos hospitales españoles confirman que ya estaban alarmados por el gran aluvión de inexplicables neumonías que estaban sufriendo, que multiplicaban por mucho las cifras de años anteriores. ¿Sería ya Coronavirus? Los mongoles dudaron sobre si tal vez la respuesta sería un sí o un no, pero ante la duda optaron por la prudencia y por la monitorización intensiva de los afectados: como debe hacerse ante un riesgo tan mayúsculo como ya era por entonces el COVID-19. Y también hay que resaltar que esos tests los mongoles los consiguieron en su mayor parte de la propia OMS (Organización Mundial de la Salud), ésa en la que otros se escudan para justificar su propia inacción en el momento más crítico de la inicial propagación masiva, que luego trajo todo lo que trajo a algunos países más desarrollados que Mongolia.

Lo volvemos a repetir en recuerdo de nuestros fallecidos: por favor, menos discurso grandilocuente y más gestión eficaz desde la modestia

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Al igual que ya lo hicimos en primavera, de nuevo insistimos (para los más obcecados) en que Grecia tiene un sistema sanitario arrasado por la crisis, con prestaciones y asistencia tanto primaria como hospitalaria muy deficientes, y que están a años luz de la alta calidad en prestaciones y en cobertura del sistema sanitario español. Pero esa situación extrema de la sanidad en Grecia, no hizo sino poner en guardia a sus dirigentes desde el primer momento, sabiendo ver la que se les podía venir encima con una pandemia que ya sabían que no eran capaces de gestionar sanitariamente. Los dirigentes griegos optaron por la prevención y por la cautela extrema, y se lanzaron a gestionar eficazmente la pandemia desde el minuto cero, porque sabían que era su única opción. Y el asunto les resultó bien, porque además luego los datos han revelado cómo precisamente la gestión preventiva ha sido el principalísimo factor que ha diferenciado con una insalvable brecha a los países que optaron por ella, y que así se han mantenido más a salvo del Coronavirus. En el lado diametralmente opuesto están los que cayeron en la más flagrante ceguera y en la inacción, con las que han acabado llevando a sus países a contar los muertos por decenas de miles, y a despeñar sus economías por un abismo en torno al doble de profundo que el de sus socios comerciales más cercanos y comparables.

Y así los políticos griegos cerraron fronteras, pusieron a sus sistemas de prevención y de asistencia en estado de pseudo-guerra biológica, y desde casi antes incluso de tener el primer infectado optaban por confinar y por concienciar a sus ciudadanos desde los medios de difusión, mostrándoles con realismo la que se nos venía encima a todos. Mientras tanto los políticos españoles (y de algún otro país) caían en la más reiterada negación, en la autosuficiencia, y en la confianza infundada de que nuestro sistema sanitario podría con todo lo que le echasen. Incluso asistimos atónitos a ver declaraciones públicas hasta de ministros menospreciando el Coronavirus, en un momento en el que desde aquí ya encendimos a principios de Febrero todas las alarmas, con la única intención que alguien tomase consciencia de la debacle que venía, y optase por hacer lo correcto y gestionar la pandemia de forma preventiva antes de que fuese demasiado tarde. Craso (y mortífero) error el no haber escuchado a los pocos que expusimos aquello en aquel momento.

Así, las conclusiones del caso mongol están ahora de nuevo en la misma línea de lo que ya se vio con Grecia, y aunque allí tengan un sistema sanitario muy mejorable y de primeras en clara desventaja frente al español para hacer frente a la pandemia, resulta que su inferioridad sanitaria ha hecho las veces de ser un potente aliado catalizando una buena gestión pandémica. Porque saberse vulnerables les ha restado autosuficiencia e hiper-confianza a sus dirigentes, que así han redoblado su cautela para evitar por todos los medios una enfermedad masiva a la que sabían que no podían hacer frente. Y los resultados son elocuentes y saltan a la vista: cero muertos por Coronavirus en Mongolia. No es que los muertos mongoles sean pocos o muy pocos, es que son cero absoluto. Más claro agua, por mucho que nuestros políticos se empeñen en no querer verlo ellos, y parece también que se empeñan en que no se vea públicamente, enturbiando el debate nacional hasta hacer de él un fangoso barrizal, en el que no se puede distinguir ya fácilmente lo cierto de lo falso. Aquí no se trata de gestionar de forma incompetente e ineficaz, ni tampoco en abstenerse de gestionar apartándose de la línea de tiro de las consecuencias de la pandemia. Aquí se trata de ser competente y eficaz desde el minuto cero, y de ser responsables y valientes para tomar las medidas adecuadas en el momento oportuno. Y hacerlo aun a costa incluso de sufrir una penalización electoral, por unas medidas que son impopulares en un país en el que la prevención y la cautela nunca han sido una de las grandes virtudes de los españoles. Sin embargo, hacerlo así daría a los políticos españoles de nuevo la condición de elogiables, además de la tranquilidad para consigo mismos de saber que han obrado en pos del bien común y que hicieron lo correcto, salvando decenas de miles de vidas, además de la economía, aunque ello les supusiese perder los fútiles votos de los más negacionistas (y también de los más cortoplacistamente hedonistas).

Y que conste que un servidor concibe que se pueden tener buenos dirigentes (casi) de cualquier color, en un tema en el que a veces cuentan más las capacidades y la ética personal, que la ideología. El problema es que la política española, y en especial la de algunos partidos, ha degenerado en un callejón sin salida en el que se están devorando a sí mismos. Y con todo, aun así mucho me temo que tenemos lo que nos merecemos, y si no nos lo merecemos, en todo caso tenemos (por ahora) lo que votamos. De cualquier forma, la próxima vez que les vendan electoralistamente España como un país avanzado frente a países como Mongolia o Grecia, piensen que tal vez seamos avanzados para unas cosas, pero que para otras evidentemente no lo somos en absoluto (o más bien: no lo son nuestros políticos). Al menos lo que está claro es que en España debemos aspirar a tener políticos tan eficaces y competentes como han sido los de un país muy avanzado en lo que a la gestión pandémica se refiere, tal y como ha demostrado ser Mongolia. Y recuerden también que cualquier país es susceptible de caer por el abismo socioeconómico como tal tan sólo en unos pocos años, y pasar a ser la próxima Grecia, o la próxima Venezuela. Aquí sólo están a salvo esos mismos dirigentes políticos que son los responsables últimos de todo cataclismo mal gestionado, y que, paradójicamente, cuando la cosa se pone realmente fea, "toman las de Villadiego" con sus millones, porque no hay frontera impermeable a un buen fajo de billetes. Y eso cuando no acaban ejerciendo la dictadura totalitaria más cruda contra todo y contra todos, como ha acabado haciendo Maduro, que ya está incluso represaliando a los propios seguidores que hicieron la revolución y que llevaron a Chávez al poder.

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Así que, por todo y por todos, voten con responsabilidad, trazando líneas rojas (nunca mejor dicho), y con éticas infranqueables. Así, de paso, ello redundará muy probablemente en que ustedes mismos acabarán viendo candidatos a la altura del pueblo español sea cual fuere el color de su voto. Porque sí, ahí afuera hay gente muy válida, racional, y competente de todos (todos) los colores; el problema es que hoy por hoy dedicarse a la política es algo que esas personas elogiables y con valores no se plantean ni remotamente. Saben perfectamente que dar ese paso sólo les complicaría al extremo la vida, en un mundo de la política en el que serían el resplandeciente mirlo blanco a batir por esa bandada de negros cuervos en la que parecen haberse convertido muchos de nuestros políticos. Y esos córvidos graznan sin parar, bien sea por temas de corrupción como el anterior o, como en el caso de hoy, por simple y llana falta de aprecio a la gestión eficaz y a la ética personal más alejada del oportunismo político. El pueblo español nos merecemos acercarnos a esos ideales, e incluso ir mucho más allá.

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